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Las raciones grandes también tienen culpa de la obesidad

febrero 19, 2019

Reino Unido estudia prohibir ofertas de 2×1 y el rellenado gratis de bebidas azucaradas en restaurantes por su impacto en la salud

El País, Nutrir con Ciencia por Beatriz Robles Martinez

Si comiésemos solo para satisfacer la necesidad fisiológica de obtener nutrientes y energía para cubrir nuestros requerimientos, es probable que el tamaño de la ración no tuviera impacto sobre la cantidad de alimento ingerido.

Comeríamos lo necesario y pararíamos cuando no necesitásemos más.
Pero sabemos que hay otros muchos factores que afectan a la percepción del hambre y la saciedad: psicológicos, sociales, endocrinos o incluso, del tipo y composición del alimento. Estos elementos nos alejan de un mecanismo en principio tan intuitivo como comer solo por hambre y parar una vez satisfechas nuestras necesidades.

Nuestro ambiente tiene un papel protagonista en las dificultades que tenemos para interpretar nuestras sensaciones primitivas de hambre.

Vivimos en un ambiente obesogénico que promueve la ingesta de alimentos insanos y no facilita la práctica de actividad física. Pero, además de las estrategias planificadas para alterar las decisiones políticas, o las agresivas campañas publicitarias que colocan a los alimentos insanos como la primera opción, hemos interpretado que “comer bien” y “comer mucho” son sinónimos.

Las empresas han sabido aprovecharlo para utilizar las cantidades como reclamo: encontramos llamativas ofertas de dos por uno, snacks en paquetes de tamaño familiar, 50% más de producto al mismo precio.

Luchando contra el entorno

La British Nutrition Foundation (una entidad en la que participan académicos, educadores, comunicadores y la industria alimentaria, no la organización profesional The Association of UK Dietitians) ha publicado una guía para orientar a la población sobre el tamaño adecuado que deben tener sus raciones de alimentos.

Usando las manos como unidad de medida, adaptan las recomendaciones de ingesta de cada alimento. Una ración de queso serán dos pulgares. Una ración de pasta, lo que nos quepa al juntar las manos como si fueran un cuenco. Visual, sencillo y personalizado (el tamaño de las manos es acorde al tamaño corporal, lo que -entre otros factores- condiciona los requerimientos).

No es el primer manual que traduce las guías alimentarias a porciones caseras y, de hecho, muchas guías clásicas incorporan esta información.

Más allá de la utilidad de estas pautas, lo que deberíamos preguntarnos es: ¿hemos perdido tanto la perspectiva que es necesario que nos digan qué cantidad de alimento es normal?

La triste respuesta es que sí.

Precisamente para devolver a la población la capacidad de interpretar sus necesidades y adaptar su ingesta a ellas (es decir, para devolvernos la autonomía) las guías más actualizadas basadas en la evidencia científica y libres de conflictos de interés han cambiado el formato y emiten mensajes no centrados en el tamaño de la ración. Conceptos como “más, menos, cambie” del documento “Pequeños cambios para comer mejor” o guías completas resumidas en una imagen como el Plato de Harvard, la Canada’s food guide, o el triángulo belga de la alimentación saludable dan información transparente, inequívoca y difícil de tergiversar.

Raciones y cuerpos que aumentan de tamaño

Una expresión gráfica de este contexto la encontramos en el incremento que han experimentado los tamaños de las raciones de comida basura en EEUU desde 1950. Las hamburguesas de hoy son un 223% más grandes, las bebidas azucaradas se sirven en vasos con un volumen 5 veces superior, las chocolatinas han “crecido” más de un 1000%. Y el peso corporal lo ha hecho en paralelo: las mujeres norteamericanas pesan 11 kilos más; los hombres han subido 13 kilos.

No caigamos en la suficiencia de pensar que es un problema inherente al “estilo de vida americano” y que nuestra cultura gastronómica nos protegen de este efecto.

El British Medical Journal acaba de publicar un estudio en el los investigadores se preguntaban precisamente si este fenómeno se daba solo en EEUU y en cadenas de comida rápida. Las conclusiones recogen que “los menús con muy alto contenido calórico se presentan tanto en restaurantes convencionales como en los fast-food y es un fenómeno generalizado que probablemente está tras la obesidad global y ofrece una oportunidad de intervención”.

La evidencia científica

Aunque de forma intuitiva podríamos decir que si nos sirven más comida comemos más, para saber si es un problema a abordar tenemos que analizar los datos científicos.

Una revisión Cochrane de 2015 encontró que consumimos más alimentos y bebidas si se nos ofrecen en raciones más grandes. Este mecanismo también afecta al comportamiento alimentario y el peso de los niños.

Por otro lado, reducir el tamaño de las raciones tiene un impacto en el mismo sentido en el peso corporal. Una investigación publicada en American Journal of Clinical Nutrition ha encontrado que, al servir porciones más pequeñas, cambia a la baja la percepción sobre lo que constituye una “ración normal” y posteriormente, cuando se ofrece comida libremente, se reduce la cantidad ingerida. Es decir, ajustamos de nuevo nuestro criterio a nuestras necesidades.

Es importante recordar que la cantidad de comida que nos servimos los adultos condiciona también las raciones que consideramos adecuadas para los niños. Por lo tanto, cobra todavía más sentido lo que mi compañero de sección Julio Basulto expresa siempre: hay que respetar el apetito de los niños. No podemos forzarles a comer lo que nosotros consideramos “normal” porque, como hemos visto, probablemente no lo sea.

Enfrentar el problema

Las cifras llevan alertándonos años: casi el 40% de la población adulta española presenta sobrepeso y más del 20% sufre obesidad. Si seguimos por este camino, la previsión es que en el año 2030 el 55% de las mujeres y el 80% de los hombres de nuestro país tenga exceso de peso. Si estuviésemos hablando de otra patología, estaríamos desesperados por prevenirla.

Reducir el tamaño de las raciones no va a cambiar esta tendencia. Pero, como ya apuntaba Marion Nestle en el año 2002, incorporarlo como una estrategia más dentro de los planes de acción contra la obesidad, educar a los niños y reeducar a los adultos, sí son herramientas útiles.

Reino Unido está estudiando, entre otras medidas, prohibir las ofertas 2×1, los alimentos insanos junto a las cajas de los supermercados, las bebidas azucaradas rellenadas sin coste en los restaurantes y la venta de “bebidas energéticas” a menores de 16 años.

¿Radical? No. Lo radical es ver cómo se cronifica una enfermedad y no aplicar las medidas que pueden atajar su avance.

 

Cuatro preguntas muy sencillas para antes de comer que ayudan a adelgazar

marzo 23, 2016

¿Y si fuera ira? Responder a estas cuestiones le dirá si merece la pena hincarle el diente a ese dónut con doble de crema

El País, por Salomé García

preguntas antes de ponerse a dietaEl equilibrio con la báscula en personas sanas suele es una cuestión de matemática: ingerir más calorías de las que se queman dará lugar a unos kilos de más, mientras que lo contrario sería la fórmula para bajar de peso. Pero de nada sirve encomendarse al mejor dietista-nutricionista y entrenador personal si, en un momento de flaqueza, saboteamos la ingesta diaria con chucherías o si abordamos el plan de adelgazamiento como si fuéramos el Llanero Solitario: contra todo y contra todos. Si está pensando en perder peso o lo intenta pero no hay manera, hágase estas preguntas antes de comer nada.

  1. ¿Siento ira, ansiedad o mal humor? Si la respuesta es “sí”, no coma

Puede que haya tenido un mal día en el trabajo, o que se le haya averiado el coche. El caso es que se encuentra delante del frigorífico con una sensación de enfado e impotencia: se abre una cerveza y arremete contra una bolsa de patatas fritas XL. O unos nachos con salsa. En cuestión de nanosegundos se mete para el cuerpo 300 calorías o más y una suma preocupante de grasas saturadas. “Calmar un estado emocional interno con comida es una gratificación a corto plazo que no aplaca la ira y, además, genera sentimientos de culpa”, insiste María González, psicóloga del Instituto Médico Europeo de la Obesidad. “Para no lamentarlo, hay que reconocer que atravesamos un episodio de ansiedad. Lo primero es procurar no abalanzarse sobre la comida. A continuación, se recomienda realizar ejercicios de relajación”. Su compañera, la dietista nutricionista Andrea Marqués, da algunas pautas para no sucumbir en esas horas cruciales previas a la cena: “No es necesario eludir la ingesta de alimentos, ya que, dadas las horas, es muy posible que haya hambre de verdad. Basta con decantarse por los que no sean tan negativos para nuestra salud física y mental. Por ejemplo, una pieza de fruta, una onza de chocolate negro si nuestro cuerpo nos pide dulce o bien unas lonchas de jamón serrano o queso fresco, si lo que nos apetece es algo salado”. Y advierte frente a los atracones de un mal día: “Nuestro cerebro asocia esas patatas con el placer o la relajación y volverá a pedírnoslas cuando vuelva a suceder”.

  1. ¿He hecho suficiente ejercicio hoy? Si la respuesta es “sí”, coma

¿Es usted uno de esos maratonianos que no se libra de sus michelines pese a correr muchos kilómetros a la semana? Puede que la pizza de beicon con doble de queso no sea la mejor manera de reponer carbohidratos. “La dieta deber ir en consonancia con la intensidad del ejercicio y distribuirse, preferentemente, en cinco comidas a lo largo de la jornada. De otra forma, el hambre se dispara y estamos ante los mismos picos de ansiedad de quienes se ponen a dieta”, comenta Marqués.

Por si fuera poco, no es tan común acertar calculando calorías a ojo de buen cubero. “Infravaloramos el aporte energético de los alimentos y tendemos a exagerar el gasto”, señala Juana María González, directora técnica de la Clínica Alimmenta. Mover el esqueleto no es un cheque en blanco para engullir comida basura o no nos habrá servido de nada el esfuerzo. “Si soñamos con un festín podemos premiarnos (cuando hayamos conseguido nuestro objetivo) con una cena en un buen restaurante donde la calidad prime sobre la cantidad”, señala.

  1. ¿Compartiría este plato con un ser querido que busca adelgazar? Si la respuesta es “sí”, coma

La fuerza de voluntad tiende a flaquear ante un bizcocho de chocolate casero cuando toda la casa huele a horno. Tampoco es fácil contenerse cuando se encuentra el armario repleto de snacks. “A veces no es suficiente el compromiso con nosotros mismos, conviene contar también basta con el apoyo del entorno. Esto implica no tener a mano aquellas tentaciones como dulces, quesos grasos, snacks, patatas fritas, galletas, bollería, refrescos… Es importante transmitir a quienes viven con nosotros que estamos haciendo un esfuerzo y que nos lo faciliten no consumiendo esos productos o, al menos, no en nuestra presencia”, apunta González. “En cambio, es un buen estímulo que nuestros allegados se centren en el refuerzo positivo de los buenos hábitos y no en hacer leña del árbol caído cuando no sigamos la dieta a rajatabla. Es también un buen momento para que el resto de la familia adopte hábitos más saludables, como aumentar la ingesta de frutas y verduras o utilizar técnicas de cocinado como el horno, la plancha o la cocina al vapor”.

  1. ¿Hace mucho que no bebo agua? Si la respuesta es “sí”, no coma

Antes de lanzarse sobre ese dónut con doble de chocolate analice sus sensaciones: “A veces la sed se confunde con el hambre. Es bueno pararse un momento para detectar qué nos pide el estómago, porque puede que lo que necesite sea un vaso de agua”, revela Mª Pilar Casanova, instructora en Mindful Eating y cofundadora de Alimentación Consciente. “Tampoco conviene dejarse llevar por el aspecto de un alimento o por lo bien que huela para comer sin mesura”, concluye.