Una nueva guía médica revoluciona todo lo que crees sobre la obesidad

La obesidad es una enfermedad crónica compleja, progresiva y recurrente en la cual la grasa corporal (adiposidad) anormal o excesiva perjudica la salud, aumenta el riesgo de complicaciones médicas y reduce la esperanza de vida

EFE / Andalucía información, por Paco Moreno

La obesidad es una enfermedad crónica compleja, progresiva y recurrente en la cual la grasa corporal (adiposidad) anormal o excesiva perjudica la salud, aumenta el riesgo de complicaciones médicas y reduce la esperanza de vida, según la nueva guía canadiense ‘Obesity in adults: a clinical practice guideline’.

Esta guía, (www.cmaj.ca/content/192/31/E875) que se centra en la obesidad en adultos, está dirigida a los profesionales de la atención primaria de la salud, aunque también puede ser utilizada por los formuladores de políticas y las personas afectadas por la obesidad y sus familias.

Sus autores explican que los estudios epidemiológicos definen la obesidad utilizando el índice de masa corporal o IMC, según la fórmula peso (kg)/talla (m2), esto es el peso de una persona (expresado en kilogramos) dividido por el cuadrado de su estatura (expresada en metros).

Según este sistema se considera que una persona tiene sobrepeso si su IMC es de más de 25 y es obesa si su IMC es superior a 30.

A nivel poblacional, las complicaciones de salud por el exceso de grasa corporal aumentan a medida que aumenta el IMC, y a nivel individual, las complicaciones se producen debido al exceso de adiposidad, ubicación y distribución de esa adiposidad y muchos otros factores, incluidos los de tipo ambiental, genético, biológico y socioeconómico, según la guía canadiense.

Uno de los puntos clave de este trabajo que refleja avances sustanciales en epidemiología, determinantes, fisiopatología, evaluación, prevención y tratamiento de la obesidad, es que “cambia el enfoque del manejo de la obesidad hacia la mejora de los resultados de salud centrados en el paciente, en lugar de la pérdida de peso solamente”, destacan sus propios autores.

NUEVOS ENFOQUES PARA UNA DOLENCIA CRÓNICA.

“El cuidado de la obesidad debe fundamentarse en principios basados en la evidencia del manejo de enfermedades crónicas, debe validar las experiencias vividas de los pacientes, ir más allá de los enfoques simplistas de «comer menos, moverse más» y abordar los factores raíz que impulsan la obesidad”, apuntan.

La guía canadiense recomienda a los proveedores de atención médica que intervienen en el cuidado de las personas que viven con obesidad, que reconozcan a la obesidad como una enfermedad crónica y le pidan permiso al paciente para ofrecer consejos y ayudar a tratar su enfermedad de manera imparcial.

También aconsejan identificar las causas raíz, complicaciones y barreras para el tratamiento de la obesidad, discutir con el paciente las opciones de tratamiento central (nutrición médica y actividad física) y complementarias que pueden ser necesarias, incluidas las intervenciones psicológicas, farmacológicas y quirúrgicas, y llegar a un acuerdo con la persona que vive con obesidad con respecto a los objetivos de la terapia.

“La narrativa cultural dominante con respecto a la obesidad alimenta suposiciones sobre la irresponsabilidad personal y la falta de fuerza de voluntad y culpa y avergüenza a las personas que viven con obesidad”, señala expresamente la guía.

Añade que es importante destacar que el estigma de la obesidad influye negativamente en el nivel y la calidad de la atención de las personas que viven con obesidad.

La doctora Ximena Ramos-Salas, directora de investigación y políticas de Obesity Canada (https://obesitycanada.ca) y una de las autoras de la guía, señaló a la BBC británica que la investigación muestra que muchos médicos discriminan a los pacientes obesos y eso puede conducir a peores resultados de salud independientemente de su peso.

Este sesgo sobre el peso no solo consiste en creer algo incorrecto sobre la obesidad, por ejemplo en pensar que las personas con obesidad no tienen suficiente poder de voluntad o no son cooperativas, sino que además este sesgo puede tener un efecto en el comportamiento de los médicos que actúan en base a esas creencias sesgadas, según esta experta.

Durante mucho tiempo hemos considerado a la obesidad como un comportamiento de estilo de vida, y la obesidad ha provocado mucha vergüenza y culpa, explica Ramos-Salas, recalcando que «las personas que viven con obesidad necesitan apoyo al igual que las que viven con cualquier otra enfermedad crónica».

FUTURO ABORDAJE DE LA ADIPOSIDAD EXCESIVA.

“Por suerte, están cambiando mucho los diferentes enfoques de análisis y tratamiento de la obesidad a cargo de los profesionales y centros especializados”, señala a EFE, el dietista experto en nutrición Rubén Bravo, director del equipo de nutricionistas del Instituto Médico Europeo de la Obesidad (IMEO).

“Esos nuevos enfoques están marcando a la obesidad como una enfermedad crónica con altas probabilidades de generar problemas de salud a medio y largo plazo a nivel articular, cardiovascular, endocrino (diabetes tipo 2), hepático y de vesícula”, explica Bravo
Apunta que a esto hay que agregar los problemas emocionales y sociales presentes y reales relacionados con la obesidad que en muchas ocasiones resulta un tabú hablar en esta sociedad.

Bravo explica a EFE que las últimas tendencias más avanzadas en el estudio y el tratamiento de la obesidad se están presentando de una forma muy real en una serie de avances que modifican algunos conceptos algo ya anticuados, pero que aún se siguen utilizando en centros sanitarios menos especializados:

Según este experto, el futuro del tratamiento de la obesidad estará marcado por los siguientes cambios de enfoque:

El IMC, la medición de pliegues de grasa, e incluso la medición de contornos con cinta métrica, están siendo reemplazados por otras tecnologías, según Bravo.

Se trata de métodos como el estudio antropométrico por impedancia o el scanner iDEXA, donde lo más importante no es la ecuación edad/altura/peso, sino los porcentajes de grasa, agua y músculo del individuo, y determinar qué cantidad de la grasa presente se almacena en forma de grasa visceral o abdominal.

Bravo adelanta que los profesionales sanitarios que tratan de forma individual al paciente obeso, están siendo sustituidos por equipos multidisciplinares en continua comunicación, que combinan esfuerzos para abordar los problemas de esta enfermedad por medio de la nutrición, la endocrinología y la psicología.

En muchas ocasiones este abordaje incluye técnicas como las cirugías bariátrica o endoscópica de la obesidad y a profesionales graduados en ciencias de la actividad física y deporte, añade.

Antes había un enfoque simplista de “comer menos y moverse más, que ahora se está reemplazando por el control de ansiedad, unas opciones nutricionales más abiertas y personalizadas, la actividad física guiada y adaptada, los complementos alimenticios, el seguimiento semanal y la cirugía de apoyo como ayuda fundamental a medio y largo plazo, de acuerdo a Bravo.

Además se está reemplazando el objetivo único de perder peso, por un enfoque sobre la salud del paciente tanto a nivel paliativo como preventivo, que durante el proceso de adelgazamiento produzca una mejoría importante de su efectividad metabólica y hábitos saludables a largo plazo, según el portavoz del IMEO.

Bravo informa que igualmente están apareciendo en el ámbito quirúrgico alternativas intermedias a la cirugía bariátrica para casos de obesidad ligera o sobrepeso elevado que no llegan a la obesidad severa o mórbida.

Los centros especializados, no sólo ofrecen cirugía bariátrica como apoyo quirúrgico, sino que ponen a disposición del paciente opciones menos intrusivas como el balón intragástrico o el denominado Método Apollo Reforzado como opciones endoscópicas, señala este experto a EFE.

Las drásticas medidas de Chile contra la obesidad logran reducir un 23% la venta de bebidas azucaradas

El Diario / Plos Medicine por Sarah Boseley

Los expertos elogian el ejemplo de Chile, un país que ha prohibido la venta de las bebidas azucaradas en colegios y ha adoptado un sistema de etiquetas que advierte a las familias sobre los peligros de la comida basura

Una persona sirve una bebida azucarada / João André O. Dias (Flickr)

Los controles más estrictos del mundo a las bebidas azucaradas, puestos en marcha por Chile –un país con graves problemas de obesidad–, han logrado reducir la venta de estos productos en casi un cuarto en los últimos dos años, según ha concluido una investigación reciente.

En lugar de aplicar un impuesto a las bebidas azucaradas, como han hecho varios países, Chile ha prohibido su venta en colegios y ha adoptado un sistema de etiquetas blancas y negras que advierte y educa a las familias sobre los peligros de la comida basura y las bebidas azucaradas para la salud de los niños.

A diferencia del sistema del semáforo ideado en Reino Unido, que coloca a los alimentos una etiqueta roja si contienen azúcar, pero también una etiqueta verde si llevan fruta, el sistema de etiquetas del Ministerio de Salud chileno solo proporciona la información mala: alto contenido de azúcar, alto contenido de sal o alto contenido graso. Las bebidas azucaradas, los aperitivos poco saludables y los alimentos procesados deben llevar una etiqueta identificativa en el envase.

Las etiquetas de Chile a los alimentos.
Las etiquetas de Chile a los alimentos. MINISTERIO DE SALUD / CHILE

La Ley de Etiquetado y Publicidad de Alimentos chilena, que entró en vigor en 2016, también limita la publicidad de estos alimentos a los niños y prohíbe su venta en las escuelas. Cuando se aprobó la legislación, Chile era el país del mundo con mayor consumo per cápita de bebidas azucaradas, y esto se traducía en altos niveles de obesidad, diabetes tipo 2 y otros problemas de salud en la población.

Una publicación en la revista académica Plos Medicine, a cargo de investigadores de la Universidad de Carolina del Norte, ha concluido que la venta de bebidas azucaradas se redujo en un 23,7% durante la primera fase de la reforma. Los mayores cambios se registraron en la venta de bebidas de fruta azucaradas y productos lácteos azucarados.

“Esta legislación es diferente porque es la primera que establece etiquetas de advertencia sobre niveles excesivos de ingredientes problemáticos, como el azúcar o el sodio, encima de la bebida o del envoltorio de los alimentos”, explica Lindsey Smith Taillie, una de las autoras del informe y profesora de nutrición en el programa universitario estadounidense Gillings School.

“La ley chilena impone los límites más estrictos del mundo a la forma y los sitios en que las empresas de alimentos pueden publicitar sus productos de comida basura a los niños. La disminución en la venta de bebidas azucaradas ha sido notablemente mayor que la que observamos tras la aplicación de políticas aisladas, como el impuesto a las bebidas azucaradas, en otros países latinoamericanos”, agrega.

A medida de que la nueva normativa va pasando a fases más estrictas, se va reduciendo el límite permitido de azúcar, sal y grasas en bebidas y alimentos. Al cabo de dos años, el máximo permitido de azúcar en alimentos que no lleven la etiqueta de advertencia pasará de 22,5 a 10 gramos cada 100 gramos. El nivel permitido de sal se reducirá de 800 a 400 miligramos cada 100 gramos.

“El impacto durante la primera fase ha sido muy sorprendente”, afirma Barry Popkin, profesor de nutrición de Gillings School. Popkin además señala que la normativa ha cambiado el concepto que tienen las familias de una dieta saludable. “Realizamos grupos de encuestas con madres de ingresos bajos y medios y ellas nos contaban que sus hijos llegan a casa y les piden que les compren cosas que no tengan las etiquetas”, explica. “Es la primera intervención que hemos visto que tiene el potencial de cambiar hábitos alimenticios. Creo que muchos países van a estudiar este ejemplo, porque el impacto ha sido muy grande”.

De Chile al mundo

Algunos países ya lo están haciendo. “Lo asombroso de la legislación chilena es el impacto que ha tenido en políticas alimentarias a nivel internacional”, señala Taillie. “Gracias a nuestra colaboración con activistas y diputados, sabemos que al menos una decena de países están utilizando la normativa chilena y la evaluación de resultados para desarrollar políticas similares”.

“Esperamos que en un plazo de 5 a 10 años gran parte del mundo haya copiado a Chile en lo que respecta a un sistema de etiquetado más claro para alimentos y bebidas, con el objetivo de informar de qué productos son poco saludables y neutralizar el efecto del marketing”, indica.

El Banco Mundial ha calificado a Chile como un país de altos ingresos, con sofisticados sistemas alimentarios en los que las tiendas minoristas tienen mucho control sobre el abastecimiento, igual que en Reino Unido y Europa. Popkin cree que el análisis que ha elaborado su equipo sobre el etiquetado de alimentos con advertencias demostrará el gran impacto de esta medida en los hábitos de consumo, a diferencia del etiquetado de tipo semáforo.

Popkin cree que pronto este impacto se traducirá en efectos en la salud pública, pero señala que las políticas apuntan a un cambio a largo plazo. “En los próximos años, veremos un impacto bastante inmediato en la incidencia de diabetes tipo 2, pero respecto de la obesidad, llevará más tiempo. Lograremos un cambio en las cifras de hipertensión arterial y diabetes pero no tan rápidamente en el sobrepeso”.

Otro estudio ha demostrado que el impuesto a las bebidas azucaradas de Reino Unido parece tener éxito, según investigadores de Oxford, Cambridge y Londres, porque muchos fabricantes han reducido la cantidad de azúcar en sus productos para evitar pagar el gravamen.

El análisis, también publicado en la revista académica Plos Medicine, demostró que cuando George Osborne, exministro de Hacienda de Reino Unido, anunció los planes de implementar el impuesto, el 54% de los refrescos contenían 5 gramos o más de azúcar por cada 100 mililitros y quedaban expuestos a que se les aplicara el impuesto. El gravamen entró en vigor en abril de 2018, y en febrero de 2019 solamente el 15% de los refrescos estaban sujetos al impuesto.

Traducido por Lucía Balducci

La obesidad cuesta a cada español 265 euros extra en impuestos

Un informe de la OCDE calcula que la obesidad y el sobrepeso están reduciendo la esperanza de vida de los españoles en 2,6 años y comiéndose un 2,9% del PIB.

Correo Farmacéutico, por L. G. Ibañez

Los españoles viven 2,6 años menos como consecuencia de la obesidad y el sobrepeso.  Así lo constata el informe La pesada carga de la obesidad publicado por la OCDE este jueves. Según el estudio el sobrepeso se come el 9,7% del gasto sanitario español y reduce la productividad laboral en el equivalente a 479.000 trabajadores a tiempo completo. Esto es, las consecuencias de la obesidad y el sobrepeso trascienden la salud y suponen una reducción del PIB español del 2,9%. Dicho en plata, para poder cubrir los costes que genera la obesidad cada español estaría en la práctica pagando 265 euros adicionales en impuestos.

El informe de la OCDE explica que España ha adoptado algunas políticas interesantes para reducir la epidemia de obesidad, como el etiquetado de alimentos voluntario en la parte frontal de los paquetes y restricciones sobre la obesidad así como impuestos sobre la bebidas azucaradas (en Cataluña), pero insiste en que “cabría hacer más”.Y en ese más, la OCDE propone “un paquete combinado que incluyera el etiquetado de los menús, la prescripción médica de actividad física y programas de bienestar en el centro de trabajo”.

Según sus cálculos, medidas como esas podrían llegar a prevenir hasta 96.000 casos de enfermedad no transmisibles de aquí a 2050 y ahorro 32 millones de euros al año en España en costes sanitarios, además de ampliar la productividad en el equivalente a 4.000 trabajadores extra al año a tiempo completo.

Reducción calórica

Además, se propone que España introduzca medidas como una reducción calórica del 20% en los alimentos de alto contenido en azúcar, sal, caloría y grasas saturadas, lo que podría llegar a prevenir 472.000 casos de enfermedades no transmisibles de aquí a 2050. En términos económicos, una medida de estas características ahorraría 169 millones de euros al año en costes sanitarios en España y aumentaría la productividad en el equivalente a 13.000 trabajadores a tiempo completo al año.

El sobrepeso infantil ha subido un 38% en España desde 1990

El Periódico, por Beatriz Pérez

  • Un informe de Unicef recalca que esta problemática es “un problema de salud con un alto impacto”
  • Trae consigo “problemas psicosociales”, como un mal rendimiento escolar, y va ligado a la clase social
Un niño mira una cartulina en una imagen de archivo. / DANNY CAMINAL

El sobrepeso infantil y adolescente en España ha aumentado en un 38% desde 1990, según el estudio ‘NCD Risk Factor Collaboration’ del 2017. A este documento alude la oenegé Unicef en su informe ‘Malnutrición, obesidad infantil y derechos de la infancia en España’, publicado este martes, para destacar que “la obesidad y el sobrepeso infantiles son un problema de salud con un alto impacto” en nuestro país.

De hecho, España es, junto a Grecia, Malta e Italia, uno de los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) que más sufre esta problemática. Tanto el sobrepeso como la obesidad están considerados un tipo de malnutrición.

Según el informe de Unicef, en todo el mundo 1 de cada 3 menores de cinco años no está creciendo adecuadamente. Hay 149 millones de pequeños con desnutrición crónica, 49 millones con desnutrición aguda y 40 millones con sobrepeso y obesidad.

A pesar de los avances en los últimos años, la desnutrición está directamente ligada a la muerte de 6.750 niños menores de cinco años cada día. Unicef asegura que las dietas poco saludables son el “principal factor de riesgo” y, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), la obesidad infantil es uno de los problemas de salud pública más graves del siglo XXI.

Además, trae consigo “múltiples problemas psicosociales”, como un “peor rendimiento escolar”, una “menor productividad laboral” en la vida adulta y una “menor probabilidad de conseguir empleo”. 

En aumento

Unicef advierte de que, a escala global, el sobrepeso y la obesidad siguen creciendo. Desde el 2000, la proporción de menores con sobrepeso (de 5 a 19 años) se ha incrementado desde 1 de cada 10 (10,3%) hasta casi 1 de cada 5 (18,4%) en el 2016. 

En España, la última información disponible sobre obesidad infantil es la del ‘Estudio PASOS’, que recogió datos este 2019 entre la población infantil y adolescente de 8 a 16 años. Este estudio muestra que, en base al índice de masa corporal (IMC), un 20,7% de los menores tienen sobrepeso y un 14,2%, obesidad. Es decir, en total casi un 35% de los menores españoles de entre 8 y 16 años tienen sobrepeso u obesidad.

El ‘Estudio PASOS’ también evidencia que la prevalencia de la obesidad abdominal se ha incrementado en un 7,9% en las dos últimas décadas en España, al comparar estas cifras con las del ‘Estudio EnKid (1998-2000)’. El incremento del porcentaje de menores con oebsidad infantil según el IMC ha sido de un 1,9% en la comparativa de ambos estudios. “Estas cifras hacen pensar que, con valoraciones basadas en el IMC, estamos infravalorando los niveles de obesidad infantil en mayor medida en la actualidad que hace dos décadas”, señala Unicef.

Estatus socioeconómico

Paralelamente, según Unicef, hay una “creciente evidencia” que sugiere que el “estatus socioeconómico” de la familia es un “factor de riesgo” para la obesidad infantil. “La población infantil y adolescente con bajo nivel socioeconómico que vive en países industrializados y la población con alto nivel socioeconómico que vive en países en vías de desarrollo tiene un mayor riesgo de sufrir obesidad”, recoge la oenegé en su informe.

El mismo demuestra que los niños y adolescentes en hogares cuya persona de referencia es un trabajador no cualificado “casi triplican” la proporción de aquellos en que la persona de referencia es un directivo.

Entre los factores de la obesidad y el sobrepeso, el informe de Unicef señala el “entorno obesogénico”, es decir, un entorno que favorece y refuerza la aparición de la obesidad y el sobrepeso entre la población. Dentro de este entorno obesogénico destacan los hábitos alimentarios, los estilos de vida sedentarios, el peso de los padres y también otros factores como, por ejemplo, la escasez de parques de juego, la venta de juguetes junto con los alimentos, los menús gigantes en restaurantes de comida rápida o la publicidad de alimentos poco nutritivos.

El sobrepeso y la obesidad reducen en un 3,3% el PIB de los países de la OCDE

El porcentaje de obesos, que era del 15,4% en 1996, subió al 19,1% en 2006 y al 23,2% en 2016, fecha del último dato disponible

ABC / EFE

La epidemia de sobrepeso y obesidad en el mundo, además de reducir la esperanza de vida y limitar el desarrollo social de las personas, tiene un impacto económico negativo, evaluado en una pérdida del 3,3% del producto interior bruto (PIB) en los países de la OCDE.

En un informe publicado este jueves sobre este fenómeno, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) constata el agravamiento del problema, que ya afecta a casi un 60% de las personas en sus países miembros.

El porcentaje de obesos, que era del 15,4% en 1996, subió al 19,1% en 2006 y al 23,2% en 2016, fecha del último dato disponible.

Las cifras son superiores a esa media en una veintena de los 52 países que cubre el estudio -además de los de la propia OCDE están todos los de la UE y varios en desarrollo-, en particular en Estados Unidos (36,2 %), Arabia Saudí (35,4 %) y Turquía (32,1 %), pero también en México (28,9 %), Argentina (28,3 %) o Chile (28 %).

Las posibilidades de encontrar un empleo son un % inferiores para una persona con sobrepeso y cuando están ocupados son menos productivos y están más de baja.

También está en cola de los 52 países del estudio México por el impacto en su economía del sobrepeso, que le resta un 5,3% del PIB, seguido de cerca por Brasil (5%). También por encima de la media hay países como Estados Unidos (4,4%), Colombia (4,3%) o Chile (3,8%).

En España, aunque se queda por debajo de la media, ese impacto económico sigue siendo del 2,9%, mucho mayor que el de los países modelos que son Japón (1,6%) y Luxemburgo (1,9%).

La OCDE estima que las enfermedades vinculadas al sobrepeso y la obesidad absorben el 8,4% del presupuesto sanitario de media entre sus miembros, con porcentajes que llegan al 14% en Estados Unidos y al 11 % en Canadá y Alemania. En el otro extremo, en Francia se limita al 5% y al 6% en Japón. España se sitúa con un 9,7% por encima de la media.

Los autores del estudio dan algunos elementos de esperanza con políticas adecuadas: si se redujera en un 20% el contenido calórico de los alimentos energéticos, eso tendría beneficios significativos para las personas y para la economía.

De acuerdo con un modelo elaborado para 42 países de todo el mundo, se podrían evitar 1,1 millones de enfermedades crónicas anuales, sobre todo del corazón. Así se ahorrarían 13.200 millones de dólares de gastos médicos y el PIB subiría en un 0,5%.

¿Políticas contra la obesidad?

Impuestos, incentivos y etiquetado de productos ultraprocesados: un camino a seguir para luchar contra el sobrepeso en América Latina

El País, por Jorge Galindo

Un hombre vende aperitivos y comida envasada en Ciudad de México. CUARTOSCURO

La prosperidad es el objetivo lógico de cualquier sociedad, pero también trae sus propios riesgos. Uno de ellos es la obesidad. La población con sobrepeso se ha incrementado prácticamente al mismo tiempo que disminuía la desnutrición. Por eso, porque la obesidad es prima hermana de la abundancia, América Latina en pleno -pero, sobre todo, sus países más ricos- es hoy más obesa que nunca.

¿Políticas contra la obesidad?

Las tasas de obesidad de las grandes naciones latinoamericanas todavía no han alcanzado los peligrosos índices de sus vecinos del norte. Pero hacia allá se encaminan. La bella paradoja es que por una vez el retraso en la prosperidad ofrece una ventaja para los que llegan tarde: la oportunidad de aprender de los errores de los que cayeron primero en el problema de los ricos.

¿Políticas contra la obesidad?

Lo primero que hay que tener en cuenta es que no toda abundancia tiene el mismo efecto. Ciertos alimentos contribuyen más al que es el principal mecanismo para producir obesidad: los productos ultra-procesados (aquellos que son profundamente transformados desde su forma original, con sustanciales añadidos de otros ingredientes, normalmente grasa, azúcar y sal) han sido identificados por la Organización Panamericana de la Salud (OPS) como determinantes en la extensión de la obesidad en el continente.

¿Políticas contra la obesidad?

Bebidas azucaradas, galletas, panes industriales… existe evidencia sólida de que todos ellos fomentan el consumo excesivo de calorías. Igualmente, cada vez tenemos más datos de que la cantidad de ejercicio que necesitaríamos hacer para compensar dicho consumo sin reducirlo es más bien inalcanzable. Por todo ello, a la hora de buscar políticas para frenar el crecimiento de la obesidad parece una buena idea empezar por preguntarnos cómo podemos embridar a los ultraprocesados.

¿Basta con más información?

Quizás lo que necesita la ciudadanía es más información. Y, si la obtiene, tal vez comience a tomar decisiones más acordes con su bienestar a largo plazo. Más específicamente, si obligamos a las empresas a informar de manera clara, comprensible y accesible del contenido de sus alimentos

Esta es la lógica que ha llevado a todo un movimiento (o, más bien, a una serie de iniciativas) para demandar un etiquetado más claro y visible en los supermercados. Según la mayoría de estas propuestas, la información a mostrar quedaría en el frente del envase para que se pudiera observar de un vistazo. Incluiría precisamente la cantidad de calorías; azúcares añadidos; sodio y grasas, particularmente las saturadas. Y lo que es más importante: no se trata de representar estas cantidades de manera exacta tanto como de que cualquier persona entienda si está adquiriendo un producto que entraña algún riesgo para su salud. Aquí existen varias alternativas: desde la conocida como técnica del semáforo (verde para niveles razonables de calorías, grasa, azúcares o sodio; amarillo y rojo para los progresivamente elevados) hasta, sencillamente, indicar “alto” o “bajo” en cada uno de los componentes. Tal ha sido, por ejemplo, la propuesta defendida en Colombia (derrotada en el Legislativo).

No quedarse sencillamente en las cantidades es una buena idea: cabe esperar que la mayoría de personas no tenga una noción clara de qué es una cantidad saludable de cualquiera de esos elementos en una persona promedio. Los datos de una encuesta pública realizada en México confirman la impresión con creces.

¿Políticas contra la obesidad?

Ahora bien, esa misma encuesta arroja unos datos que invitan a pensar que añadir información en el mercado es condición necesaria, pero no suficiente, para reducir significativamente la obesidad. Resulta que una abrumadora mayoría de los mexicanos decía conocer la etiqueta, pero una porción casi igual de importante afirmaba no leerla ni tomar decisiones de compra por ella. Y aunque varios citaban la falta de claridad o visibilidad como una de las causas para esta falta de efecto, la verdad es que eran menos de un 10% quienes solo se referían a este tipo de problemas, frente a un tercio que admitían falta de interés o tiempo sin referirse a las cuestiones operativas.

¿Políticas contra la obesidad?

Estos datos no descartan, ni mucho menos, la conveniencia de un mejor etiquetado. La información siempre será una herramienta poderosa para aquellos consumidores que disponen del tiempo y los códigos para interpretarla, así como los recursos para actuar en consecuencia. El sistema semáforo por ejemplo, demostró en varios estudios que ayudaba a identificar adecuadamente los productos más saludables. Pero una cosa es hacernos saber lo que debemos hacer y otra distinta es que lo hagamos. Recomendaciones ampliamente difundidas como la campaña del Servicio Nacional de Salud británico que recomendaba el consumo mínimo de cinco piezas de fruta o verdura al día fueron conocidas incluso fuera de las fronteras del Reino Unido. Sin embargo, la evidencia de su capacidad para poner más vegetales en las cestas de la compra es desigual y poco concluyente. Se acotan así las esperanzas, señalando que no puede ser la única política en el menú contra la obesidad.

Poner difícil lo malo

Hablábamos de tiempo, códigos y recursos para hacer uso de la información. Pero habría que añadir otra dimensión más: la voluntad. Que las personas seamos agentes más o menos racionales no quiere decir que no estemos sometidos a tentaciones, sesgos, convenientes olvidos. Trampas, incluso. A veces autoimpuestas y en otras ocasiones, provenientes del contexto.

Ese contexto muchas veces toma la forma de una especie de pantano alimenticio(en inglés los llaman food swamps): grandes áreas en las que la comida accesible por defecto para sus residentes es en su mayoría ultraprocesada. Al menos para los EE UU, estas densidades de lo nocivo predicen [tasas de obesidad más altas]. Normalmente, además, se presentan en entornos de menor poder adquisitivo. Ahora bien: lo fácil es identificarlos. Lo complicado, hacerlos desaparecer.

Drenar completamente estos pantanos de comida nociva se antoja descomunal, difícilmente canalizable para Estados completos. Aquí es conveniente pensar más bien en escala urbana. Por ejemplo: la ciudad de Nueva York decidió hacer más accesible la comida sana, con políticas que hacían hincapié en los vecindarios con menor nivel medio de ingresos. Los efectos existen, pero son más bien modestos: una década apenas añadió un punto porcentual más de personas que consumían alguna fruta o verdura. Ahora bien, hay que tener en cuenta que en un 1% de Nueva York caben decenas de miles de personas. En cualquier caso, más profundos y duraderos parecen los programas centrados en convertir la comida sana en una opción por defecto dentro lugares donde la intervención pública de gran escala sí es posible: principalmente, en los colegios.

“Si quieres que alguien empiece a hacer algo, pónselo más fácil” es una paráfrasis del psicólogo Daniel Kahneman que resume bastante bien el espíritu de este tipo de intervenciones. Pero de esa aserción a la otra, necesaria cara de la moneda media un segundo de reflexión: si quieres que alguien deje de hacer algo, pónselo difícil. O menos fácil.

Excluyendo la prohibición completa, es aquí donde entra en juego la que quizás sea la medida con mayor potencial, y también más cargada de polémica. Los impuestos sobre alimentos nocivos, en particular bebidas con azúcar añadida, están en la mira de muchos países latinoamericanos. Y en el cuerpo legislativo de más de uno. Chile, México y Perú cuentan con el suyo. También las islas caribeñas de Dominica y Barbados. En Colombia la propuesta ha sido tumbada varias veces. Pero el asunto es que funciona.

Funciona si el objetivo es reducir el consumo de bebidas azucaradas, en cualquier caso. En México las estimaciones apuntan a una caída relevante en la compra de estos productos. Pero es demasiado pronto para saber si está teniendo algún efecto duradero en el problema último: la obesidad. No sabemos si las calorías que se dejan de consumir por esta vía se están reemplazando con otras, por ejemplo. Ni tenemos apenas experiencia con sistemas impositivos más completos, que tasen directamente el elemento (grasa, azúcar). El intento más completo lo llevó a cabo Dinamarca hace casi una década. Un impuesto sobre la carne, los productos lácteos y las grasas para cocinar (aceites incluidos) cuyos efectos muchos (pero no todos) consideran hoy un fracaso. Entre otras cosas, y sirva de esto como lección de la imprevisibilidad del comportamiento humano, porque una cantidad significativa de daneses (país pequeño, profundamente integrado con sus vecinos con los que mantiene fronteras casi invisibles en el marco de la Unión Europea) se iba a comprar esos mismos alimentos a, por ejemplo, Alemania.

Las herramientas políticas a nuestra disposición para luchar contra la obesidad, en suma, existen y funcionan, pero también que tienen efectos limitados, a veces inciertos, y que no salen gratis: con cada una de ellas estamos restringiendo un poco la capacidad de decisión inmediata de las personas. Pero si asumimos todos esos riesgos, si decidimos atarnos las manos hoy para mejorar nuestra situación mañana como ya lo hicimos con el tabaco, la cuestión no será cuántos años de vida estamos dispuestos a pagar por cada grado adicional de libertad. Así lo plantean algunos a la derecha del espectro ideológico, ignorando que la propia decisión de poner coto a nuestras decisiones y a las acciones de quienes se benefician de ellas también es un ejercicio pleno de esta misma libertad. La autonomía no empieza ni termina en un supermercado.

Venció la obesidad y perdió los 80 kilos que le sobraban

Tras someterse a un tratamiento de reducción de estómago en el IMEO, esta joven madrileña mejoró su salud y autoestima; dejó de ser una “nini” para recuperar el control de su vida 

Eva entró en quirófano con 27 años, pesando 140 Kg. Tenía síntomas analíticos de hígado graso e hipotiroidismo subclínico. Sus niveles de triglicéridos, colesterol LDL y fibrinógeno eran muy altos apuntando a riesgo cardiovascular y diabetes tipo 2. Su tasa metabólica era bajísima, priorizaba el consumo de azúcar y almacenaba su exceso en forma de grasa.

La obesidad es una enfermedad crónica multifactorial, difícil de abordar en solitario, debido a mecanismos biológicos y de comportamiento que dificultan la pérdida de peso. En los casos graves, cuando se busca reducir más de la mitad del peso corporal del paciente, la solución pasa por el quirófano y forma parte de un tratamiento multidisciplinar que ofrece las garantías y controles periódicos necesarios. Porque no sólo se trata de limitar la capacidad de ingesta y, con ello, frenar temporalmente los atracones, sino de corregir con ayuda profesional aquellos hábitos que han llevado a esta situación de alto riesgo.

Con el fin de concienciar a la sociedad sobre los riesgos de esta enfermedad que se instala en la vida de las personas de forma sigilosa e indolora, condicionando no sólo su movilidad física y salud general, pero también las perspectivas de futuro, queremos dar a conocer un verdadero caso de éxito en la lucha contra la obesidad. Es el caso de Eva Lerma, una joven madrileña que tras someterse a un tratamiento de reducción de estómago en el Instituto Médico Europeo de la Obesidad (IMEO) no sólo logró perder los 80 kilos que le sobraban, sino también recuperó el control de su vida; dejó de ser una “nini” que no trabajaba, ni estudiaba para convertirse en una mujer emprendedora, centrada en su proyecto familiar y laboral.

Mejoras sobre la salud que trascienden más allá del aspecto físico 

Después de perder los 80 kilos que le sobraban, la paciente no muestra ningún signo de hígado graso, colesterol malo o problemas con las tiroides. Su metabolismo está equilibrado y no tiene riesgo de diabetes tipo 2.

En el caso de Eva Lerma, combinar la cirugía bariátrica con un seguimiento semanal multidisciplinario nos ha permitido: reducir la grasa visceral de la paciente y con ello, el riesgo de enfermedad cardiovascular e hipertensión; remitir en un alto porcentaje la incidencia de la diabetes 2; mejorar la tasa metabólica, es decir, la efectividad del organismo para utilizar la grasa como fuente de energía; normalizar la función del páncreas y los niveles de tiroides, triglicéridos y colesterol.

Tras reducir su peso corporal en un 57%, eliminando 80 kilos de peso, la paciente necesitó varias cirugías complementarias reconstructivas realizadas por la unidad de cirugía plástica y reparadora del IMEO, entre ellas una abdominoplastia, lifting de brazos y muslos, corrección y rejuvenecimiento mamario.

Puntos importantes del estudio médico[1] de la paciente

“Eva Lerma, cuyo caso de éxito queremos compartir para que sirva de referencia para personas con similares problemas, es una joven madrileña que hace dos años acudió al IMEO con un sobrepeso de 80Kg, para someterse a una intervención de reducción de estómago, conocido como manga gástrica o gastroplasia tubular”, señala Rubén Bravo, experto en nutrición y portavoz del Instituto. Esta cirugía aporta en una reducción importante de la ingesta de alimentos, obligando a la paciente, por un lado, a comer muy despacito y, por otro, a eliminar sustancialmente su sensación de hambre, de modo que con una cantidad muy pequeña de comida el estómago se siente lleno. La técnica ha sido completada con un seguimiento quincenal psicológico y semanal nutricional para asegurar la eficacia de este tratamiento multidisciplinar en los dos años posteriores.

El día que ingresó en quirófano, Eva tenía 27 años de edad y pesaba 140 Kg. A fecha de hoy ella pesa 58,9 Kg, habiendo perdido unos 80Kg. Su porcentaje de grasa inicial era de 46,1% estacionándose en un nivel muy elevado correspondiente a obesidad tipo IV, considerada extrema. Actualmente su IMC se sitúa dentro de su normopeso ideal. Su porcentaje de grasa ha pasado a un 19,8% y corresponde a un nivel muy bajo dentro de la masa grasa saludable.

Respecto al Índice de Tasa Metabólica que nos indica la efectividad del metabolismo para quemar grasa, hemos observado que en el punto de partida la paciente mostraba unos niveles bajísimos, correspondientes a 1 en una escala de 1 a 15, donde un metabolismo equilibrado se situaría en la tasa de 5 a 10. Esto nos indicaba claramente que el organismo de la paciente priorizaba el consumo de azúcar, no de grasa y que, al no utilizar el exceso de azúcar como fuente de energía –básicamente por la inexistente actividad física–, lo almacenaba en forma de grasa.

En este sentido, Eva tenía que hacer frente a la tendencia genética que tenía de obesidad, una dificultad añadida a la hora de perder peso. Gracias a sus esfuerzos y el trabajo de nuestro equipo multidisciplinar, compuesto por cirujanos, psicólogos, nutricionistas, fisioterapeutas y preparadores físicos, la paciente normalizó su tasa metabólica a 10 que corresponde a un metabolismo de alta efectividad.

Sus analíticas iniciales mostraban niveles de azúcar de casi 170 mg/dl, indicando claramente el riesgo de desarrollar una diabetes tipo 2. En el trascurso de la pérdida de peso, estos valores se fueron corrigiendo.

Otra amenaza para su salud suponía los síntomas analíticos de hígado graso con factores elevados tanto en la gama GOT, como en la gama GPT. Ambas enzimas se encargan del correcto funcionamiento de nuestro organismo y su presencia ayuda para diagnosticar enfermedades hepáticas. A esto debemos sumar los altos niveles de triglicéridos y colesterol malo LDL y la cantidad de fibrinógeno en sangre, una proteína que contribuye al incremento de la agregación plaquetas y a la formación de trombos, estando directamente relacionada con un alto riesgo cardiovascular.

Además, Eva Lerma rozaba los límites que se definen como un hipotiroidismo subclínico, con una TSH de 3,5 y aunque no llegaba a ser hipotiroidismo analítico, era bastante preocupante, visto su estado de salud general. Hoy esta tasa se ha reducido, pasando a 1,22, mostrando un funcionamiento de tiroides correcto.

Su fibrinógeno también está corregido. Los niveles de azúcar han pasado de casi 170 a 86 y la paciente está totalmente fuera de riesgo de la diabetes tipo 2. No aparecen ya ningún tipo de signo de hígado graso, todos los variables que medimos están en valores normalizados y saludables.

TESTIMONIAL DE EVA LERMA

La motivación, clave

Tardé muchos años en decidirme a pasar por el quirófano para deshacerme de los 80 kilos de más que llevaba encima. El apoyo de mi familia y de la persona que ahora es mi pareja me han ayudado a dar el paso y a superar el miedo a la intervención y a la anestesia. Lo que realmente me hizo tomar la decisión, fue el deseo de tener hijos en un futuro. El nivel de obesidad que tenía en aquel entonces suponía un factor de riesgo de mucho peso, que afectaría mi salud, complicaría un posible embarazo y pondría en cuestión mi capacidad de poder jugar y cuidar bien de mis hijos, al tener la movilidad bastante limitada por el exceso de peso.

Había llegado a una situación insostenible; me di cuenta que estaba perdiendo mucho tiempo de mi vida encerrada en casa frente al ordenador. No estudiaba, no trabajaba y tampoco me esforzaba en buscar un empleo: encajaba perfectamente en la “generación nini”. Aunque no lo admitiese, creo que también me daba vergüenza salir a la calle o ir según a qué sitios. Una vez tomada la decisión, he tenido el apoyo incondicional tanto de la familia, como de amigos y simples conocidos y sabía que lo que hago lo hago por mi bien.

Riesgo para la salud

Llegué a pesar en algún momento determinado 152 kilos; entré a quirófano con 27 años y unos 140 kilos. Siempre he sido una niña gordita hasta que la cosa se descontroló y pase, sin darme cuenta, a una obesidad importante. Tenía el hígado graso y corría el riesgo de desarrollar hipertensión, es decir, estaba claro que la mochila de sobrepeso que cargaba me pasaría factura más bien antes que después, pero por aquel entonces todo me daba igual. Tampoco me esforzaba a dedicar tiempo a la actividad física; en mi rutina diaria era prácticamente nula. 

Relaciones afectivas

Antes de dar paso al cambio no tenía gana de hacer nada, vivía en un estado de ansiedad y depresión constante. No obstante, tuve mucha suerte de dar con un grupito de amigos que me brindaron su cariño y apoyo, así que, por ese lado, más bien me sentía acompañada que sola. En cuanto a la situación sentimental, me considero afortunada: conocí a mi actual pareja pesando 140 kilos y puedo afirmar que, a día de hoy, con 80 kilos menos, me sigue queriendo tal como soy.

La relación con la comida

Antes todo entorno a la comida era un caos: no tenía horarios y raciones eran desmesuradas. Comía cuando me apetecía, cuando tenía un bajón de ánimo, cuando me sentía deprimida o, incluso, cuando estaba indispuesta. “El grueso” de mi plato consistía en pasta, galletas, patatas, ensaladas condimentados con mucho aceite o salsas y carne. No tenía el hábito de desayunar, pero cuando lo hacía el paquete de galletas completo con un vaso de cacao no me lo quitaba nadie. Era capaz de acabar medio kilo de pasta o una ensaladera completa, de aquellas que se ponen en el centro de la mesa para que se sirva toda la familia, con mucho aceite.

Cuando me daba ansiedad por el dolor de ovarios, obtenía extra energía de en un paquete de donettes, –¡8 unidades de estos pastelitos industriales rondan 700 kcal! — y una bolsa de doritos, un aperitivo de maíz frito con sabor a queso donde la módica cantidad de 150 gr que contiene la bolsa sumaba otros 750 Kcal. Tomaba esta mezcla de grasas, azúcar y sal todos los días durante una semana hasta que me pasaban los dolores. En mi nevera antes nunca podían faltar salsas, nata, mayonesa, bollería industrial, pan, pasta y latas de pescado en aceite; eran “los alimentos básicos de supervivencia” en mi despensa.

Un cambio que “ha valido la pena”

Ahora tengo 29 años y peso 59,85 Kg. Estoy consciente del esfuerzo que hice para conseguirlo: la cirugía ayuda, pero no hace milagros y durante años he seguido las pautas del nutricionista para llegar a mis objetivos. Ahora hago la compra de forma responsable, pensando en mi dieta y en la salud: jamás pueden faltarme en la nevera filetes de carne magra (pollo sin la piel, lomo de cerdo o ternera, todas ellas bajas en grasas), verduras como las espinacas, frutas de la temporada y, para ocasiones especiales, chocolate negro sin azúcar.

Mi analítica ha mejorado, igual que mi estado de salud general. Eso sí, tengo algo de anemia, un efecto bastante frecuente después de una cirugía bariátrica, que se está tratando. Anímicamente estoy un poco saturada, debido a la falta de costumbre de hacer cosas. Intento tomarme las cosas con calma, sin prisa, pero sin pausa.

En cuanto a la ocupación profesional, ya no me quedo sentada en casa. Trabajo como auxiliar de enfermería y tengo encaminado mi proyecto empresarial. En mi tiempo libre me gusta pasear, junto a mi perra y, ahora que me veo en forma, tengo ganas de ir al gimnasio, algo impensable en mi condición de antes.

Si tengo que resumir la experiencia, solo diría que vale muchísimo la pena. Para mí era como darme otra oportunidad en la vida, como volver a nacer. Mi consejo hacia los que ahora están como yo hace dos años es que no lo dejen para después. Lo que a primera vista parece enorme sacrificio, trae inimaginables beneficios para la salud y en cuanto al crecimiento personal y profesional. Es algo por lo que merece la pena luchar.  


[1] Los estudios de seguimiento se han realizado a través de ElectroImpedancia TANITA Medical Multifrecuencial, evaluando metabolismo basal, composición corporal total y segmental, índice de grasa visceral, tasa metabólica, equilibrio del agua y distribución corporal.

Europa enferma: afronta una epidemia de obesidad por los alimentos ultraprocesados

España, Chipre, Grecia y Portugal aparecen a la cabeza de los socios comunitarios con más porcentaje de niños con sobrepeso

El Periódico / EFE

Los malos hábitos alimenticios, como el creciente consumo de productos ultraprocesados, han provocado una epidemia de obesidad en Europa que no sólo aumenta el riesgo de sufrir enfermedades graves, sino que también supone un enorme coste y un grave desafío para los sistemas públicos de salud.

Más de la mitad de la población adulta de la Unión Europea sufre ya de sobrepeso u obesidad, mientras que uno de cada tres niños tiene esos problemas, según un estudio publicado el lunes por United European Gastroenterology (UEG), que reúne a las principales asociaciones en materia de salud digestiva.

Más de la mitad de la población adulta de la Unión Europea sufre ya de sobrepeso u obesidad.

Unas cifras alarmantes que “en el futuro próximo sólo van a crecer, conduciendo a uno de los mayores y más significativos desafíos de salud pública que enfrentamos hoy día”, advierte Markus Peck, responsable de asuntos públicos de UEG.

El documento advierte de que hay estudios que prueban que la obesidad puede aumentar en un 50 % el riesgo de padecer cáncer colorectal, especialmente en hombres.

Además, casi tres cuartas partes de todos los obesos sufren de hígado graso, algo que puede acabar provocando esteatohepatitis no alcohólica, una inflamación que puede degenerar en problemas mucho más graves.

En el informe se destaca que la incidencia de la obesidad infantil es mayor en los países del sur de Europa en los que la dieta mediterránea, rica en vegetales y con un consumo limitado de carnes rojas o azúcar, ha sido sustituida por productos procesados.

España y los niños con sobrepeso

Malta, Croacia, Italia, España, Chipre, Grecia y Portugal aparecen a la cabeza de los socios comunitarios con más porcentaje de niños con sobrepeso.

El informe alerta del círculo vicioso entre obesidad y pobreza: Hay estudios que relacionan tener unos ingresos bajos con ser obeso. Y, al tiempo, la obesidad puede tener efectos en la salud mental de los niños, provocando ansiedad y depresión, perjudicando el rendimiento educativo y, a la larga, su situación salarial.

También se destaca la importancia para el futuro del niño que tiene su alimentación en los dos primeros años de vida.

Además, la obesidad supone una pesada carga para la sociedad, no sólo por el coste de los tratamientos médicos que implica, sino por las pérdidas económicas derivadas de la falta de productividad laboral y la pérdida de calidad de vida.

Un coste que en este informe se cifra en 81.000 millones de euros al año en la Unión Europea.

No más alimentos industriales

El informe sienta en el banquillo de los acusados a los alimentos ultraprocesados, como la bollería industrial, los precocinados congelados, las carnes procesadas o las patatas fritas de bolsa.

Desde UEG se señala que esta comida, a menudo producida por grandes compañías, viene preparada para el consumo y es muy duradera, por lo que tiene una ventaja comercial frente a alimentos más sanos, pero también más perecederos.

El informe vincula el consumo de estos productos, que tienen a menudo altos contenidos de sal, azúcar añadido o grasas saturadas, con un aumento del riesgo de sufrir cáncer.

Los productos ultraprocesados suponen entre el 25 y el 50 % del total de ingesta energética diaria.

Por ello, la restricción de estos productos se cuenta entre las medidas reclamadas tanto a la Unión Europa como a los países miembros para reducir los riesgos, el coste y el impacto social de las enfermedades digestivas.

“Necesitamos que la Comisión Europea y los Gobiernos nacionales adopten ahora medidas para cambiar la forma en que compramos y consumimos alimentos”, afirma Peck, jefe de gastroenterología del Klinikum Klagenfurt.

Así, se pide, entre otras medidas, que se limite la publicidad y la disponibilidad de la “comida basura”, en especial para los niños, que se impongan recargos fiscales a los refrescos azucarados, y que haya etiquetados más claros sobre valor calórico y nutricional.

Reducir producción de alimentos procesados

En general, UEG pide reducir la producción de productos procesados y más campañas educativas e incentivos para cambiar la cultura alimentaria hacia una más saludable.

“Nuestro objetivo debería ser lograr una transformación a nivel europeo hacia dietas saludables para 2050”, explica Peck.

Este experto recomienda así duplicar el consumo de frutas, verduras, nueces y legumbres, y reducir a la mitad el de carnes rojas o azúcar en los próximos 30 años.

También que el azúcar suponga menos del 10 por ciento de la ingesta total de energía diaria, y que las grasas saturadas no superen el 10 por ciento.

Rebote adiposo, una fase del desarrollo crítica para evitar la obesidad infantil

Sucede de forma natural entre los 5 y los 7 años, pero algunas veces se adelanta y puede provocar la enfermedad si no se vigila. ¿Es posible controlarlo desde casa, con una sencilla báscula?

El País, por Sarah Palanques Tost

La Iniciativa Europea de Vigilancia de la Obesidad Infantil, de la Organización Mundial de la Salud (OMS), acaba de sacar los colores a España; el país está entre los que más obesidad infantil tienen de la Unión Europea, y a la cabeza en casos graves. Y, mientras las causas del problema son bien conocidas -una mala alimentación y un estilo de vida sedentario son los principales culpables-, las soluciones se nos escapan. ¿Cómo sacar tiempo para cocinar platos sanos y variados, en lugar de optar por alimentos precocinados? ¿Cómo alejar a los niños de las pantallas y asegurarse de que tengan un mínimo de 60 minutos de actividad física al día? ¿Cómo controlar la publicidad de los alimentos procesados dirigidos a la infancia? Y entre tantas preguntas complejas, quizá se nos ha olvidado una herramienta que ha quedado relegada a las consultas de los pediatras pero que muchos tenemos aún en casa: la báscula.

Un estudio publicado recientemente en la revista Preventive Medicine Reports apunta a una idea muy preocupante si los datos de la OMS no cambian pronto. Un grupo de investigadores de Reino Unido hizo una revisión de 54 estudios internacionales que habían tomado mediciones de estatura y peso de niños, de entre 4 y 11 años, desde el año 2000. Su análisis revela que no se está pesando suficientemente a los niños, y eso dificulta que se lleve a cabo una actuación temprana contra la obesidad infantil. Esa es la mejor medida contra el problema, y dejar el control del peso exclusivamente en manos de los médicos puede ser insuficiente porque el problema puede gestarse entre las revisiones del médico.

Según el pediatra y endocrinólogo del hospital madrileño La Luz-Quirón Salud Gilberto Pérez López, “diagnosticar la obesidad infantil cuando ya está establecida, en grados moderados-graves, significa que no hemos puesto medidas preventivas y tendremos enormes dificultades para la instauración de medidas terapéuticas”. Y si, tal y como alerta el estudio británico, a los 4 y 11 años se pesa menos a los niños de lo que se debiera, podríamos estar perdiendo una sencilla y poderosa arma de diagnóstico.

El pediatra del centro de salud oscense de Barbastro,Santy Conde subraya que uno de los trabajos más importantes que se realiza en la atención de la infancia y la adolescencia es identificar los períodos críticos que se asocian con el riesgo de desarrollo de obesidad infantil que tanto castiga a España, que son tres: los mil primeros días de vida (incluidos los 9 meses de embarazo), el rebote adiposo (entre los 5 y los 7 años) y la adolescencia. El rebote adiposo “es fisiológico (normal) y permite almacenar reservas para el crecimiento y desarrollo de la pubertad. Actualmente, sabemos que muchos de los niños que desarrollarán obesidad en nuestro país empiezan antes de los 6 años, con un rebote adiposo precoz, por lo que es en ese momento en el que deberíamos centrar nuestros esfuerzos”, especifica Conde. Si no se detecta en casa, cabe la posibilidad de que pase desapercibido en la consulta.

“Con las revisiones intentamos seguir al niño y alertar a los padres cuando empiezan a ganar peso, y detectamos hábitos o factores de riesgo aunque aún no haya ganancia de peso. Pero, en efecto, a menudo no es suficiente. Por ejemplo, para un niño que a los 4 años iba bien de peso y a los 6 años ha entrado en sobrepeso, llegamos tarde”, añade Conde.

Un problema invisible para algunos padres

No todo es una cuestión de plazos. Los pediatras consultados para este artículo coinciden en un factor nada desdeñable que promueve la obesidad infantil es que muchos padres no quieren reconocer que su hijo puede tener sobrepeso. “A veces no hay motivación en la familia para cambiar las cosas”, dice Conde. Por su parte, Pérez López cuenta que “en la consulta, cuando comentamos a los padres que el niño tiene sobrepeso u obesidad, la mayoría de las veces se sorprenden. Esto sólo sería una anécdota si en España, y en el resto del mundo, la obesidad infantil no fuese un problema de salud pública”.

El médico reflexiona sobre ésta problemática aprovechando la reciente publicación de un estudio español. Los investigadores analizaron la subestimación del exceso de peso infantil en la población española de 2 a 12 años, con hallazgos sorprendentes. “Algunos de los resultados señalan que el 90% de los padres de niños de entre 2 y 4 años con sobrepeso u obesidad pensaban que el peso de sus hijos que era normal. En el caso de los adolescentes (de 10 a 14 años), el 63% de los que mostraban sobrepeso y el 40% de los que tenían obesidad fueron identificados como normopeso por sus padres”, dice el experto.

Pérez López añade que el estudio detectó que las madres tenían más posibilidades de no identificar el exceso de peso en comparación con los padres, que los progenitores con sobrepeso u obesidad también eran más propensos a pasarlo por alto y que las familias con mayor nivel de estudios, y mejores niveles de renta, identificaban mejor el problema. A tenor de las cifras, resolver este fenómeno, quizá con una herramienta tan sencilla como una báscula doméstica, podría ayudar a resolver los graves problemas de salud que provoca la obesidad infantil.

El caso de la diabetes es especialmente llamativo, ya que su epidemiología acostumbra a agrupar a gente de edad avanzada pero, “hoy en día, cada vez vemos más casos en edades más jóvenes, ya no es raro verlos a partir de los 40 años, incluso al final de la adolescencia”, confirma Conde. Lo importante es que “el 70% de los casos de diabetes tipo 2 serían evitables a través de un estilo de vida saludable… pero casi 6 millones de españoles tiene esta enfermedad, según el estudio Di@betes, es una barbaridad”, exclama. La tendencia es preocupante, ¿pero podemos siquiera soñar en cambiarla solo con el uso de una báscula?

Tecnología al servicio de la salud infantil

“Yo recomendaría consultar con el pediatra en cualquier momento en que los padres puedan percibir que la constitución de su hijo está cambiando (ganando más peso que talla) o que vean que tienen problemas para mantener una alimentación saludable, independientemente de las revisiones”, apunta Conde. Una buena manera de percibir los cambios es usar aplicaciones para el móvil como Growin App, desarrollada por el endocrinólogo pediátrico del Hospital Infantil Miguel Servet de Zaragoza Antonio Arriba, junto a ingenieros de la Universidad de Zaragoza, y que sirve para monitorizar el crecimiento y el índice de masa corporal de los niños, así como para detectar los cambios.

El cualquier caso, la prevención siempre comienza en una serie de hábitos que no siempre se instalan en las familias con facilidad. “El manejo de un niño con sobrepeso requiere tiempo, motivación y perseverancia. Pero es una inversión que vale la pena hacer: dormir suficiente, disminuir el tiempo delante de las pantallas, mejorar la calidad y cantidad de los alimentos (hidratar con agua, comer al menos 5 piezas de frutas y verduras al día, y restringir los alimentos altos en azúcares y grasas ) de toda la familia, fomentar las actividades al aire libre, comer en familia, felicitarles cuando realizan avances… y los niños deben estar activos al menos 60 minutos por día”, añade Pérez López.

Por último, hay una vertiente psicológica muy importante en una sociedad en que se da gran importancia a la imagen. Es habitual que se prejuzgue a las personas con obesidad. “Los niños con sobrepeso a menudo sufren burlas y comentarios negativos, y esto es particularmente dañino cuando proviene de otros miembros de la familia. Los niños y adolescentes con sobrepeso u obesidad tienen una baja autoestima, y tienen mayor riesgo de trastornos de la conducta alimentaria y ansioso-depresivos. Por ello, hay que recordarles lo mucho que les amas, reforzar sus cualidades positivas, no tolerar bromas y evitar la crítica”, concluye Pérez López.

Sobrepeso y obesidad, un problema que afecta al 40% de las personas con diabetes tipo 1

Un estudio muestra que la diabetes triplica el riesgo de tener periodontitis y de que esta enfermedad de las encías sea más grave

Hasta un 40% de los pacientes con diabetes tipo 1 en España presentan sobrepeso u obesidad. Son datos del estudio SED1, realizado por la Sociedad Española de Diabetes (SED) a través de la recogida de datos 647 personas con DM1 (62 pacientes pediátricos y 585 adultos), que se ha presentado en el XXX Congreso de la SED.

La diabetes tipo 1 supone aproximadamente 1 de cada 10 casos de diabetes en España. Se estima una prevalencia en la población general del 0,2 por ciento (unas 90.000 personas). Se trata, además, de un tipo de diabetes con necesidades de tratamiento específicas y complejas. Sin embargo, son escasos los datos epidemiológicos y de manejo real de esta enfermedad en nuestro país, limitándose a algunas iniciativas locales o autonómicas y que se circunscriben a población adulta o pediátrica.

La diabetes mellitus tipo 1 es una enfermedad autoinmune que ataca selectivamente a las células beta productoras de insulina en los islotes al infiltrar células inmunes. Como resultado, el organismo ya no puede producir insulina y desarrolla hiperglucemia y, si no se trata, termina causando la muerte. A pesar de los avances en la tecnología de dispositivos médicos y los análogos de insulina, así como en la generación de células productoras de insulina in vitro, todavía no existe una terapia sólida para sustituir y proteger las células beta que se pierden en la DM1.

El estudio ha determinado que la edad media en el momento del diagnóstico de DM1 es de 4,9 años en la población pediátrica y de 19,3 años en adultos. Un 48,7 por ciento de la población de la investigación presenta comorbilidades, principalmente dislipidemia (25,8%), retinopatía (19,3%) y nefropatía (5,9%).

Todavía no existe una terapia sólida para sustituir y proteger las células beta que se pierden en la DM1

Respecto al tratamiento con insulina, revela que un 75 por ciento de la población global estaba en un régimen de tratamiento insulínico basal-bolo y un 20 por ciento con bomba de insulina. El 67 por ciento de la población evaluada usó dosis correctoras de insulina y un 51% emplearon una ratio insulina/carbohidratos (ICR).

En cuanto al tratamiento futuro, España va a la vanguardia en la investigación en nuevas terapias para curar la DM1. La prevención, la protección de las células productoras de insulina para enlentecer la progresión de la enfermedad después de un diagnóstico temprano y la terapia celular sustitutiva en etapas más avanzadas son algunos dlíneas futuras.

Tarde o temprano, la cura para la diabetes tipo 1 llegará

«Probablemente, un futuro tratamiento de la DM1 consistirá en una terapia combinada de tres aproximaciones: aplicación de nanovacunas, células madre y el abordaje farmacológico», señala Benoit Gauthier, del Centro Andaluz de Biología Molecular & Medicina Regenerativa gestionado por la Fundación Progreso y salud de la Consejería de Salud (Junta de Andalucía), quien no duda en afirmar que, «tarde o temprano, la cura para la DM1 llegará. Nosotros tenemos ese sueño, que es compartido por asociaciones de pacientes y familiares, y es con ellos con los que tenemos el compromiso de trabajar sin descanso para lograrlo».

Diabetes y salud bucodental

Por otra parte, sufrir diabetes triplica el riesgo de tener periodontitis y de que esta enfermedad de las encías sea más grave, según Eduardo Montero, de la Facultad de Odontología de la Universidad Complutense (Madrid).

«La periodontitis, a su vez, hace que el control de la glucemia sea más difícil en personas con diabetes, aumentando también el riesgo de sufrir las habituales complicaciones asociadas a la diabetes (retinopatía, nefropatía, alteraciones neurológicas, enfermedades cardiovasculares…)», señala.

Por otra parte, ha recordado que el tratamiento periodontal permite mejorar los niveles de HbA1c en alrededor de un 0,4 por ciento en pacientes con dificultades para presentar un adecuado control de la glucemia, lo que supone «una disminución similar a la procurada por algunos tratamientos antidiabéticos de referencia», concluye.