Súper obesidad gana terreno en México

1 de cada 3 adultos en México padece obesidad, por lo que se posiciona como el país con mayor incidencia de esta enfermedad a escala mundial.

La Verdad Noticias

De acuerdo con la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), 1 de cada 3 adultos en México padece obesidad, por lo que se posiciona como el país con mayor incidencia de esta enfermedad a escala mundial.

Según el especialista en cirugía de obesidad, el doctor Luis Zurita Macías Valadez, “no es estar gordito y ya, hay que entender que se trata de una enfermedad crónica degenerativa que no se cura, sólo se controla”.

Valadez, quien es cirujano bariatra con estudios en la UNAM y la Universidad McMaster de Hamilton, Canadá, explica que existen 3 grados de obesidad, los cuales se miden según el índice de masa corporal (IMC).

Por lo tanto, podemos hablar de sobrepeso cuando el paciente tiene un IMC de 25 a 29.9; obesidad grado 1 o de bajo riesgo con un IMC de 30 a 34.9; grado 2 o de riesgo moderado a partir de un IMC de 35 a 39.9; y obesidad grado 3, mórbida o súper obesidad, con un IMC mayor a 40.

“Esa es la forma más fácil de medir la obesidad y adecuar un tratamiento basado en una atención multifactorial, con apoyo de un nutriólogo, psicólogo, médico internista y los cirujanos, en caso de requerir una intervención, pero es importante enfatizar que sin importar el grado de obesidad que tenga el paciente, deberá corregir sus hábitos porque no existen los milagros”.

Por otra parte, es importante señalar que la obesidad va más allá del aspecto físico y un simple dolor de rodillas o espalda, pues existen más de 80 males relacionados con esta: diabetes, hipertensión, reflujo, infertilidad, cáncer, enfermedades cardiovasculares, en algunos casos cuadros de depresión, entre otras.

De hecho, en 2012, la diabetes asociada a la obesidad se convirtió en la enfermedad más letal en México y para 2016 provocó más de 100 mil muertes prematuras.

Por último, Zurita Macías señaló que no sólo aquellas personas con más de 200 kilos son quienes necesitan de una cirugía para controlar la enfermedad, pues entre menos peso haya que perder, más fácil será lograrlo.

“No es necesario que una persona pese 200 kilogramos para que se encuentre enferma, hay que tomar mucho en cuenta que en el país no somos muy altos, entonces una mujer que mide 1.55 metros y pesa 72 kilos ya está en obesidad grado uno. Si pesa 84 kilos ya alcanza la tipo dos y con 96 kilos entraría a la obesidad mórbida, no pensemos que los mórbidos son aquellos que tienen 100 o 200 kilos de más y que uno sólo está gordito”.

La letra pequeña de la dieta keto, una moda para adelgazar comiendo grasa

El régimen está pensado para perder hasta 12 kilos en un mes, pero su naturaleza extrema puede producir efectos secundarios

El País, por Salomé García
Perder 12 kilos en un mes sin que el olor a coliflor sobrevuele la cocina un solo día. Es el sueño de la mayoría de las personas que se ponen a dieta, y una experiencia a la que uno puede aspirar después de ver a estrellas del espectáculo como Halle Berry, Jennifer Lopez, Kim Kardashian y Adriana Lima contar las maravillas de la dieta keto por internet. La respuesta del mundo digital a sus recomendaciones ha sido abrumadora: fue el régimen que sumó más búsquedas en Google de 2018. Y seguro que no solo por la influencia de las cantantes y las actrices, sino también porque conviene estar bien informado si uno pretende probarla.

La dieta keto reparte las calorías de tal manera que los alimentos grasos son predominantes, con entre un 60% y un 80% de la ingesta total. Luego están las proteínas (entre un 20% y un 25%) y los hidratos de carbono (del 5% al 10%), enumera Juana María González Prada, dietista-nutricionista y directora técnica de Alimmenta. Pero no vale cualquier tipo de grasa. Nada de panceta ni torreznos, “lo ideal es que el perfil sea saludable, que procedan preferentemente de pescados y alimentos de origen vegetal (como el aceite de oliva, las semillas, los frutos secos y el aguacate). Una ingesta elevada de derivados cárnicos aumenta el riesgo cardiovascular y de padecer cáncer por su contenido en grasas saturadas, colesterol y sodio”, explica González Prada.

La “magia” adelgazante de la cetosis

La consecuencia de este reparto de los nutrientes es que los depósitos de glucógeno, una molécula que es nuestra principal fuente de energía, se quedan prácticamente vacíos y el organismo se ve obligado a buscar un combustible alternativo. Entonces se produce la cetosis, que es un estado en el que el cuerpo usa la grasa —de peor calidad y menos eficiente, por lo que hay que quemar más cantidad— para lograr la energía que necesitan los músculos y el cerebro. El organismo se convierte en una eficiente máquina de quemar lípidos, y los michelines desaparecen a toda velocidad. Este proceso inspira el nombre de la dieta; el término keto es, precisamente, un diminutivo de ketogenic, que significa “cetogénica” en inglés.

Hasta aquí los titulares deslumbrantes. Ahora, la letra pequeña. Al minimizar el consumo de hidratos de carbono, uno de los macronutrientes principales, también se limita la toma de vitaminas, minerales y fibra. Y la ingesta de nutrientes como el calcio, la vitamina D, el selenio, el magnesio, el zinc y el fósforo se ve comprometida. Es una consecuencia que conviene tener en cuenta, puesto que los nutrientes cumplen funciones como mantener los músculos sanos, asegurar una secreción hormonal adecuada, guardar la salud del sistema inmunitario y del corazón, y mantener el buen funcionamiento de los riñones.

“Entre los síntomas a corto plazo de la cetosis están el estreñimiento, el dolor de cabeza, la halitosis, los calambres musculares, la diarrea, la debilidad general y las erupciones cutáneas. A largo plazo puede producirse problemas de salud como la esteatosis hepática (más conocida como enfermedad de hígado graso), la hipoproteinemia (disminución de la concentración de proteínas), la aparición de piedras en los riñones y las deficiencias de vitaminas y minerales”, indica la experta. De ahí que muchos programas basados en la dieta cetogénica incluyan suplementos vitamínicos y minerales, para evitar consecuencias indeseadas.

Además, una vez que quien sigue la dieta se ha quedado hecho un figurín y decide abandonarla suele aparecer el temido efecto rebote. “El peso solo se mantiene si hay un cambio de hábitos nutricionales que se puedan mantener en el tiempo. Si no es así, tarde o temprano se recupera”, asegura González Prada. Y, aunque la dieta keto sí es una de las formas más rápidas de perder peso, es posible alcanzar el mismo objetivo con algo más de tiempo y conseguir mejores resultados.

Según un metaanálisis que estudió como evoluciona la pérdida de peso de sujetos sometidos a una dieta baja en carbohidratos frente a los de una dieta baja en grasas, los de la cetogénica habían perdido de media 3,3 kilos más que sus colegas a los seis meses. Pero las diferencias fueron poco apreciables al cabo de un año. En cambio, las personas que siguieron una dieta baja en grasas habían mejorado sus niveles de colesterol pasado ese tiempo.

Insuficiente literatura científica para no pensarlo dos veces

El endocrino de la Clínica Mayo Russell Wilder se convirtió en uno de los pioneros de la dieta cetogénica cuando, a principios de los años veinte, comenzó a usarla para emular los beneficios del ayuno en enfermos de epilepsia. “El cambio llega en los años cincuenta, con la publicación de un artículo en la revista médica New England Journal of Medicine sobre los efectos de esa dieta en pacientes obesos y cuando, en 1972, el doctor Robert Atkins retoma el concepto en su famosa dieta”, apunta Sonia Peinado, nutricionista del Instituto Médico Europeo de la Obesidad. El resto ya es historia de uno de los regímenes más famosos y controvertidos del último medio siglo, la dieta Atkins. El Gobierno de Reino Unido llegó a ordenar investigarla en 2004, como parte una iniciativa para comprender el aumento de la obesidad en el país.

Recientes estudios pretenden avalar la dieta keto con nuevos beneficios para el organismo. Por ejemplo, que reducir la glucosa en la circulación sanguínea mejora la sensibilidad a la insulina y la presión arterial. Sin embargo, “no hay evidencia científica al cabo de un año”, sentencia González Prada. Otros le atribuyen una mejora en la sintomatología del mal de Alzheimer, pero la experta considera que tampoco hay datos suficientes para sostener esta tesis, ni aquellas que sostienen que podría ser beneficiosa para algunos tipos de cáncer. Lo mismo sucede con las que atribuyen el poder de estimular la expresión de los genes antiinflamatorios y antioxidantes a las cetonas, los compuestos químicos que se producen cuando el cuerpo quema la grasa. Esto último supuestamente conferiría propiedades antiedad a la dieta keto.

“Son promesas hechas a partir del estudio de animales de laboratorio, sin evidencia científica en humanos. Lo que sí sabemos, en cambio, es que la cetonemia (el aumento de cetonas en sangre) durante el embarazo ha sido asociada con disminución de las puntuaciones de cociente intelectual en los niños”, indica González Prada.

¿Y por qué los deportistas recurren a la cetosis?

Al margen de la polémica sobre su utilidad para adelgazar, esta dieta encuentra refugio entre algunos deportistas. Dado que los depósitos de glucógeno son muy limitados, hay entrenadores que sugieren acostumbrar al cuerpo a tirar de grasas. Es una idea que circula sobre todo en deportes de resistencia y en pruebas como el maratón, para evitar las molestias gastrointestinales que pueden acarrear los geles.

“En cuanto a rendimiento deportivo, una dieta baja en hidratos no sería mi primera opción si lo que el deportista busca es un buen resultado en competición. La grasa es peor combustible y no permite optimizar el rendimiento. Además, la disminución de los depósitos de glucógeno se relaciona con la fatiga durante el ejercicio”, responde Marcos Rueda Córdoba, dietista-nutricionista especializado en nutrición deportiva en Realfooding.

Otra cosa es usarlo como herramienta durante los meses de preparación de la prueba para enseñar al cuerpo a carburar con grasas, lo que en la jerga nutricionista se conoce como buscar la flexibilidad metabólica. “En ciertos protocolos de entrenamiento, se reduce la disponibilidad de glucógeno para aumentar la oxidación de grasas como fuente energética. Pero es un arma de doble filo: si se entrena mucho o siempre con baja disponibilidad de glucógeno, buscando esas adaptaciones a nivel metabólico, quizás no se llegue a alcanzar la misma intensidad o duración que se conseguiría con los depósitos de este sustrato principal llenos. Y esto impide lograr otras adaptaciones necesarias para optar a ganar (lograr correr más rápido o más kilómetros)”.

Entonces, ¿grasa o glucógeno? La solución más habitual es lo que Rueda Córdoba denomina como “periodización nutricional”: “Una parte de la temporada se entrena en baja disponibilidad de carbohidratos. Al acercarnos a la competición, justo todo lo contrario: llenar los depósitos de glucógeno al máximo para competir al máximo nivel”, concluye el experto.

Aflatoxinas, las sustancias cancerígenas que comes todos los días

Nación Farma

La FAO (Food Agricultural Organization of the United Nations) asegura que los cereales como el arroz, trigo, sorgo y cebada son los principales alimentos que nos aportan energía; además, estos productos tienen mayor disponibilidad para su consumo y exportación. Sin embargo, estos alimentos son susceptibles a la contaminación biológica; sobre todo a aquella causada por hongos del género aspergillus, los cuales producen metabolitos tóxicos llamados aflatoxinas.

Existen más de 20 tipos distintos de aflatoxinas; pero la Agencia Internacional de Investigación del Cáncer ha clasificado a las aflatoxinas B1 y M1 dentro del grupo 1 como carcinógenos para humanos, lo que los convierte en un riesgo para la salud. La principal causa de exposición a las aflatoxinas es la ingesta de comidas contaminadas; aunque también pueden ser inhaladas en algunos ambientes laborales.

Adicional a los cereales, alimentos como los cacahuates, las nueces, pistaches, el chile, pollo, huevo, leche, embutidos y cerveza también contienen aflatoxinas, según alertó Magda Carvajal Moreno, del Instituto de Biología de la UNAM. De acuerdo con esta especialista, las tortillas y sus derivados son los más contaminados; sólo en México, se ha identificado que el 95% del maíz blanco, así como el 60% del amarillo, contienen aflatoxinas.

Carvajal Moreno, durante el Seminario Permanente sobre Agricultura, Alimentación y Nutrición, del Programa Universitario de Alimentos, afirmó que lo que comemos es la principal causa de riesgo de cáncer, con 36%; incluso delante del consumo de tabaco (31%) y las infecciones (11%).

Las aflatoxinas no tienen sabor ni olor; soportan entre 260 y 320 grados centígrados sin descomponerse; son resistentes a la cocción, ultrapasteurización, nixtamalización y fermentación.

Las aflatoxinas se asocian con cáncer de hígado, de páncreas, de pulmón, colorrectal y cervicouterino. Aunque actúan en millonésimas de miligramos, son los cancerígenos biológicos más potentes conocidos hasta ahora.
Carvajal Moreno también indicó que todos nacemos con protooncogenes latentes; las aflatoxinas, mediante un mecanismo químico de oxidación, los convierten en oncogenes (elementos cancerígenos) que se acumulan en el ADN y mutan.

Para contrarrestar los daños, recomiendan comer alimentos probióticos, moras, pimiento verde y rojo, espinacas, betabel, cereza, ejotes, jitomates y zanahorias.

Identificar mutaciones para un diagnóstico oportuno

La presencia de aflatoxinas en los alimentos ha generado alarma a nivel mundial; por ese motivo, se han creado regulaciones en países con mayor exposición a esas microtoxinas. Dado que el consumo de cereales, frutos secos, especias y leche es alto a nivel internacional, se han realizado estudios para conocer los efectos de las aflatoxinas en el organismo; así como para entender los procesos oxidativos mediante los cuales se activan en el hígado, se unen al ADN y provocan un efecto cancerígeno y hepatóxico en las células somáticas.

El año pasado, investigadores del Massachusetts Institute of Technology (MIT) encontraron un espectro mutacional de la aflatoxina B1, con lo cual pueden establecer biomarcadores para la exposición al carcinoma hepatocelular. En otras palabras, crearon un método para detectar si las células del hígado han sido expuestas al compuesto cancerígeno; y para estimar si tienen riesgo elevado de convertirse en cáncer.

El objetivo de la investigación fue identificar los perfiles de mutaciones producidas en las células hepáticas; las cuales están expuestas a las aflatoxinas antes de que se conviertan en tumores. Para lograrlo analizaron el ADN de las células hepáticas de ratones después de 10 semanas de exposición y de aquellos que desarrollaron tumores. A través de una técnica de secuenciación detectaron un patrón mutacional específico en las células de los tumores inducidos.

Otras investigaciones estiman que en países en vía de desarrollo hay mayor prevalencia y exposición a las aflatoxinas; para lo cual es necesario contar con mayor regulación en las cosechas y poscosechas. Asimismo, concuerdan en la necesidad de mayores estrategias de control; vigilancia integral; y mayor diversidad de alimentos para reducir los riesgos.

La cocina de la felicidad

La Vanguardia de México / EFE

Tres nutricionistas describen la alimentación que contribuye a mejorar nuestro bienestar emocional y estado de ánimo, y explican que la forma y el ambiente en que comemos puede ayudarnos a ser más felices

MADRID.-¿Sabe que hay alimentos que influyen en nuestro estado de ánimo y en nuestro humor, y que las personas que se sienten más satisfechas y felices suelen fumar y beber menos, hacer más ejercicio y comer mejor?

La doctora Odile Fernández,  especialista en Medicina Familiar y Comunitaria y posgrado en Medicina Preventiva y Salud Pública, señala que “Felicidad es sinónimo de salud, dado que nuestra comida diaria puede influir en nuestras emociones y, por tanto, en nuestra salud”.

La doctora Fernández, autora de los libros “Mi Revolución Anticáncer” y “Recetas para Vivir con Salud”, apuesta por la que denomina “cocina de la felicidad”, es decir aquella alimentación que puede ayudarnos a mejorar nuestro bienestar emocional y nuestro estado de ánimo.

Odile Fernández se define a sí misma como “mamá, médico y superviviente de cáncer, por este orden” y su blog Mis recetas anticáncer (https://www.misrecetasanticancer.com) recibe a diario miles de vistas.

Esta médica propone un estilo de alimentación que no solo es válido para personas sanas que quieren sentirse mejor y más felices, sino que también podría ser útil para quienes sufren trastornos del ánimo, como la depresión, y trastornos de ansiedad y quieren mejorar su sintomatología.

LAS MOLECÚLAS QUE PREVIENEN LA DEPRESIÓN

Según Fernández, “la depresión se relaciona con la inflamación crónica, y dado que la carne es proinflamatoria, es decir que promueve la inflamación, aconseja reducir su presencia en los menús, en especial la carne roja, la procesada y los embutidos”.

Esta experta recomienda incorporar a diario las especias para dar sabor a los platos ya que son muy antiinflamatorias, y sugiere probar especialmente la cúrcuma, el jengibre, la pimienta, la canela, el clavo y el cardamomo, en sofritos, guisos, postres y bebidas, entre otros alimentos.

La doctora Fernández también aconseja consumir pescado azul al menos dos veces por semana, ya que es rico en Omega 3 y tiene un gran poder antiinflamatorio.

“El boquerón, la sardina, la caballa y el jurel son los más recomendados”, apunta.

“Las ‘moléculas de la felicidad’  o neurotransmisores, son pequeñas sustancias que ayudan a poner en contacto a nuestras neuronas, transmiten todas las acciones ordenadas por el cerebro y modulan nuestras emociones”, según esta profesional.

Explica que una dieta basada en el mundo vegetal, con frutas, hortalizas, legumbres, semillas y frutos secos, “nos ayudará a aumentar la síntesis en nuestro organismo de los neurotransmisores del buen humor, como son la serotonina, la melatonina, la dopamina y la noradrenalina”.

Fernández recomienda dormir como mínimo siete u ocho horas cada noche, siendo lo ideal estar dormido a las 23:00 horas, procurando que la habitación esté oscura y evitando usar los dispositivos móviles y mirar la televisión antes de dormir.

En lugar de eso “es mejor darse un baño calentito, un automasaje, practicar ejercicios de relajación o tomar una infusión templada de melisa o valeriana”, señala.

Esta doctora sugiere, asimismo,  tomar el sol veinte minutos cada día, preferiblemente por la mañana, para incrementar en nuestro organismo la síntesis de vitamina D, la cual regula el estado de ánimo y ayuda a prevenir la depresión.

“El complejo de vitaminas B nos ayuda a producir moléculas de la felicidad”, asegura Fernández, señalando que encontraremos la vitamina B6 y el ácido fólico en el mundo vegetal y la vitamina B12 en huevos, pescados y carnes.

Por otra parte, es categórica al afirmar: “No fumes. El tabaco merma nuestra salud y genera radicales libres, unos compuestos químicos perjudiciales para la salud y relacionados con el inicio de la depresión”.

La doctora Fernández también recomienda hacer ejercicio a diario.“Por ejercicio entendemos, no solo hacer deporte, sino también caminar a paso ligero, cuidar el jardín, subir escaleras en vez de usar el ascensor y moverse en lugar de quedarse en el sillón” , enfatiza.

“Los alimentos más destacados y recomendables para consumirlos a diario en ‘la cocina de la felicidad’ son el chocolate negro y el plátano”, según Fernández.

COMER CON TRANQUILIDAD Y EN BUENA COMPAÑÍA

Por su parte,  las nutricionista  Carmen Escalada y Andrea Marqués,  del Instituto Médico Europeo de la Obesidad (www.imeoobesidad.comexplican a Efe que, para ser más felices y estar más animados, no solo es importante lo que se come, sino además cómo se come.

Marqués, nutricionista dietista con grado en nutrición y dietética y postgrado de especialista en nutrición y gastronomía, recomienda los denominados “Platos coloreados”.

“Cuanta más variedad de colores haya en nuestro plato, más atractivo será visualmente, estimulando nuestra apetencia. Para ello resulta muy práctico combinar las verduras o frutas de temporada con alimentos proteicos”, explica.

También es importante para ella  “comer en un ambiente tranquilo, masticar despacio disfrutando de cada bocado y  de sus características organolépticas, como el sabor, el olor y la textura, entre otras”.

“Comiendo de esta manera, identificaremos mejor nuestra señal de saciedad y, seguramente, ingeriremos menos cantidad de comida, por lo que  tendremos mejores digestiones”, destaca.

“Para una ‘alimentación para la felicidad’ también hay que evitar las grandes ingestas o atracones, pues nos harán sentir más pesados y psicológicamente nos generarán un sentimiento de culpa sobrecargando emocionalmente el acto de comer”, señala Marqués.

Esta nutricionista dietista también aconseja “hacer al menos una comida al día en compañía, en lugar de alimentarse mirando la televisión o delante del ordenador”.

“El compartir este rato nos va a aportar un placer extra por la buena compañía y nos permitirá relacionar la comida con un momento social”, apunta Marqués.

NUTRIENTES QUE NOS LEVANTAN EL ÁNIMO

Para mejorar nuestro estado de ánimo, Carmen Escalada, diplomada en nutrición y dietética, y postgrado en nutrición clínica y deportiva, destaca la importancia de consumir alimentos ricos en magnesio, “un mineral que interviene directamente en la producción de energía aumentando nuestra vitalidad”.

En ese sentido, esta experta aconseja tomar cacao en polvo puro en el desayuno, frutos secos como nueces, almendras o anacardos en los medios tiempos, es decir entre las comidas principales, y legumbres al menos una vez a la semana.

Escalada  señala que también “debemos cuidar el consumo de triptófano, un aminoácido precursor de la serotonina, que nos ayudará a mejorar nuestro bienestar emocional sintiéndonos más tranquilos y relajados”.

“Algunas fuentes naturales de triptófano son la carne roja, la leche, los huevos, las legumbres y cereales integrales y, por supuesto, el chocolate negro, del que podemos consumir 1-2 onzas al día después de la comida o de la cena”, asegura.

Los carbohidratos también son importantes para la felicidad, según Escalada, ya que “no debemos olvidar que la glucosa alimenta nuestro cerebro”.
“Aunque es importante buscar estos nutrientes en fuentes saludables. Por ejemplo, podemos consumir pan integral o fruta por la mañana recargando así nuestra energía y activando nuestro metabolismo para empezar bien el día”, indica a Efe.

Escalada coincide con la doctora Fernández en la recomendación de consumir alimentos ricos en ácidos grasos Omega 3,  señalando que están presentes en las anchoas, el salmón y el atún, que resultan fáciles de consumir en verano, así como en los frutos secos naturales: almendras, nueces y pistachos.

Cerca del 80 % de la población de los países desarrollados sufre de “obesidad oculta”

Un estudio sugiere que es más efectivo descubrir si una persona tiene problemas de salud por medio del exceso de grasa que teniendo el peso como referencia

El Espectador

En promedio, la proporción de adultos y niños con exceso de grasa (obesidad oculta) en los países desarrollados es extremadamente alta y mayor que la de los individuos con sobrepeso y obesos, al menos así lo expone un artículo publicado recientemente en la revista Frontiers in Public Health. Los investigadores detrás de este estudio explican que entre el 62 y el 76% de la población mundial han alcanzado niveles de grasa corporal que pueden perjudicar la salud.

Esta obesidad oculta que se le identifica bajo el término sobre- grasa, el cual significa exceso de grasa corporal, puede perjudicar incluso a aquellas personas de peso normal (no obesas), pues se estima que hasta el 90% de los hombres adultos, el 80% de las mujeres y el 50% de los niños tienen un porcentaje de grasa problemático para la salud.

De hecho, los expertos explican que el exceso de grasa tiene consecuencias más agresivas en el organismo, como vínculos directos con la resistencia a la insulina y la inflamación crónica; la hipertensión, enfermedad coronaria, apoplejía, cáncer, diabetes tipo 2, enfermedad de la vesícula biliar y osteoartritis, entre otras.

El problema principal es que la forma habitual de medir si un individuo tiene un peso saludable es bajo el índice de masa corporal, que tiene en cuenta la estatura y el peso de una persona.  Los investigadores de este trabajo, liderados por Paul B. Laursen de la Universidad Politécnica de Auckland, explican que esta fórmula no siempre ayuda a predecir si una persona va a tener problemas de salud asociados con esta enfermedad, por eso la manera más óptima de hacerlo sería por medio del exceso de grasa.

“Diversos estudios han observado que muchos individuos que se consideran delgados o con un ligero sobrepeso, pero que tienen un porcentaje de grasa elevado, tienen niveles de presión arterial, insulina o inflamación propios alguien con obesidad”, afirman los expertos.

No obstante, medir con precisión los niveles de grasa corporal requeriría métodos tecnológicamente más complejos como la absorciometría -técnica que se utiliza para medir la densidad mineral ósea, principalmente en la columna lumbar, fémur proximal y cuerpo completo- con rayos X de doble energía, lo que impondría una carga sustancial a los recursos económicos de los países que deseen implementarlo, lo que genera otro desafío en la salud pública mundial.

El estudio presenta que en 2011 la OMS estimó que la carga económica de enfermedades evitables y no contagiosas, como la obesidad, la diabetes y las cardiovasculares, crearán una pérdida acumulada de producción de 47 billones de dólares durante las próximas dos décadas, partiendo de que en 2010 esto representó el 75% del PIB mundial (63 billones de dólares), suficiente capital para levantar a los 2.500 millones de personas que actualmente están por debajo de la línea de pobreza.

Si bien es difícil determinar la carga absoluta de la pandemia de grasa excesiva, “es vital poner en práctica estrategias de tratamiento y prevención de éxito, ya que es un fuerte factor causal en el desarrollo de una parte significativa de la enfermedad crónica y la reducción de la calidad de vida”, concluyeron estos científicos de la Universidad Politécnica de Auckland.

Los niños con obesidad tienen un riesgo cuatro veces superior de desarrollar diabetes tipo 2

El 20% de los niños de nuestro país tiene sobrepeso y el 10% es obeso, por lo que es necesaria una mayor inversión en medidas para prevenir el desarrollo de la diabetes

ABC
Lejos de ser un problema meramente ‘estético’, la obesidad es una enfermedad muy grave y asociada al desarrollo de patologías potencialmente mortales como las cardiovasculares, la diabetes o el cáncer. Un aspecto muy a tener en cuenta no solo en los adultos, cuya prevalencia global de obesidad se ha duplicado en poco más de tres décadas hasta alcanzar el 13% –o lo que es lo mismo, más de 600 millones de personas–, sino sobre todo en los niños, que ya llevan arrastrando las consecuencias de esta enfermedad desde la infancia. De hecho, un nuevo estudio llevado a cabo por investigadores del King’s College de Londres (Reino Unido) demuestra que, comparados con aquellos con índice de masa corporal (IMC) normal, los niños con obesidad tienen un riesgo hasta cuatro veces superior de desarrollar diabetes tipo 2 durante los primeros años de su etapa adulta.

Como explica Ali Abbasi, director de esta investigación publicada en la revista «Journal of the Endocrine Society», «dado el rápido aumento de la prevalencia de obesidad y sobrepeso, la cifra de niños y adultos jóvenes diagnosticados de diabetes ha crecido notablemente en Reino Unido desde el inicio de la década de los años 90. Y en este contexto, y comparados con sus homónimos con un peso normal, los niños con obesidad presentan un riesgo cuatro veces mayor de ser diagnosticados de diabetes a la edad de 25 años».

Epidemia creciente

Para llevar a cabo el estudio, los autores analizaron los historiales médicos, y muy especialmente los datos referidos al IMC y a las enfermedades metabólicas, de 369.362 menores británicos con edades comprendidas entre los 2 y los 15 años.

Los resultados mostraron que 654 de los niños y adolescentes participantes en el estudio habían sido diagnosticados de diabetes tipo 2 entre los años 1994 y 2013. Y lo que es más importante, que la tasa de niños que desarrollaron la enfermedad, de ‘solo’ seis nuevos casos por cada 100.00 niños entre los años 1994 y 1998, se elevó hasta los 33 nuevos casos por cada 100.000 infantes durante el periodo 2009-2013. Un incremento de la incidencia de diabetes que, simple y llanamente, se explica por el aumento de la prevalencia de obesidad en Reino Unido.

Como refiere Ali Abbasi, «la diabetes conlleva una enorme carga para la sociedad dado que la enfermedad es cada vez más común y más costosa de tratar. Las estimaciones actuales indican que uno de cada 11 adultos padece diabetes tipo 2, lo que supondría una cifra global cercana a los 415 millones de personas. Y dado que tanto la diabetes como la enfermedad se pueden prevenir desde los primeros años de vida, esperamos que nuestros resultados, conjuntamente con los alcanzados en otras investigaciones, motivarán al público y a los decisores políticos a implicarse e invertir en esfuerzos para la prevención de la diabetes».

Diabetes tipo 2, no tipo 1

Finalmente, los resultados también mostraron que 1.138 niños fueron diagnosticados de diabetes tipo 1 durante el periodo 1994-2013. Sin embargo, y contrariamente a lo sucedido en el caso de la diabetes tipo 2, los autores no hallaron ninguna relación entre la diabetes tipo 1 y la obesidad. Un resultado esperable dado que la diabetes tipo 1 es el resultado de una enfermedad autoinmune subyacente.

En definitiva, el exceso de peso aumenta, y mucho, el riesgo de que los niños acaben desarrollando diabetes tipo 2. Un aspecto muy a tener en cuenta dado que, ya a día de hoy, hasta un 20% de los niños españoles presenta sobrepeso y un 10% es obeso.