El 90% de las personas con diabetes tipo 2 tienen obesidad

Canal Diabetes

La presidenta de la Sociedad Española de Diabetes (SED), Anna Novials, ha señalado
 que nueve de cada diez personas con diabetes tipo 2 tiene sobrepeso u obesidad, por lo que reclama que la obesidad sea considerada una enfermedad.

“En personas con sobrepeso u obesidad, el consumo de alimentos ricos en carbohidratos genera una sobrecarga de trabajo para el páncreas, lo que produce su debilitamiento y, en última instancia, una escasez de insulina. Esto deriva en hiperglucemia crónica y, por lo tanto, en el desarrollo de la diabetes tipo 2. Y precisamente la diabetes representa un mayor riesgo de desencadenar enfermedades cardiovasculares”, ha explicado la presidenta de la SED durante el 7o Congreso de Diabesidad, que cuenta con el apoyo de Novo Nordisk, y está organizado por la Sociedad Española de Endocrinología y Nutrición (SEEN), la Sociedad Española para el Estudio de la Obesidad (SEEDO) y la propia SED.

En el encuentro, que pretende poner en conocimiento de todos los profesionales implicados en su abordaje los últimos avances en fisiopatología, diagnóstico y tratamiento de la diabesidad, así como debatir sobre diferentes interrogantes, la especialista ha recordado que obesidad y la diabetes son “una peligrosa combinación desencadenante de numerosas patologías”.

En este contexto, la presidenta de la SEEN, Irene Bretón, ha insistido en que la obesidad es una enfermedad que “no siempre se considera como tal o no se reconoce su importancia, tanto en las administraciones como por parte de la ciudadanía”. “No se ve como una enfermedad devastadora, que aumenta el riesgo de mortalidad y da lugar a múltiples complicaciones, además de un deterioro evidente de la calidad de vida. Hay estudios que observan que las personas con formas graves de obesidad pueden perder entre 10 y 12 años de vida”, ha recalcado.

Asimismo, el presidente de la SEEDO, Francisco Tinahones, ha llamado la atenciónvez es más frecuente en la población infantil y juvenil”. “Estamos viendo adolescentes obesos con diabetes tipo 2, algo impensable hace años”, ha alertado.

Estas tres sociedades coinciden es en que “es necesario considerar a la obesidad como una enfermedad y que cuente con un abordaje integral mediante la prevención y el tratamiento”.

Entre las complicaciones en las que puede derivar la obesidad se encuentran las de origen cardiovascular. “Por eso, es importante prevenirla y con ello el desarrollo de diabetes tipo 2, la cual también incrementa el riesgo de desarrollar enfermedad cardiovascular”, ha afirmado la doctora Anna Novials. En concreto, las personas con diabetes tipo 2 tienen hasta tres veces más riesgo de desarrollar enfermedad cardiovascular que las personas sin diabetes, ha señalado.
“Esto se debe a que la diabetes es una enfermedad metabólica que tiene una relación directa con la enfermedad cardiovascular lo que convierte a esta, la enfermedad cardiovascular, en la principal causa de muerte de las personas con diabetes. Es decir, la obesidad no es un problema estético. La misma empeora la calidad de vida y provoca numerosas patologías, entre ellas la diabetes”, ha reiterado el doctor Tinahones.

En cuanto a los hábitos nutricionales, la doctora Irene Bretón ha pedido que “hay que aprender a comer mejor, no es sólo cuestión de comer menos”. “Tenemos que adaptar las calorías que ingerimos a lo que vamos a gastar y mejorar la calidad nutricional de nuestra alimentación, en base a la dieta mediterránea. Es el patrón dietético que ofrece más beneficios cardiovasculares y por lo tanto es especialmente recomendable para esta población con tanto riesgo cardiovascular. Pero siempre estableciendo objetivos individualizados”, ha incidido, puntualizando que el ejercicio físico “también es muy importante”.

Los alimentos que hacen que estés cansado

Alimente El Confidencial, por Álvaro Hermida

A todos nos ha pasado: dormir placenteramente toda una noche, levantarnos hechos un roble, comer y, de repente, todas esas cosas positivas desaparecen y nos convertimos en un muñeco de trapo. El día ha podido con nosotros. Pero hay determinadas comidas que pueden ser las responsables de fastidiarnos una jornada maravillosa.

1. Legumbres

La razón de que no las cenemos es que meternos 2.000 kcal antes de dormir durante ocho horas no es lo mejor para conservar nuestra figura. Por eso es el típico plato de domingo a mediodía. Que justo después de comerlas tengamos una necesidad imperiosa de echarnos una siesta no es casualidad. Las legumbres provocan digestiones pesadas, en las que los oligosacáridos que contienen reaccionan y provocan gases. Son una de las causas más comunes de dispepsia (nombre científico de la indigestión). Esto provoca que los vasos sanguíneos de nuestro intestino se llenen de sangre para procesar toda esa comida, y cuanta más sangre esté ahí, menos se encargará de cosas igual de importantes, como oxigenar el cerebro como es debido. Esto puede provocar somnolencia y cansancio. Por muy sana que sea, ningún corredor de los 100 m lisos se zampa una fabada asturiana antes de correr.

2. Lechuga

Esta hoja puede parecer tan solo una inofensiva fuente de fibra. Sus ingredientes (sobre todo en la parte más blanca de las hojas) son agua y fibra, ya está. Pero hay más detrás del ingrediente principal de la ‘ensalada de la casa’. Es un alimento (de los pocos que se conocen) que contiene una molécula llamada lactucina. Se encuentra en el ‘jugo’ de la lechuga y sus efectos, según explican los investigadores E. Chojnacka-Wójcik, A. Wesolowska y su equipo de la Academia Polaca de Ciencias, «muestran propiedades sedativas en el sistema locomotor». Curiosamente, también pudieron comparar los efectos analgésicos de la lactucina con los del ibuprofeno, descubriendo que 30 mg/kg de este compuesto tiene efectos similares a 60 mg/kg del famoso analgésico.

3. Pasta

¿Cómo es posible que un nutritivo alimento, rico en hidratos de carbono y, por tanto, rebosante de energía nos produzca cansancio? En declaraciones al ‘Huffington Post‘, la doctora Pamela Peeke explica que «los hidratos de carbono refinados aumentan la cantidad de azúcar en sangre, lo que produce un desplome del nivel de insulina en sangre, lo que causa fatiga y debilidad«. Una vez el cuerpo se reajuste, tendremos energía para lo que nos eche el día encima, pero hasta entonces seremos un trapo.

4. Vino (alcohol)

Nos puede cansar de dos maneras diferentes. La primera (y más enfermiza) es desmayarse de la borrachera. Un problema si nos pasa una vez, un problemón si nos pasa más. La segunda es que el alcohol es un depresor del sistema nervioso. Altera la función de multitud de neurotransmisores, lo que es responsable de sus consecuencias, desde la desinhibición hasta la pérdida de equilibrio o memoria. Uno de esos efectos es la disminución del ritmo respiratorio, lo que provoca una sangre menos oxigenada, y finalmente un cerebro más apagado. Sueño asegurado.

5. Carne

Las grasas están de moda. Las animales, aunque siguen teniendo su particular lucha contra el vegetarianismo, también se han vuelto un poco más populares. La parte mala es que las comidas con mucha grasa pueden hacer que te sientas cansado. Según explica la doctora Peeke, «al cuerpo le es más difícil dividir las grasas, porque eso requiere procesos más complicados. Lo anterior provoca que el cuerpo envíe más energía a hacer la digestión, lo que desencadena el cansancio».

6. Melón

La sabiduría popular no engaña. «Melón, por la mañana oro, por la tarde plata y por la noche veneno que mata«. Aunque no existe evidencia científica al respecto, se cree que esto se debe a la capacidad que tiene esta fruta de fermentar rápidamente en nuestro estómago y, por tanto, producirnos una pesada digestión, lo que nos provoca cansancio y, a la vez, si conseguimos dormir, un sueño poco placentero.

 

¿Qué podemos hacer cuando la dieta no funciona?

CuidatePlus, por Ana Callejo Mora

Estás haciendo una dieta determinada y sientes que no funciona. ¿Es una percepción subjetiva o una realidad? ¿Cómo ponerle remedio? Los expertos en Nutrición consultados por CuídatePlus nos ayudan a entender esta situación y a aprender a perder peso de manera saludable.

Como punto de partida, Rubén Bravo, experto en Nutrición y portavoz del Instituto Médico Europeo de la Obesidad (IMEO), menciona seis factores como responsables del fracaso de una dieta:

  1. Elegir una dieta exprés, milagro o desequilibrada.
  2. Pasar hambre.
  3. Que no sea compatible con la vida social.
  4. Que sea monótona.
  5. Que exija demasiada fuerza de voluntad.
  6. Que no contemple una fase de mantenimiento del peso saludable.

“Una dieta fracasa desde que decides hacerla. El concepto de dieta, tal cual lo entendemos ahora, supone alimentarse de una manera un periodo de tiempo limitado. Con fecha de caducidad. No modificas tu alimentación para que se vuelva más saludable y se mantenga todo el tiempo”, comenta de manera tajante Marta Rincón, vocal de comunicación del Colegio Profesional de Dietistas-Nutricionistas de Castilla y León (Codinucyl).

La experta afirma que todos hacemos dieta. “Los dietistas-nutricionistas entendemos el concepto ‘dieta’ como el patrón de alimentos que tiene cada sujeto. Cada persona sigue una dieta diferente según los alimentos, maneras de cocinar, entorno en el que viva, valores, etcétera. Conseguir buenos hábitos nutricionales cuesta tiempo, no se logra de la noche a la mañana y no se arregla con una combinación mágica de alimentos. Intervienen muchos factores en el proceso del cambio que afectan a la salud, y de lo que se trata es de mejorarla a través de la alimentación y la nutrición mucho más allá de las motivaciones estéticas”.

¿Cuándo se considera objetivamente que no funciona?

“¿No funciona para quién?”, se pregunta Rincón, planteando que aquí también “entran en juego muchos factores, como las expectativas, la motivación y los objetivos planteados del paciente. Cada sujeto tiene unos requerimientos y unas necesidades diferentes. Para valorar todo el proceso en el que esté implicada la nutrición, el dietista-nutricionista (que es el profesional experto) es el encargado de detectar qué estrategia funciona mejor para cada uno de manera objetiva”.

En palabras de Bravo, es importante hacer una evaluación durante la dieta y posterior a ésta, “pues hay planes que consiguen hacer perder peso a sus seguidores, pero, posteriormente, volviendo a un estilo de vida saludable, generan un efecto rebote. Una dieta no funciona cuando, aun haciéndola al cien por cien, no se consigue reducir el porcentaje de grasa corporal, que en muchos casos no está relacionado con el peso estrictamente hablando”.

¿Es posible que funcione y, llegado un punto, deje de hacerlo?

“Muchas personas suelen decir que se han estancado. Habitualmente, lo que suele ocurrir en la mayoría de los casos es que al perder gran parte de los kilos los seguidores suelen verse mucho mejor y comienzan a no seguir el plan al cien por cien”, explica Bravo. “Sólo en casos raros por problemas metabólicos, o bien en personas que han realizado multitud de dietas durante toda su vida, puede ocurrir que los mecanismos activados por los ‘genes ahorradores’ dificulten en un momento determinado seguir perdiendo más peso”.

La dieta es un patrón de alimentación. Por eso, Rincón recuerda que “no siempre tiene que ser la misma. Los requerimientos y las necesidades de una mujer atleta que se acaba de quedar embarazada no son iguales que los de esa misma mujer cuando está entrenando para correr una maratón”.

Consejos cuando la dieta no marcha

El portavoz del IMEO aconseja tomar las siguientes medidas cuando la dieta no funciona:

  1. Revisar si se está siguiendo el plan correctamente, realizando un registro diario de los alimentos ingeridos.
  2. Cambiar de plan de pérdida de peso.
  3. Intensificar o incluir la actividad física.
  4. Evaluar posibles problemas hormonales, de estreñimiento o retención de líquidos.

Para Rincón, la recomendación es única: “Asesorarte por un dietista-nutricionista”.

¿Qué hay del efecto yoyó?

El efecto yoyó se produce cuando los cambios en la alimentación han terminado y vuelves a retomar tus antiguos hábitos. “Vuelves a la casilla de salida; no has aprendido nada. Aquí lo que no ha funcionado es la estrategia nutricional porque no ha conseguido que adquieras unos buenos hábitos de vida saludable que se mantengan con el tiempo”, dice la vocal de comunicación de Codinucyl.

“Si estamos siguiendo un plan equilibrado, no debería aparecer en ningún caso un efecto rebote, salvo que cambiemos buenos hábitos por malos, que es lo que suele ocurrir en la mayoría de las ocasiones. Escogemos un plan para perder peso, llegamos a nuestro objetivo y volvemos a los malos hábitos que nos llevaron al sobrepeso de partida”, añade el portavoz del Imeo.

Impacto psicológico

En muchas ocasiones, expone Bravo, “el hecho de que una dieta no funciones provoca desmotivación y puede fortalecer los episodios de atracones, llevando a un ciclo de sentimiento de fracaso y culpa”.

La alimentación y las emociones van de la mano. Aquí vuelven a entrar en juego las expectativas, la motivación y los objetivos. Igual que cada uno comemos diferente también sentimos diferente. Este es el terreno de un especialista en psiconutrición, que es el que debe valorar el impacto psicológico de la alimentación en cada uno”, concluye Rincón.

 

Refrescos, ‘ganchitos’ y chucherías: la comida basura llega a los indígenas

Un estudio analiza los cambios en la dieta de las comunidades chortí , en Guatemala, que se relaciona con enfermedades como el sobrepeso y la obesidad

El País

Para los indígenas mayas chortí, la comida de verdad es el maíz. En concreto, las tortillas. Si acaso, con algo de frijoles y algún cazo de café. Eso es lo que quita el hambre, lo que da fuerzas, lo que alimenta. Cualquier otra cosa que uno ingiera puede servir para alegrar el cuerpo, o para divertirse, o para entretenerse. Pero sin sus tortillas, en realidad, no puede decirse que esté alimentándose. O al menos así era hasta hace bien poco. Ahora, en una región como Chiquimula, en Guatemala —donde en algunas zonas siete de cada 10 menores de cinco años no comen lo suficiente— los refrescos azucarados, ganchitos y otros ultraprocesados se están haciendo un hueco en la dieta de los chortí.

«No… Hay bolsas en las tiendas, pero nosotros no se las compramos». La reacción habitual a preguntas de los investigadores era negar la mayor. Lorenzo Mariano, doctor en Antropología de la Universidad de Extremadura, explica que la gran mayoría de la población chortí guatemalteca se sentía avergonzada y, al ver a extranjeros haciendo preguntas, aseguraba que no consumía productos chatarra, ni mucho menos se los daba a sus hijos. «Pero en los lugares donde teníamos más confianza nos confesaban que sí que lo hacen con normalidad, aunque sepan que no es bueno», apunta.

Aunque los últimos datos oficiales (de 2006) aún no arrojaban un gran aumento del consumo de refrescos, ya señalaban una subida del 13% respecto a 1999 en la ingesta de snacks y otras chucherías ultraprocesadas en la región. Los algo más de 50.000 mayas chortí guatemaltecos viven en la región de Chiquimula, al este del país, frontera con Honduras y el Salvador. Estas comunidades registran tasas de desnutrición infantil un 13% superiores a la media nacional, que es la peor de Centroamérica. Y se relaciona la habitual talla baja de estos indígenas con la falta de alimento suficiente en los primeros cinco años de vida. La zona es conocida por haber sufrido una hambruna en 2001 que, en diversa medida, se viene repitiendo periódicamente. Pero ahora también se registran allí casos de sobrepeso y obesidad. Y el foco se coloca sobre el mayor consumo de grasas y azúcares.

«Las principales causas de la doble carga de la malnutrición [cuando conviven hambre y obesidad] son las condiciones sociales y la baja calidad de la alimentación», explica Rubén Grajeda, experto de la Organización Panamericana de Salud (OPS). «Los productos con alto contenido calórico y bajo valor nutricional es decir, altos en azúcar, sal y grasa, están ampliamente distribuidos, son sabrosos, convenientes y de muy bajo precio», añade.

Pese a que muchos se muestran convencidos de que son malos, la presencia de estas galguerías como patatas fritas, ganchitos, galletas azucaradas o refrescos se ha multiplicado en la tierra de los chortí. «El consenso es que ha crecido el número de tienditas de comunidad: todas las aldeas tienen una», señala Mariano, coautor de un estudio sobre el tema para la ONG Acción contra el hambre. El trabajo de campo realizado por los investigadores muestra que en estos negocios los productos procesados y las bebidas azucaradas prácticamente monopolizan la oferta.

«Con la sustitución de los mercados tradicionales por estas tiendas, y la presencia de estos alimentos en su día a día, los chortí están realizando una transición alimentaria hacia cosas más procesadas. Pero sociedades como la española hicimos ese camino en cuatro décadas: ellos la están recorriendo prácticamente en una», apunta el investigador. Son efectos colaterales del desarrollo, que permiten llevar estos productos a lugares antes inaccesibles. «Sus bajos costes de producción y la eficiente distribución en áreas remotas y usualmente pobres hacen que sus precios sean frecuentemente más bajos que alternativas saludables», señala Grajeda, de la OPS.

Esta realidad no es exclusiva de este territorio, sino que se extiende por América Latina. «En toda la región, hoy es posible encontrar bebidas gaseosas, bollería industrial, galletas y snacks nutricionalmente pobres vendidos a precios bajos en territorios muy alejados», explica Ricardo Rapallo, experto de la FAO (agencia de la ONU para la alimentación y la agricultura). «Incluso en lugares donde a veces no llegan las escuelas, el agua potable ni los centros de salud»

El hecho de que la gente se avergüence de consumir esta chatarra ante los expertos demuestra, según los autores del informe, que la educación nutricional es acertada y llega. Pero la evidencia de que aun así se sigan consumiendo pone en duda su efectividad. Más aún cuando estos elementos compiten con una arraigada cultura culinaria en la que una dieta variada es muchas veces percibida como síntoma de desórdenes morales y sociales. «Esto nos sirve para reflexionar sobre los programas de cooperación en materia de salud. Partimos siempre de que todo se soluciona con información, y que gracias a ella la gente elegirá lo más saludable: vemos que no es así», reflexiona el experto.

La comida que las ONG repartían en las emergencias alimentarias no podía competir con las cualidades nutritivas de las tortillas en el imaginario local. «Por eso, el mero hecho de que todos estos productos lleguen a competir con la dieta tradicional es muy sorprendente», opina Mariano. El estudio sostiene que los más jóvenes son los más propensos a consumirlos, y apunta a las técnicas de marketing como una de las claves para comprender el fenómeno: las chucherías se venden en paquetes pequeños de precio bajo, para intentar hacerlas asumibles a todas las capas de la población, y en este caso se adaptan a los gustos locales, con una preferencia por el picante.

«Además está la cuestión del prestigio, estas cosas se identifican como algo moderno», argumenta el antropólogo. Los nombres y el empaquetado de lo que se ve en las tiendas casi siempre hasta arriba de publicidad de marcas—también tratan de acercarse a las nuevas generaciones, con colores y nombres atractivos.

Otro estudio que comparó las exigencias de los etiquetados y mensajes nutricionales de México, Ecuador, Chile y Guatemala, reveló que la regulación guatemalteca era la más débil en este sentido. Y advertía de que conseguir una información que fuera comprensible y útil para todos era un reto mayor en un país tan heterogéneo ética y culturalmente. ¿Valdría para algo señalar las calorías que contiene cada producto sin una formación previa?

Rapallo lamenta la falta de información sobre las diferencias particulares de las comunidades indígenas, y cree que las políticas públicas en toda América Latina pecan de falta de adaptación a la realidad de estos pueblos. «Pero, aunque sin duda el tema cultural de la propia idiosincrasia indígena tiene su importancia, otros factores de exclusión como la pobreza y la desigualdad pesan mucho en su situación nutricional».

De ahí la necesidad de tomar medidas por parte de los Estados. Mariano apuesta por el gravamen a su venta: «Al final vemos que lo que realmente frena el consumo de estas cosas es el precio». En México, uno de los países con mayores niveles de obesidad y sobrepeso, la venta de bebidas azucaradas cayó un 7,6% en dos años tras imponer una tasa especial.