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El 50% de las frutas y verduras tiene pesticidas hormonales

julio 10, 2018

Una de cada dos piezas contiene restos de plaguicidas que alteran el sistema endocrino y favorecen enfermedades, desde la obesidad al cáncer.

Cuerpo mente, por Claudine Navarro

Si todavía no consumes productos ecológicos estás jugando a la ruleta rusa con la mitad del tambor lleno de balas. En España uno de cada dos vegetales frescos contiene por lo menos un pesticida y muchas piezas de fruta o verdura presentan un cóctel de 3 a 7 pesticidas. Y buena parte de estos pesticidas son disruptores endocrinos con capacidad para alterar tu organismo de muchas maneras.
Son los últimos y alarmantes datos oficiales disponibles, correspondientes al año 2015, pero la realidad es peor, según denuncia la organización Ecologistas en Acción en su informe “Directo a tus hormonas: guía de alimentos disruptores”.

Los alimentos que se venden en España están cargados con pesticidas, muchos de ellos con efecto hormonal

En los análisis realizados por el Ministerio de Agricultura la mitad de las muestras están contaminadas, pero las pruebas no buscaron todos los pesticidas que se están utilizando (por ejemplo, el glifosato, uno muy común y controvertido) y solo se consideraron como muestras contaminadas cuando el pesticida se encontraba por encima de cierta dosis mínima.
Por eso, según los análisis oficiales, el 98 % de las muestras cumplen con la normativa, pues las concentraciones de cada uno de los diferentes plaguicidas se hallan por debajo de los límites máximos legales.
Sin embargo, la ley actual no tiene en cuenta que en el caso de los disruptores endocrinos no existe una dosis segura. La cantidad más pequeña ya produce una acción indeseable.
Tampoco valoran que las mujeres embarazadas, los lactantes, los niños y los adolescentes son especialmente vulnerables a sus efectos.

38 pesticidas se comportan como hormonas en el cuerpo

El informe de Ecologistas en Acción se ha fijado especialmente en los pesticidas que son disruptores endocrinos.
De los 761 plaguicidas analizados por la Agencia Española de Consumo, Seguridad Alimentaria y Nutrición (Aecosán), por lo menos 38 poseen sustancias aún legales con capacidad para alterar el sistema hormonal.
A estas hay que sumar pesticidas cuyo uso está prohibido pero que se siguen encontrando en los alimentos, como el DDT o el endosulfán.

En frutas y verduras

Los alimentos más contaminados son, por desgracia, aquellos que deberíamos consumir en más cantidad y de los que esperamos un efecto más positivo sobre la salud.
En frutas y verduras se han encontrado 118 pesticidas diferentes, 38 de ellos con efectos hormonales.
Los tomates y los pimientos son los alimentos más contaminados, con 37 plaguicidas diferentes, 16 hormonales. Les siguen muy de cerca las peras con 35 plaguicidas.
Uno de los plaguicidas que se halló con más frecuencia fue el clorpirifós, Se encontró en 117 muestras de 20 alimentos diferentes, y en muestras de miel, zanahorias, patatas y piña estaba en niveles por encima de los permitidos.
Este insecticida afecta al sistema hormonal humano, se relaciona con graves daños en el cerebro infantil y puede alterar el ADN.
Entre las 1.273 muestras analizadas, 28 fueron de productos ecológicos y solo en uno de ellos se descubrió un plaguicida, en concreto, un melón de Murcia, seguramente por contaminación accidental desde un campo vecino.
Los análisis confirman, por tanto, que consumir frutas y verduras ecológicas es la única manera de librarse de los pesticidas.

En productos de origen animal

Los pesticidas y otros compuestos tóxicos tienden a acumularse en los tejidos grasos de los animales. Y cuando estos se convierten en alimento de las personas, se acumulan en nuestras grasas, si seguimos una dieta omnívora.
En los análisis realizados por AECOSAN, en los filetes y lácteos como mantequilla y leche entera se encontraron incluso pesticidas prohibidos como el endosulfán y el DDT.
Los huevos no se libran: una muestra, por ejemplo, contenía clorpirifós, el insecticida neurotóxico y hormonal que se encuentra con más frecuencia en los alimentos.

En los cereales

Se han encontrado residuos de tres plaguicidas hormonales en muestras de arroz blanco procedentes de España y de Pakistán. Otro plaguicida, la deltametrina, se halló en copos de avena alemanes y en maíz argentino.
En el trigo se han hallado tres pesticidas: cipermetrina, deltametrina y clorpirifós-metil.

Los alimentos infantiles se salvan

La ley obliga a que los preparados para bebés –potitos, papillas, etc– estén completamente libres de pesticidas y los
análisis realizados prueban que los fabricantes cumplen.

En otros productos

Todos los productos alimentarios sin certificado ecológico pueden contener plaguicidas, pero es más probable un mayor grado de contaminación en productos importados de países menos exigentes que la Unión Europea.
En los análisis de Aecosán destaca en este sentido una muestra de té chino que contenía 13 plaguicidas distintos, 4 de ellos disruptores hormonales.

¿Qué hacen los pesticidas hormonales en tu cuerpo?

Desde principios del siglo XX se sabe que algunas sustancias químicas actúan en el cuerpo humano y en muchos animales como si fueran hormonas.
Se les llaman disruptores endocrinos porque alteran el delicado equilibrio que debe reinar en la producción de hormonas, de las que dependen muchos procesos fisiológicos y, por tanto, la salud.
Los efectos pueden ser más o menos inmediatos. Si la alteración se produce durante el desarrollo fetal, puede dar lugar a malformaciones y enfermedades irreversibles.
Uno de los trastornos más frecuentes es la criptorquidia (no descenso de los testículos) en niños, que puede requerir una intervención quirúrgica.
Algunos disruptores producen cambios epigenéticos, es decir, modificaciones en la expresión de los genes que se pueden transmitir a los descendientes, dando lugar a efectos adversos en los hijos y nietos.

Una amenaza para la fertilidad de las parejas

Los disruptores son sobre todo una amenaza para la fertilidad de las parejas. Disminuyen la calidad del semen y favorecen la infertilidad masculina, así como los ovarios poliquísticos, endometriosis, fibroides uterinos y abortos.
Se relacionan asimismo con los tumores hormono-dependientes de mama, ovarios, próstata, testículo y tiroides.
Algunas de las enfermedades típicas de los tiempos actuales son favorecidas por los disruptores endocrinos, que raramente son señalados como culpables.
Nos referimos a enfermedades como el síndrome metabólico, la obesidad y la diabetes. O trastornos neurológicos y del comportamiento como la falta de concentración, la pérdida de memoria la fatiga crónica, la fibromialgia y la esclerosis múltiple.

No existe una dosis inocua

Estudios como los del doctor Miquel Porta, científico del Instituto de Investigación Médica del Hospital del Mar, adherido a la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB), muestran que la media de la población ya posee en su cuerpo un cóctel de disruptoresendocrinos en cantidades suficientes para producir efectos estrogénicos.
Por eso, tanto las organizaciones ecologistas como los científicos que estudian los disruptores endocrinos aseguran que no existe una dosis mínima inocua que se pueda aceptar como residuo en los alimentos y reclaman su prohibición.
Sin embargo, las leyes siguen hablando de dosis seguras. Aunque un Reglamento de 2009 prohibió la comercialización de disruptores endocrinos, la orden nunca se llevó a efecto porque no se establecieron los criterios científicos y legales para clasificar una sustancia como disruptora endocrina.
Una sentencia del Tribunal Superior de Justicia de la Unión Europea obligó a la Comisión a presentar esa normativa y finalmente, el pasado mes de abril, fue aprobado un nuevo Reglamento (2018/605) que desvirtuó el de 2009, basado en el principio de precaución, y estableció unos criterios tan exigentes para la clasificación como disruptor endocrino que muy pocos serán prohibidos en los próximos años.

Qué puedes hacer tú

Los alimentos que elegimos son la principal vía de entrada de los disruptores endocrinos en nuestro cuerpo. Los expertos de Ecologistas en Acción ofrecen los siguientes consejos para reducir los riesgos:

  • Consume fruta y verdura a diario. Las autoridades sanitarias recomiendan un mínimo de 5 al día.
  • Elige alimentos sin plaguicidas, de temporada y locales. Consume alimentos con certificación ecológica, producidos sin plaguicidas sintéticos, siempre que sea posible.
  • Selecciona alimentos con menos plaguicidas. Si compras alimentos sin aval, procura que se encuentren entre los menos contaminados. Algunos de los menos contaminados son aguacates, cebollas, maíz, ciruelas y uvas pasas, piña, papaya, espárragos, col…
  • Lava y pela la fruta y la verdura. Si no son ecológicos, es la manera más eficaz de reducir la ingesta de pesticidas, pero también disminuye la de nutrientes. Cuando desees utilizar la piel es mejor recurrir a los productos ecológicos.
  • Cuida los alimentos para bebés. Evita los productos sin una garantía específica. Si quieres preparar tú mismo los platos, recurre a productos ecológicos. Si no son ecológicos, los alimentos infantiles elaborados son seguros.

Refrescos, ‘ganchitos’ y chucherías: la comida basura llega a los indígenas

junio 3, 2018
Un estudio analiza los cambios en la dieta de las comunidades chortí , en Guatemala, que se relaciona con enfermedades como el sobrepeso y la obesidad

El País

Para los indígenas mayas chortí, la comida de verdad es el maíz. En concreto, las tortillas. Si acaso, con algo de frijoles y algún cazo de café. Eso es lo que quita el hambre, lo que da fuerzas, lo que alimenta. Cualquier otra cosa que uno ingiera puede servir para alegrar el cuerpo, o para divertirse, o para entretenerse. Pero sin sus tortillas, en realidad, no puede decirse que esté alimentándose. O al menos así era hasta hace bien poco. Ahora, en una región como Chiquimula, en Guatemala —donde en algunas zonas siete de cada 10 menores de cinco años no comen lo suficiente— los refrescos azucarados, ganchitos y otros ultraprocesados se están haciendo un hueco en la dieta de los chortí.

“No… Hay bolsas en las tiendas, pero nosotros no se las compramos”. La reacción habitual a preguntas de los investigadores era negar la mayor. Lorenzo Mariano, doctor en Antropología de la Universidad de Extremadura, explica que la gran mayoría de la población chortí guatemalteca se sentía avergonzada y, al ver a extranjeros haciendo preguntas, aseguraba que no consumía productos chatarra, ni mucho menos se los daba a sus hijos. “Pero en los lugares donde teníamos más confianza nos confesaban que sí que lo hacen con normalidad, aunque sepan que no es bueno”, apunta.

Aunque los últimos datos oficiales (de 2006) aún no arrojaban un gran aumento del consumo de refrescos, ya señalaban una subida del 13% respecto a 1999 en la ingesta de snacks y otras chucherías ultraprocesadas en la región. Los algo más de 50.000 mayas chortí guatemaltecos viven en la región de Chiquimula, al este del país, frontera con Honduras y el Salvador. Estas comunidades registran tasas de desnutrición infantil un 13% superiores a la media nacional, que es la peor de Centroamérica. Y se relaciona la habitual talla baja de estos indígenas con la falta de alimento suficiente en los primeros cinco años de vida. La zona es conocida por haber sufrido una hambruna en 2001 que, en diversa medida, se viene repitiendo periódicamente. Pero ahora también se registran allí casos de sobrepeso y obesidad. Y el foco se coloca sobre el mayor consumo de grasas y azúcares.

“Las principales causas de la doble carga de la malnutrición [cuando conviven hambre y obesidad] son las condiciones sociales y la baja calidad de la alimentación”, explica Rubén Grajeda, experto de la Organización Panamericana de Salud (OPS). “Los productos con alto contenido calórico y bajo valor nutricional es decir, altos en azúcar, sal y grasa, están ampliamente distribuidos, son sabrosos, convenientes y de muy bajo precio”, añade.

Pese a que muchos se muestran convencidos de que son malos, la presencia de estas galguerías como patatas fritas, ganchitos, galletas azucaradas o refrescos se ha multiplicado en la tierra de los chortí. “El consenso es que ha crecido el número de tienditas de comunidad: todas las aldeas tienen una”, señala Mariano, coautor de un estudio sobre el tema para la ONG Acción contra el hambre. El trabajo de campo realizado por los investigadores muestra que en estos negocios los productos procesados y las bebidas azucaradas prácticamente monopolizan la oferta.

“Con la sustitución de los mercados tradicionales por estas tiendas, y la presencia de estos alimentos en su día a día, los chortí están realizando una transición alimentaria hacia cosas más procesadas. Pero sociedades como la española hicimos ese camino en cuatro décadas: ellos la están recorriendo prácticamente en una”, apunta el investigador. Son efectos colaterales del desarrollo, que permiten llevar estos productos a lugares antes inaccesibles. “Sus bajos costes de producción y la eficiente distribución en áreas remotas y usualmente pobres hacen que sus precios sean frecuentemente más bajos que alternativas saludables”, señala Grajeda, de la OPS.

Esta realidad no es exclusiva de este territorio, sino que se extiende por América Latina. “En toda la región, hoy es posible encontrar bebidas gaseosas, bollería industrial, galletas y snacks nutricionalmente pobres vendidos a precios bajos en territorios muy alejados”, explica Ricardo Rapallo, experto de la FAO (agencia de la ONU para la alimentación y la agricultura). “Incluso en lugares donde a veces no llegan las escuelas, el agua potable ni los centros de salud”

El hecho de que la gente se avergüence de consumir esta chatarra ante los expertos demuestra, según los autores del informe, que la educación nutricional es acertada y llega. Pero la evidencia de que aun así se sigan consumiendo pone en duda su efectividad. Más aún cuando estos elementos compiten con una arraigada cultura culinaria en la que una dieta variada es muchas veces percibida como síntoma de desórdenes morales y sociales. “Esto nos sirve para reflexionar sobre los programas de cooperación en materia de salud. Partimos siempre de que todo se soluciona con información, y que gracias a ella la gente elegirá lo más saludable: vemos que no es así”, reflexiona el experto.

La comida que las ONG repartían en las emergencias alimentarias no podía competir con las cualidades nutritivas de las tortillas en el imaginario local. “Por eso, el mero hecho de que todos estos productos lleguen a competir con la dieta tradicional es muy sorprendente”, opina Mariano. El estudio sostiene que los más jóvenes son los más propensos a consumirlos, y apunta a las técnicas de marketing como una de las claves para comprender el fenómeno: las chucherías se venden en paquetes pequeños de precio bajo, para intentar hacerlas asumibles a todas las capas de la población, y en este caso se adaptan a los gustos locales, con una preferencia por el picante.

“Además está la cuestión del prestigio, estas cosas se identifican como algo moderno”, argumenta el antropólogo. Los nombres y el empaquetado de lo que se ve en las tiendas casi siempre hasta arriba de publicidad de marcas—también tratan de acercarse a las nuevas generaciones, con colores y nombres atractivos.

Otro estudio que comparó las exigencias de los etiquetados y mensajes nutricionales de México, Ecuador, Chile y Guatemala, reveló que la regulación guatemalteca era la más débil en este sentido. Y advertía de que conseguir una información que fuera comprensible y útil para todos era un reto mayor en un país tan heterogéneo ética y culturalmente. ¿Valdría para algo señalar las calorías que contiene cada producto sin una formación previa?

Rapallo lamenta la falta de información sobre las diferencias particulares de las comunidades indígenas, y cree que las políticas públicas en toda América Latina pecan de falta de adaptación a la realidad de estos pueblos. “Pero, aunque sin duda el tema cultural de la propia idiosincrasia indígena tiene su importancia, otros factores de exclusión como la pobreza y la desigualdad pesan mucho en su situación nutricional”.

De ahí la necesidad de tomar medidas por parte de los Estados. Mariano apuesta por el gravamen a su venta: “Al final vemos que lo que realmente frena el consumo de estas cosas es el precio”. En México, uno de los países con mayores niveles de obesidad y sobrepeso, la venta de bebidas azucaradas cayó un 7,6% en dos años tras imponer una tasa especial.