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Obesidad psicógena: Cuando engordas por tristeza y ansiedad

diciembre 14, 2017

Esta circunstancia puede llevarnos a una erma de seguridad en la vida diaria, fácil de derivar en una depresión

ABC
Por no haber podido superar un episodio traumático de nuestra vida, como una muerte cercana, una pérdida sentimental, o por tratar de controlar nuestra ansiedad mediante la ingesta desmesurada de comida. Al primero de los casos, se le denomina clínicamente Obesidad Psicógena Reactiva y al segundo Obesidad Psicógena de Desarrollo. Por supuesto, tal como aclara la psicóloga de Clínicas Origen, en ambos supuestos el incremento de peso se debe a un desfase entre las calorías que comemos y las que quemamos mediante actividad o ejercicio pero, aclara que en este diagnóstico el origen y el mantenimiento, en la mayoría de los casos, es psicológico y emocional.

Comemos para tranquilizarnos, porque las sensaciones que nos produce el acto de alimentarnos son placenteras. De esta manera, explica la experta, resulta muy fácil caer en la trampa de asociar la comida con una reducción del malestar. Comer algo que nos gusta nos aporta un refuerzo y, además, de manera inmediata. «Si la persona llega a percibir esto, y lo asocia, puede empezar de manera progresiva a realizar mayor ingesta alimentaria. Una vez iniciado el proceso, es difícil romper el círculo vicioso. Comemos por estrés y engordamos. Al vernos mal, perdemos nuestra autoestima, nos sentimos mal, y comemos».

Esta realidad implica, según Conde, importantes dificultades en nuestra vida, «pudiendo propiciar problemas de baja autoestima, limitación de la vida social y ansiedad. Puede ser un factor limitante para nuestra calidad de vida y desarrollo personal e incluso laboral. Estamos, sin querer, ayudando a que nuestro cuerpo se mantenga en ese peso que no es saludable para nosotros, lo que a su vez interfiere con nuestras posibilidades de desarrollo personal».

La ingesta voraz

Cuando el «hambre emocional» es excesiva puede aparecer el «trastorno por atracón» que, según la Asociación Psiquiátrica Americana, declara haber padecido entre el 20% y el 40% de las personas obesas. También conocido «trastorno de ingesta voraz» (binge eating disorder) consiste en una ingesta desmesurada, que puede llegar a sobrepasar las 6.000 calorías, y que, al contrario que la bulimia, no presenta episodios de vómitos. Es decir, la persona que se da el atracón no vomita lo que ha comido. En algunos episodios llega a darse la pérdida absoluta de control. Es un proceso muy adictivo, relacionado con la necesidad de recompensa, mediante la liberación de sustancias como dopamina y serotonina y, en este sentido, se buscan productos ricos en azúcar y, por lo tanto, altamente calóricos.

Desde Origen, Pilar Conde advierte que para trabajar la Obesidad se requiere de tratamientos multicomponente, en los que el apoyo psicológico es clave, pero pide también responsabilidad social en el tratamiento de la imagen, que discrimina a los cánones de belleza alejados de la delgadez, a veces extrema.

La psicóloga recuerda que personas con exceso de peso se pueden llegar a sentir rechazadas socialmente, influyendo en sus ámbitos tanto personales como laborales. Esta circunstancia puede repercutir en una pérdida de autoestima, una merma de seguridad en la vida diaria, fácil de derivar en una depresión.

 

La mitad de los españoles que quieren adelgazar dedican 150 euros mensuales, según estudio de la OCU

agosto 7, 2014

La mayoría de los que logran perder peso acaban recuperándolo

EFE, El Periódico

Barcelona 24.11.2011 Uno de tres sufre sobrepeso Fotografia Albert Bertran.Más de la mitad de las personas que quieren adelgazar (el 55%) gasta una media de 150 euros mensuales en hacerlo y la inmensa mayoría de los españoles (el 94% de las mujeres y el 88 % de los hombres) ha intentado adelgazar en algún momento de su vida.

Estos son algunos de los resultados de una encuesta realizada por la Unión de Consumidores y Usuarios (OCU) a más de 2.000 personas entre 18 y 64 años para analizar cómo valoran su salud y peso, qué hacen para adelgazar y el coste y la satisfacción con diferentes métodos.

Según la encuesta, el 73% de las mujeres y el 54 % de los hombres tienen más peso del que les gustaría.

La OCU recuerda que el sobrepeso y la obesidad en España afectan ya a casi la mitad de la población.

Las cifras oficiales revelan que el 54% de adultos y el 28% de los menores tiene sobrepeso u obesidad, unos datos que el estudio Aladino (elaborado por la Agencia Española de Consumo, Seguridad Alimentaria y Nutrición) eleva al 45 % de los escolares de entre 6 y 9 años.

La OCU califica esta situación de “sumamente preocupante”, y recuerda que el sobrepeso y la obesidad incrementan el riesgo de padecer enfermedades cardiovasculares o degenerativas de los huesos, diabetes y diferentes tipos de cáncer.

Además, según refleja la encuesta, la obesidad y el sobrepeso también se relacionan con una peor salud psicológica y emocional.

El 90% de los encuestados ha intentado adelgazar “por sentirse bien consigo mismo”.

Un 30% adujo problemas de salud o consejo médico, un 18 % lo hizo por insistencia de un amigo o un familiar; un 17 % para mejorar su aspecto ante el verano o para una ocasión concreta; un 16 % para mejorar la vida social; un 10 % por consejo de su pareja y un 9 % por mejorar su carrera profesional.

Los métodos utilizados para reducir peso “fueron variopintos”, según la OCU.

Así, el 31 % de los encuestados solo incrementó la actividad física, un 26 % aumentó el número de comidas al día, un 14% hizo dieta y actividad física, un 13% solo hizo dieta, un 11% se sometió a algún método en una clínica de adelgazamiento, un 10% lo hizo a base de suplementos dietéticos.

Y solo un 0,20 % se sometió a cirugía, método que únicamente está indicado para los casos de obesidad más graves.

Según la encuesta, cuando el método elegido fue una dieta, el 43 % hizo una que le recomendó un amigo o familiar.

Respecto al coste, dependiendo del método utilizado, un 45 % de los encuestados asegura que no gastó ninguna cantidad y el resto, 151 euros de media.

Uno de los aspectos negativos de los intentos por adelgazar fueron los efectos adversos: sensación continua de hambre, mal humor, tristeza y debilidad.

Sobre los resultados algo más de la mitad consiguió deshacerse de un 30% o más de su exceso de peso pero, con el paso del tiempo, la mayoría acaba recuperando parte o la totalidad de lo perdido.

De hecho es muy común haber realizado varios intentos por adelgazar a lo largo de la vida, lo que convierte este proceso en algo cíclico.

La OCU recuerda que la pérdida de peso segura y duradera solo se consigue con un cambio permanente de hábitos.

Para ello, recuerda la importancia de acudir a un endocrino, utilizar sólo medicamentos prescritos por un médico e incrementar la actividad física.

Flacos favores, el fraude de las dietas milagrosas

agosto 7, 2013

QUE / P. Manzanarez

Para seguir luciendo palmito, ponernos en forma antes de salir de vacaciones o recuperar la figura tras la vuelta muchos elegirán dietas rápidas para quitarse esos kilitos de más. Pero según los expertos esto no es posible porque la grasa no se va de la noche a la mañana y la bajada de peso inmediata se debe más a la pérdida de agua y de masa muscular.

De entre estas dietas que prometen unos resultados increíbles en un tiempo récord destacan, por estar de moda y ser las más rápidas, las llamadas hiperproteicas (como la dieta Dukan).

¿Cómo es posible perder peso tan rápido?

Al ser dietas basadas esencialmente en una ingesta muy elevada de proteínas y una mínima, y a veces nula, ingesta de hidratos de carbono, perdemos peso por los mecanismos que nuestro organismo se ve obligado a poner en marcha para producir combustible energético para los órganos y las células: «Cuando una persona está varios días sin tomar hidratos de carbono, el organismo comienza a tirar, en primer lugar, de los depósitos de glucógeno, que es la forma en la cual se almacenan en nuestro cuerpo los hidratos de carbono», explica la experta Ana María Montero, profesora de Nutrición de la Universidad San Pablo CEU.

El glucógeno tiene una peculiaridad, que es la de almacenarse junto a agua, con lo que al haber una caída de estos depósitos se produce una pérdida de agua que, desde el primer momento, se traduce en una pérdida de peso. Aunque hay células, como las nerviosas, cuyo combustible es la glucosa, otros órganos pueden tirar de otras fuentes, es entonces cuando el organismo comienza a movilizar grasas: «Eso, a priori, es lo interesante de una dieta. El problema es que en este caso la movilización de grasas es un poco incontrolada», afirma la experta.

Lo que sucede entonces es que estos ácidos grasos se transforman en el hígado en cuerpos cetónicos, como resultado de que nuestro cuerpo utiliza las grasas en lugar de los azúcares para generar esa energía de la que resulta el combustible necesario: «Se produce lo que se llama una acidosis metabólica que, a la vez, da lugar a una pérdida de apetito, algo que también es interesante en ese tipo de régimen de adelgazamiento» señala Montero, pero «como el organismo sigue necesitando glucosa comienza a movilizar masa muscular para producirla a partir de los aminoácidos».

De este modo, nos encontramos con dietas de adelgazamiento en las que hay una bajada de peso muy grande porque ha habido una pérdida de agua y de masa muscular. Así estas dietas, a largo plazo, pueden suponer un riesgo «porque como te dejan tomar alimentos hiperproteicos normalmente hay una ingesta elevada de aquellos que son de origen animal que, además de proteínas tienen grasas saturadas que puede producir problemas de aterogénesis (cardiovasculares)», señala Montero.

No es el único problema cuando alargamos en el tiempo estas dietas, ya que al metabolizar tanta proteína, que de por sí es alta en nuestra dieta habitual, se puede dar una sobrecarga hepática y renal, amén de problemas de deshidratación y, en el caso de mujeres que están en la menopausia, la acidosis metabólica de la que hemos hablado puede producir problemas óseos o agravar la osteoporosis.

«Como por lo general estas dietas se hacen en cortos periodos de tiempo y las personas que las llevan a cabo están sanas no suelen producir problemas, pero a largo plazo estos como hemos visto pueden ser graves», indica la experta en Nutrición a la par que indica que «hay gente que está a favor de estas dietas porque dicen que motivan al paciente, pero siempre y cuando vayan acompañadas de una buena educación nutricional y de una dieta de mantenimiento que incluya todos los grupos de alimentos».

El problema de las dietas ricas en hidratos de carbono y las disociadas

Dentro de este grupo de dietas excluyentes se encuentran también las ricas en hidratos de carbono pero sin grasas y sin proteínas (como la del Dr. Haas), cuyos resultados se deben a que son dietas hipocalóricas que puede ocasionar carencias en vitaminas hiposolubles y proteínas, y las ricas en grasas (como la Atkins) que se basan en eliminar casi por completo los hidratos de carbono, por lo que funcionan como las hiperproteicas.

Estas dietas cetógenas pueden producir aumentos del colesterol y los triglicéridos, entre otros daños, y producen sensación de náusea (debido a la cetosis) que conducen al que las practica a comer poco.

Tras estas, se registran otros dos grupos de dietas: las disociadas y las hipocalóricas. Las dietas llamada disociadas que hay en el mercado se basan «en la incompatibilidad que tienen los nutrientes al absorberse y que engordan según su combinación. El problema es que, a priori, esto no es cierto porque por combinar alimentos sin más no se engorda más o menos», explica Montero.

Estas dietas permiten ingestas sin límites, pero sin mezclar hidratos de carbono con grasas o proteínas, algo muy difícil de llevar a cabo, y conllevan un riesgo basado en que para mantener el suministro de glucosa se produce una pérdida de proteínas, tal y como indica la Sociedad Española para el Estudio de la Obesidad (SEEDO).

Además, y como señala la experta de la San Pablo CEU, en la mayoría de ellas se vuelve al caso de las anteriores ya que suelen limitar la ingesta de hidratos de carbono al prohibir alimentos como el pan, la pasta o el arroz. Solo podrían ser adecuadas si no eran restrictivas.

Las hipocalóricas

El tercer grupo de dietas lo componen las hipocalóricas, que son las usadas en el tratamiento contra la obesidad. Las dietas bajas en calorías pretenden conseguir un balance energético negativo, es decir, que entren menos calorías de las que salen. «Debe ser equilibrada en cuanto a los nutrientes, y se debe adecuar a los gustos, costumbres y horarios de los pacientes. Hay que procurar que no represente una ruptura con la dieta anterior o, por lo menos, que la transición sea progresiva. Es importante que sea variada, para que el paciente no caiga en la monotonía y abandone el tratamiento», informa la SEEDO.

El problema de estas dietas llega cuando son desequilibradas, se hacen sin una supervisión médica, se disminuye drásticamente la ingesta de energía o, incluso, se saltan comidas y se practican ayunos poco recomendables.

Es entonces cuando son altamente peligrosas y pueden causar, entre otros trastornos, deficiencias de nutrientes y llegado a un extremo desnutrición. Al final, tal y como señala el doctor Jesús Román, presidente de la Fundación Alimentación Saludable y de la Sociedad Española de Dietética y Ciencias de la Alimentación, «todas las dietas ?mágicas? que aparecen cada cierto tiempo son coincidentes: restringen grupos amplios de alimentos y lo que realmente hacen es, por esta causa, reducir el total de energía (calorías) ingerida. Por esa restricción, a medio y largo plazo, pueden ser contraproducentes para la salud al producirse malnutrición».

Efecto yoyó

Se estima que la obesidad, y no todos los que se ponen a dieta voluntariamente tienen ese problema, afecta a 150 millones de adultos y 15 millones de niños en Europa, en resumen al 20 y al 10 por ciento de la población respectivamente. El problema preocupa y mucho a los expertos, que no dudan en señalar que si bien hay que concienciar a la población de la importancia de tener un peso normal, esto no se debe conseguir de ninguna manera a cualquier precio. La recuperación del peso perdido tras una dieta de adelgazamiento es un fenómeno habitual que repercute muy negativamente sobre la salud y al que con frecuencia no se da importancia, y eso es lo que suele suceder con todas estas dietas llamadas yoyó.

Este efecto se produce porque el balance energético que regula el peso corporal reduce o aumenta el gasto energético dependiendo de la ingesta, pero con una clara tendencia al ahorro de energía, de forma que si se aumenta la ingesta se incrementa levemente el gasto, mientras que si se aminora la ingesta la reducción del gasto es mucho mayor.

Es decir, la respuesta tiende claramente a preservar la grasa corporal como reserva energética. Además de este efecto yoyó, estas dietas no equilibradas «pueden causar problemas sobre el metabolismo, la función renal, ocasionan deficiencias vitamínicas y caída del cabello, entre otros efectos nocivos», previene la doctora Susana Monereo, coordinadora del Grupo de Trabajo de Obesidad de la Sociedad Española de Endocrinología y Nutrición (SEEN), y añade: «Solo se debe perder el peso que uno vaya a ser capaz de mantener en función de los cambios que sea capaz de realizar en su estilo de vida».

Lo mejor para adelgazar es saber que una dieta solo es efectiva si la podemos incorporar a nuestra vida social y que siempre debe esta supervisada por un especialista.