“En disruptores endocrinos la única dosis segura es la que no existe”

Nicolás Olea, catedrático de Medicina de la Universidad de Granada, es uno de los científicos españoles más citados. Sus estudios sobre los efectos de la contaminación ambiental en la salud son referentes internacionales. Alertó de la presencia de bisfenol A en el revestimiento de las latas de conserva, los selladores dentales infantiles, los tickets de compra y calcetines de bebés. Ante las críticas de quienes le consideran alarmista, es tajante: “No son comunidad científica, son aficionados que opinan como podrían hacerlo de futbol o política”.

Agencia Sinc, por Mónica G. Salomone

Nicolás Olea (Granada, 1954) encajaría bien en uno de los papeles típicos de Hollywood: el científico que alerta de riesgos que el poder desprecia, hasta que pasa lo que pasa.

En este caso la advertencia es sobre el aumento de enfermedades como cáncer de mama, hiperactividad, diabetes, obesidad e infertilidad –entre otras–, por la exposición a compuestos como el bisfenol A (BPA) o los parabenos, presentes en comida, ropa, muebles, juguetes, cosméticos… A día de hoy la asociación entre exposición y efecto se considera probada; la relación causal no, pero las evidencias a su favor dan “como para llenar la estación Atocha”, dice Olea, sentado en el jardín de esa misma estación.

“En enfermedades en que intervienen muchos factores ambientales es muy difícil demostrar una causa única. ¿Qué esperas, que te dé ‘bisfenolitis’? No te va a dar, lo que tendrás son las enfermedades de siempre, más frecuentes, que es justo lo que vemos”, afirma.

Olea, exdirector del Instituto de Investigación Biosanitaria de Granada, coordinador de un grupo multidisciplinar de clínicos e investigadores, está entre los científicos españoles más citados –índice H de 59, para entendidos–.

Codirige un proyecto europeo para medir la exposición ambiental a contaminantes. En los noventa su grupo alertó de que el revestimiento de las latas de conserva suelta bisfenol A, y también los selladores dentales –que se usan en niños–. Más recientemente han detectado este compuesto en tickets de compra y calcetines, lo que afecta a dos grupos de riesgo: cajeras, “mujeres en edad de procrear que manipulan metros del papel de los tickets”, dice Olea; y bebés, que se chupan los pies.

Hay miembros de la comunidad científica que le consideran alarmista.

No, no, ahí no entro. La comunidad científica es la que me evalúa y la que me da proyectos, los demás son personas que opinan. La evaluación la hacen mis pares, científicos de mi misma categoría que hasta ahora han decidido concederme financiación, luego consideran necesario mi trabajo. Los otros no son comunidad científica, son aficionados que opinan como podrían hacerlo de futbol o política.

Tal vez sea su manera de exponer sus resultados al público.

Trato de contar mis resultados de la manera más clara posible. Dedico el tiempo necesario a explicar mi trabajo a quien pregunta. ¿Están preocupados? Motivo hay.

¿Qué motivos?

Un aumento del 2,4 % de cáncer de mama en Granada del 1984 a 2016 [aquí los datos], un aumento del hipotiroidismo, de la obesidad, de la diabetes, de la endometriosis, de la infertilidad… Todo eso sin explicación, sin más motivo que la vida moderna, es más que preocupante. Uno de cada tres hombres españoles que llega a los 72 años va a ser diagnosticado de cáncer y una de cada cuatro mujeres.

Se suele atribuir el aumento de la incidencia del cáncer al envejecimiento.

Al envejecimiento no puede ser porque el cáncer de mama está aumentando un 4,6 % anual en Granada en mujeres de menos de 49 años. A ver, aquí hay una cosa. Yo soy médico y hablo de enfermedad. ¿Qué hacen los ingenieros y los biólogos hablando de enfermedad? Ellos se ocupan de mecanismos, de ratones, de células, o de antenas y de teléfonos, pero no de enfermedad.

No puede ser que un ingeniero de una casa comercial de telefonía hable de riesgos. Si llevo 42 años ejerciendo de médico pregúntame a mí de enfermedad, no a quien se dedica al conocimiento mecanístico. Pregúntale de enfermedad al que tiene una consulta de pediatría y ve el aumento de pubertad precoz. Y a los oncólogos, que no se explican por qué hay cada vez más cáncer de mama en jóvenes.

¿Hay evidencias de que el aumento de esas enfermedades está asociado con tóxicos ambientales?

¿Evidencias? Como para llenar la estación de Atocha. Está todo publicado. Yo le digo a Bruselas: no quiero más dinero para hacer lo mismo, tenemos evidencia de sobra para actuar preventivamente. No quiero más financiación.

¿Se refiere al proyecto europeo en que trabaja ahora?

Se llama HBM4EU. 75 millones de euros, 28 países, para describir por enésima vez los niveles de exposición. ¡Vamos a actuar! Yo te digo lo que vamos a encontrar: asociación estadística y gran demostración de la exposición. No hay más asociación para enfermedades complejas como el cáncer de mama. Yo no puedo resolver en dos años las grandes incógnitas del cáncer de mama. Lo que tenemos es evidencia ambiental de factores que son prevenibles.

¿No se debe el aumento del cáncer de mama al menor número de hijos?

Ya. Los libros dicen: “La transformación del tejido mamario durante el embarazo temprano protege…”. Se viene repitiendo hace 40 años y nadie sabe qué significa. Nosotros decimos: cada embarazo y lactancia limpian la porquería acumulada. Después de cinco embarazos estás limpia de tóxicos, y tu riesgo de cáncer de mama baja. Se los pasas a tu hijo, pero eso ya es otra cosa.

¿Y el papel de la dieta?

La Agencia Internacional de Investigación del Cáncer (IARC) puso en marcha un estudio sobre dieta y cáncer, EPIC, en que siguió durante 20 años a medio millón de europeos, 40.000 españoles. El resultado son recomendaciones que nadie quiere oír: deja de comer carne roja, come verduras y legumbres, consume más fruta… ¡Y todavía hay quien dice que no hay evidencias!

Es decir, hay evidencia suficiente como para prohibir cosas como… ¿qué?

Como el bisfenol A. Es un disruptor endocrino [actúa en el organismo como si fuera una hormona] y la evidencia de su toxicidad es absolutamente abrumadora.

¿Por qué no se prohíbe?

Pregúntele a ellos. Tendría que leer la bronca que el Parlamento Europeo le echó el pasado abril a la Comisión Europea por no tomar medidas más duras contra los disruptores endocrinos, por no llevar a la regulación el conocimiento generado y pagado por Europa a lo largo de las pasadas décadas. Le mando el documento.

¿Cómo se puede reducir la exposición ambiental?

Hay precedentes: se eliminó el DDT. Se puede hacer, pero hay que tener convicción. Con respecto al bisfenol-A, la UE suprimió los biberones de policarbonato, y en 2018 reguló el recubrimiento de latas de conserva para menores de tres años –¡veinte años después de que lo detectáramos nosotros!– y el próximo enero suprimirá los tickets de caja… Se puede hacer mucho. Desde luego, aplicar todas las ordenanzas que llegan de Europa, con rapidez. Y también se puede actuar de manera independiente. No hay por qué esperar a Europa.

¿Sobre los selladores dentales no se hace nada?

No se ha encontrado una alternativa. Los dentistas dicen que es muy poco, que no pasa nada. Pero es que en disruptores endocrinos no hay dosis segura, la dosis segura es la que no existe.

Usted empezó investigando en cáncer. ¿Cómo llegó a los disruptores endocrinos?

Me fui de posdoc a Boston a estudiar cáncer de mama y próstata. Llegué con mi niño y mi mujer embarazada, con 250 muestras de sangre de enfermos para hacer un test de actividad hormonal. Las muestras iban en tubos de plástico y daban alta actividad estrogénica, tanto que yo creía que las había contaminado; un desastre. Hasta que nos enteramos de que el plástico de esos tubos era muy estrogénico. Pensé en el impacto de la exposición de un material así en una embarazada. Fue en 1988, me cambió la vida. Le dije a mi jefe, Carlos Sonnenschein, que me quería dedicar a disruptores endocrinos, me parecía más importante tratar de evitar enfermedades que explicar cómo ocurren.

¿Hay ahora más conciencia entre los médicos respecto a los contaminantes ambientales?

Los pediatras deberían preguntar en sus consultas sobre factores ambientales para identificar factores de riesgo: trabajo de los padres, mucho tráfico en el barrio, alguna fábrica cerca… Pocos lo hacen.

Ustedes miden exposición humana. ¿Qué han encontrado?

Empezamos en los noventa midiendo exposición a latas de conserva, empastes dentales, productos manufacturados, pesticidas… Nos dijeron que era muy improbable que la exposición ocurriera porque el organismo es muy listo y elimina estos compuestos de manera inmediata. Y dijimos, bueno, vamos a medir población vulnerable. Nos hicimos con las 3.600 placentas del estudio de Infancia y Medio Ambiente (INMA), con la orina de los niños y la leche de las madres. Después analizamos tejido adiposo de personas operadas en el hospital, y calidad seminal.

Cuando publicamos resultados nos dijeron que era normal que hubiera 4,2 nanogramos por mililitro de bisfenol A en la orina de los niños españoles. Y nosotros dijimos: no podemos aceptar que orinar plástico sea normal. Repito: ¿es ese el precio de la vida moderna?

Obesógenos: ¿son el mayor enemigo de las dietas de adelgazamiento?

Perder peso puede ser una tarea complicada y frustrante para algunas personas, sobre todo si en su camino se cruzan estas sustancias químicas que impiden adelgazar sea cual sea la alimentación

El Confidencial, por Verónica Mollejo

Mujer en una báscula. (iStock)

A pesar de llevar sumo cuidado a la hora de escoger los alimentos y productos que forman parte de nuestra rutina diaria, es habitual toparnos de manera inesperada con ciertos compuestos que tienen un efecto negativo sobre el metabolismo y que interfieren en el funcionamiento de las hormonas del cuerpo, perturbando así todo el sistema. Una de estas sustancias químicas son los obesógenos, responsables de promover la obesidad tanto en humanos como en animales y presentes en la contaminación del aire, algunos pesticidas, el humo de los cigarros o la alimentación, entre otros.

Un enemigo a batir

En 2010, un grupo de científicos publicó un estudio en el que se relacionaba el aumento de peso de ciertas poblaciones de animales con la influencia de los humanos con los que convivían. Entre las razones de este incremento se barajaron el sedentarismo, una mala alimentación o un ambiente perjudicial para dichas criaturas. Sin embargo, tras meses de investigación, descubrieron que todos ellos vivían en un ambiente controlado, con una dieta constante y unos hábitos de vida inalterables. Fue entonces cuando aparecieron en escena los obesógenos.

Foto: iStock.
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“La teoría de los obesógenos considera que hay ciertas sustancias en los envases alimenticios que son los responsables de la estimulación y proliferación en el organismo de las células grasas llamadas adipocitos y que como en la sociedad actual muchos alimentos están envasados, todos estamos expuestos a ellos”, explican desde el Instituto Médico Europeo de Obesidad. Bajo esta premisa, son muchos los expertos en la materia que han comprobado el vínculo entre el aumento de agentes químicos ambientales y el aumento de la obesidad. Una epidemia social que solo en España se traduce en un 53% de la población por encima de su peso, un 36% con sobrepeso y un 17% con obesidad diagnosticada.

Sin embargo, es importante aclarar que los obesógenos no provocan directamente ese aumento de peso. Su función es potenciar la sensibilidad de nuestro cuerpo ante esa tendencia, especialmente durante los primeros años de vida. Tal y como explica Sanitas, compañía aseguradora y proveedora de servicios de salud, su modus operandi se basa en tres procedimientos igual de problemáticos para el ser humano:

  • Elevar la capacidad de almacenamiento de grasa de nuestro cuerpo y multiplicar a la vez el número de células de grasa.
  • Modificar la manera en la que el organismo regula las sensaciones de hambre y saciedad, o incrementar los efectos de las dietas altas en azúcar y otras sustancias perjudiciales.
  • Transformar la cantidad de calorías consumidas, lo que altera el equilibrio energético a favor del almacenamiento de grasa.
Foto: iStock.
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“A pesar de las pruebas científicas que avalan esta influencia en tejidos y animales, todavía existen muy pocos datos de estudios en humanos que permitan establecer definitivamente su papel como obesógenos“, concluye una investigación realizada por expertos de la Universidad de Vigo. Aun así, es importante tener en cuenta su radio de actuación para evitar posibles riesgos. A día de hoy, ¿dónde habitan los temidos obesógenos?

¿Dónde están y cómo podemos evitarlos?

Foto: iStock.
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Como ya hemos visto anteriormente, los obesógenos no solo forman parte de la alimentación. Una de estas sustancias, el bisfenol A, se utiliza mucho en productos industriales y de consumo como, por ejemplo, los envases de plástico. Un objeto de uso diario que también incluye ftalatos en su composición, además de en juguetes, detergentes y productos de cosmética, higiene personal y limpieza del hogar. “Se considera que la exposición a niveles inadecuados y en momentos del desarrollo, sobre todo en la etapa fetal y la infancia, influyen en la obesidad y la diabetes”, alerta Sanitas en relación a ambos compuestos sintéticos.

Los parabenos, muy presentes en los productos de cuidado personal, también forman parte de este grupo. Se trata de una sustancia química con propiedades similares a los estrógenos, una hormona asociada al aumento de peso. Los obesógenos cierran el círculo con otras dos sustancias igual de perjudiciales: el tributilestaño, un agente contaminante que se emplea en los sistemas de conducción de agua o como fungicida de los alimentos; y los pesticidas organoclorados, que, a pesar de haber sido prohibidos, todavía se detectan en la población y encuentran su peor versión en los alimentos ricos en grasas animales.

En España, un 53% de la población está por encima de su peso y un 17% tiene obesidad diagnosticada

En base a estos hallazgos, los expertos “sugieren recomendaciones específicas para reducir la exposición a los obesógenos, como elegir alimentos frescos sobre productos procesados con listas largas de ingredientes en la etiqueta -cuanto más larga es la lista, es más probable que el producto contenga obesógenos- y comprar frutas y verduras producidas sin pesticidas, como productos certificados orgánicos o locales libres de pesticidas”, aconsejan desde la Clínica Cisem.

Asimismo, resulta fundamental reducir al máximo la ingesta de carnes, las bebidas que vengan en envases de plástico, el agua embotellada, no utilizar plásticos en el microondas o recurrir exclusivamente a sartenes de cerámica. De esta forma, la posibilidad de reducir los riesgos y la acción de los obesógenos sobre nuestro organismo será mucho mayor.

La “dieta” de la fertilidad

Disminuir los niveles de estrés y realizar cambios oportunos en la alimentación aumenta las probabilidades de concebir hijos en hombres y mujeres, señalan los expertos del Instituto Médico Europeo de la Obesidad 

Hay evidencias científicas para asociar la calidad del semen con exposición continuada a quimicosSe estima que más del 15% de la población en España es infértil y que en los últimos años han aumentado las causas de esterilidad masculina[1]. Entre los factores ambientales y sociales que afectan la capacidad reproductiva de ambos sexos se encuentran el estrés, el sobrepeso, la escasa actividad física, el consumo de alimentos con presencia de químicos, el tabaquismo y el alcohol, la contaminación ambiental y la tardía edad para ser padres[2]. Por esta razón los especialistas del Instituto Médico Europeo de la Obesidad (IMEO) –entre ellos psicólogos, naturópatas y nutricionistas clínicos expertos en fitoterapia y gastronomía– han elaborado un compendio de pautas actualizadas con las últimas evidencias científicas y ejemplo de menú enfocadas en aumentar la fertilidad de aquellas parejas que tengan dificultades de concepción.

Muchos casos de infertilidad se relacionan con alteraciones genéticas u hormonales, además de algunos trastornos ovulatorios que se dan en la mujer. Sin embargo, numerosos estudios han demostrado que aspectos relacionados con el estilo de vida y la alimentación en la pareja también juegan un papel decisivo. De hecho, “en el momento que empecemos a plantearnos un embarazo hay que reducir los niveles de estrés y realizar algunos cambios en la dieta, teniendo en cuenta que sus efectos positivos en la fertilidad empezarán a dar sus frutos a partir del tercer mes”, señala Rubén Bravo, Naturópata experto en nutrición y portavoz del IMEO.

Alimentos que a largo plazo perjudican la fertilidad

Evitar alimentos expuestas a  pesticidas y herbicidasHoy en día existen suficientes evidencias científicas para asociar la calidad del semen y los óvulos con la exposición continuada a químicos en periodos de medio y largo plazo. En la gran mayoría de los alimentos de consumo cotidiano encontramos pequeñas dosis de productos químicos en forma de edulcorantes, conservantes, abonos químicos en la tierra, pesticidas en los cultivos, hormonas en algunas carnes, herbicidas en los vegetales, antibióticos en la ganadería, metales pesados en cultivo y en los mares… que por separado no tienen ningún efectos nocivos sobre la salud, pero que unidos y durante un consumo prolongado, podrían estar perjudicando diferentes aspectos de nuestro organismo como la fertilidad y la capacidad de engendrar hijos.

En este sentido, la nutricionista Andrea Marqués del IMEO recomienda “tener especial cuidado con las frutas y verduras expuestas a herbicidas y pesticidas[3]; carnes de animales que han sido tratados con hormonas como pollos de crecimiento intensivo o ganado vacuno; conservas de lata o alimentos envasados en plástico que pueden contener más trazas de Bisfenol A que actúa como disruptor endocrino e interfiere en el ciclo hormonal natural”. Deberíamos evitar también las acrilamidas que se filtran en nuestra dieta a través de la fritura de los hidratos de carbono. Esta sustancia neurotóxica en grandes dosis puede afectar al sistema endocrino, generar irritabilidad y trastornos neuroendocrinos que a su vez pueden influir en la capacidad reproductiva.

Estimulantes como cafeína y teína son desaconsejadas por sus posibles efectos adversos sobre el aparato reproductor femenino. Estas sustancias actúan como vasoconstrictores que ralentizan la llegada de la sangre al útero y pueden dificultar la implantación del óvulo.

En mujeres con síndrome del ovario poliquístico es esencial evitar los picos de insulina en sangre que puedan alterar el equilibrio hormonal y la ovulación, por tanto se recomienda controlar el consumo de harinas refinadas.

Por otro lado estar muy por encima o muy por debajo del peso considerado normal también puede resultar un factor de infertilidad a tener en cuenta, al igual que el consumo frecuente de bebidas alcohólicas y el tabaquismo nos afectan directamente nuestro factor de fertilidad, de modo que es altamente recomendada su abstención durante el período de concepción en hombres y mujeres, durante el embarazo y posteriormente en la lactancia.

Cómo influye el estrés en nuestra fertilidad y cómo combatirlo

Reducir los niveles de estrés aumenta la probabilidad de concebir“El estrés que experimentamos, además de disminuir la libido (falta de deseo sexual), induce una reacción en el cerebro que afecta a la dinámica del sistema reproductor”, explica María González Fernández, psicóloga del IMEO. Lo hace con la finalidad de evitar cualquier gasto de energía que pueda ser necesario para responder a la situación potencialmente peligrosa o de sobredemanda.

La tensión severa y continuada puede disminuir en el varón los niveles de testosterona, dificultar la erección y ocasionar eyaculación precoz, y repercute negativamente en la dinámica reproductora femenina. Se estima que una mujer que experimenta altos niveles de estrés y ansiedad puede ovular hasta un 20% de lo habitual, disminuyendo así la posibilidad de que sus óvulos sean fecundados.

La forma más habitual para eliminar el estrés es a través de la práctica de ejercicio físico (yoga, Pilates, estiramientos, baile o entrenamiento cardiovascular moderado). De esta manera se reduce la actividad nerviosa simpática, circula menos adrenalina en la sangre y a largo plazo desciende la presión arterial y la frecuencia cardíaca.

En los casos más graves de estrés, se puede recurrir a un abordaje psicológico del estrés. Existen varias terapias individuales[4] y en pareja que pueden ser de utilidad a aquellas personas sometidas a altos niveles de estrés y con dificultades para concebir hijos, donde además de un abordaje psicológico para manejar el estrés, se evalúan posibles conflictos o causantes de la tensión y se cuidan los distintos ámbitos de la pareja (sexual, ocio, reparto de roles, etc.). “Generalmente, en estas situaciones se tiende a focalizar toda la atención y energía emocional en el hecho de concebir, sobreponiendo este objetivo a cualquier otro. Así pues, al no tener un control sobre ello se pone en riesgo la estabilidad de la pareja y el grado de satisfacción”, señala González. Cuando logramos reducir los niveles de estrés, se restablece el equilibrio en la segregación de hormonas que intervienen en la reproducción y el funcionamiento de nuestro sistema nervioso autónomo, facilitando así la capacidad de concepción.

Dieta de fertilidad IMEOPautas nutricionales para mejorar la fertilidad

Llevar una dieta saludable es imprescindible a la hora de concebir. En este sentido, la experta en nutrición y gastronomía del IMEO, Andrea Marqués recomienda:

  • Aumentar el consumo de frutas y verduras ricas en antioxidantes que degradan radicales libres que puedan dañar nuestros óvulos o espermatozoides. Algunas como la zanahoria, el arándano, el tomate o las coles (brócoli o coliflor) son especialmente ricas en estas sustancias.
  • Aumentar el consumo de ácidos grasos omega 3 a través de las nueces o el pescado azul. Estos ácidos grasos en el hombre ayudan a la maduración de los espermatozoides y en la mujer estimulan la ovulación.
  • Incluir proteínas animales en el menú por su aporte de hierro, ya que su deficiencia es un síntoma de infertilidad. Entre las opciones son pollo ecológico para evitar alteración en los niveles hormonales; carne roja una vez a la semana; y mariscos de concha como almejas, mejillones y berberechos.
  • Asegurar un correcto aporte de calcio a través del consumo diario de lácteos. Leche semidesnatada, yogures y queso tiernos y frescos ayudan a estimular el sistema reproductor.
  • Mantener unos niveles adecuados de ácido fólico antes y durante el embarazo. En los hombres el déficit de ácido fólico afecta al número y a la movilidad de los espermatozoides. En la mujer es imprescindible para el desarrollo del bebé. Además como suplemento, existe en verduras de hoja verde, cereales integrales y legumbres. El consumo de huevos, ricos en colina, ayuda para su correcta absorción.
  • Incluir en nuestra dieta alimentos con poder afrodisiaco, como plátano, frutos del bosque, chocolate negro, vainilla, canela u hojas de damiana en la infusión, podría aumentar el deseo sexual y también la libido.
  • Potenciar la fertilidad masculina con aportes adecuados de zinc, vitamina C y selenio. El zinc, que juega un papel esencial en la movilidad del espermatozoide para su llegada al óvulo, abunda en pescado, marisco, huevos y lácteos. La vitamina C, presente en cítricos, frutas y verduras como el tomate o el kiwi, contribuye a eliminar restos de metales pesados que alteran la calidad del semen. El selenio, presente en cereales integrales y frutos secos, contribuye a la producción de testosterona y mejora la cantidad y la calidad del esperma. 

Herbología y complementos alimenticios para él y ella

  • En los hombres el extracto de la raíz de la Maca Andina aumenta los niveles de testosterona, la cantidad de esperma útil y la movilidad de los espermatozoides.
  • La L-Carnitina es un aminoácido que incide directamente en los procesos de formación, regeneración y maduración del esperma.
  • “En la mujer, además de ácido fólico, en las etapas de concepción y embarazo recomendamos tomar diariamente inositol, a través de la ingesta diaria de semillas de lino, que mejora sustancialmente la maduración de los ovocitos”, añade Rubén Bravo, Naturópata y experto universitario en nutrición.
  • En ambos sexos, con el fin de controlar los niveles de estrés, se aconseja tomar extracto de semillas de Griffonia. Esta planta africana tiene un alto contenido natural en aminoácido que incide directamente en reducir tanto los estados de ansiedad, como los de depresión, mejorado la calidad del sueño y por lo tanto la reparación celular nocturna.

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[1]Antes un 70% de las causas de infertilidad eran femeninas, un 20% masculinas y un 10% mixtas, hoy se considera que un 40% de las causas son masculinas, un 50% femeninas y un 10% mixtas, según la Unidad de Reproducción Asistida del grupo sanitario Vithas que cuenta con 12 hospitales y 13 centros especializados en España.

[2] La edad media para ser madre en España es de 32,2 años, pero el 33% de los nacimientos son de mujeres de más de 35 años, INE 2014.

[3] Según la organización EWG las frutas y verduras más contaminadas con pesticidas son manzanas, melocotones, nectarinas, fresas, uvas, apio, espinacas, pimientos rojos dulces, pepino, tomates cherry, guisantes importadas y patatas.

[4] Entre las más efectivas terapias para controlar y reducir el estrés son la Relajación muscular de Jacobson, la Relajación Diafragmática, la Meditación y el Biofeedback.

Cómo evitar el bisfenol A, la peligrosa sustancia cancerígena

ESPAÑA AÚN NO LA HA PROHIBIDO

El Confidencial

sustancias cancerígenasEl bisfenol A, también conocido como BPA, es un producto químico utilizado para fabricar todo tipo de plásticos policarbonatos, latas de alimentos o bebidas, recibos de compras o extractos bancarios, CDs e, incluso, biberones. Su presencia en los productos que utilizamos a diario es tan común que un estudio del Centro para el Control y Prevención de Enfermedades (CDC, por sus siglas en inglés) refrendó que más del 90% de los estadounidenses tienen trazas en su organismo de esta sustancia, aunque generalmente por debajo de la “dosis diaria tolerable”. Un umbral de seguridad que para la Agencia Nacional de Seguridad Sanitaria de Francia (Anses) está subestimado, pues ha asegurado en repetidas ocasiones que puede ser altamente dañino para las generaciones venideras, especialmente en lo que respecta al cáncer de pecho.

La Autoridad Europea para la Seguridad Alimentaria (AESA) publicó el pasado mes de julio un informe donde alerta que los niños de entre 3 y 10 años son los más expuestos al Bisfenol A debido a que su consumo de alimentos en relación a su peso corporal es superior al que se da en otras edades. En concreto, señala que en un 23% de los casos, las mujeres embarazadas están expuestas a niveles del compuesto potencialmente peligrosos, por lo que sus hijos tendrán más posibilidades de sufrir cáncer de pecho cuando crezcan. Unos datos que van en sintonía con el panorama legislativo, pues el Senado francés declaró ilegal este compuesto en octubre del pasado año.

Las autoridades sanitarias españolas aún no han movido ficha sobre esta controvertida sustancia que  se encuentra en el punto de mira de los investigadores médicos. Sin embargo, desde la Unión Europea se están promoviendo diversos estudios para analizar su riesgo potencial en la salud humana y legislar según sus resultados. La comunidad científica internacional no ha conseguido consensuar un punto de vista respecto a los perjuicios de la exposición al Bisfenol A, aunque sí coinciden en subrayar que los bebés y niños pequeños son el grupo poblacional con más riesgos.

La publicación de informes contradictorios ha contribuido a aumentar todavía más la desconfianza de las organizaciones de consumidores, que cada vez se preocupan más por la exposición crónica a esta sustancia. Los informes más críticos, varios de ellos publicados en la prestigiosa revista científica de la American Medical Association, concluyen que, incluso a niveles muy bajos de concentración, el BPA puede estar asociado a la diabetes, la obesidad, la infertilidad, el cáncer de mama o de próstata, los problemas cardiovasculares, las alteraciones en el desarrollo neurológico y cerebral y a los trastornos del comportamiento.

La Agencia de Alimentos y Medicamentos de EEUU (FDA, por sus siglas en inglés) ha elaborado una serie de recomendaciones para limitar la exposición de los consumidores a esta sustancia que se pueden resumir en cinco puntos.

Código de reciclaje de las botellas

El código de reciclaje que indica el tipo de plástico usado para su fabricación en la parte inferior del recipiente (código de identificación de resinas) nos puede ayudar a identificar su presencia. Los que pueden contener más trazas de Bisfenol A son aquellos con los números 7, 3 y 10. Los plásticos que no contienen BPA, ftalato, ni poliestireno expandible son los que llevan los códigos de reciclaje con los números 1 (Pete), 2 (HDPE), 4 (LDPE), y 5 (PP), según la Unidad Especial de Salud Ambiental Infantil (PEHSU, por sus siglas en inglés).

Alternativas a las latas

Las conservas envasadas se pueden encontrar tanto en envases de lata como de cristal. La FDA recomienda abusar lo menos posible de las primeras ya que el BPA utilizado en el revestimiento de las latas puede filtrarse en el contenido de los alimentos, especialmente en el caso de los líquidos, como las sopas y las salsas.

Embotellado en vidrio

Hay muchas alternativas a los envases plásticos, incluyendo el vidrio, la cerámica, la madera o el acero inoxidable. Todos ellos son más duraderos, reducen la generación de desechos y, por supuesto, la exposición al BPA. Es especialmente recomendable sustituir el aceite embotellado en plástico por el de vidrio, ya que tiene una mayor tendencia a filtrarse en este producto.

Evitar las botellas que se rayen

La FDA recomienda evitar el consumo de alimentos calentados en envases de plástico en el microondas, así como hervir biberones de plástico hecho con BPA. Cuanto más altas sean las temperaturas más fácilmente se liberará y filtrará en los alimentos este producto químico.

No reutilizar demasiadas veces

La reutilización de botellas de plástico para beber, como es el caso de las utilizadas por los deportistas, no debe ser demasiado prolongada porque con el tiempo liberan más fácilmente el BPA.