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Pasar más de 2 horas al día en las redes sociales aumenta el riesgo de trastornos psicológicos y de alimentación

julio 19, 2018

Pasar más de dos horas al día en las redes sociales aumenta el riesgo de adicciones comportamentales, trastornos psicológicos y de alimentación, especialmente en adolescentes, mujeres jóvenes y personas solteras, según han avisado expertos del Instituto Médico Europeo de la Obesidad (IMEO).

Onda Cero / Europa Press

“Vivimos en un mundo conectado, donde podemos realizar prácticamente todo con nuestro teléfono móvil en la mano, desde comunicaciones en tiempo real con sonido e imagen hasta trámites administrativos y compras ‘on line’, sin contar los múltiples dispositivos digitales que invaden nuestro hogar, como portátiles, tabletas, consolas de videojuegos, ordenadores para juegos, pantallas y proyectores de cine ‘on line’. Todo ello hace aún más difícil la tarea de desconectar”, ha explicado el portavoz del IMEO, Rubén Bravo.

De hecho, ha recordado que ‘Facebook’, la red social que abarca una tercera parte de la población mundial, ya está desarrollando una nueva función para ayudar a los usuarios a conocer el tiempo que navegan cada día con el fin de poder gestionarlo de forma más eficiente y, si es necesario, marcarse un límite de uso. Y es que, tal y como ha insistido, el uso abusivo de las redes sociales podría actuar como “una adicción sin sustancia”, ya que provoca una descarga de dopamina en el cerebro que a la larga puede crear dependencia emocional.

Además, estar sumergido en un entorno virtual durante más tiempo del necesario favorece un estilo de vida sedentario, cuadros de sobrepeso, desnutrición, desajustes en los horarios de sueño y comidas, picoteo de alimentos altamente procesados ricos en grasas y azúcares.

En este sentido, los expertos han destacado la importancia de tomar conciencia del tiempo que se invierte en las redes sociales y nuevas tecnologías y cómo estas afectan al estado de ánimo. Por ello, la psicóloga del IMEO María González ha aconsejado dar de baja aquellos correos de ‘newsletters’ que no se leen; desactivar los avisos del móvil para la bandeja de entrada del correo electrónico; silenciar los grupos de chat y eliminar aquellos que ya no se utilicen; eliminar aquellas redes sociales que generan negatividad; y desconectarse de ellas durante las vacaciones o fines de semana.

Riesgo de patologías de orden alimenticio

“El uso precoz de las redes sociales en niños y adolescentes es lo que más preocupa, ya que un uso abusivo puede resultar perjudicial no solo para las relaciones personales y afectivas, sino también respecto al comportamiento con la comida”, ha añadido la nutricionista del IMEO Andrea Marqués.

Consultar sistemáticamente páginas relacionadas con la pérdida de peso, la quema de grasa, alimentación deportiva, ejercicios para aumento o reducción de volumen, dietas desaconsejadas, sitios de venta de esteroides o sustancias dopantes, alimentará cualquier conducta obsesiva o compulsiva en pacientes que muestran predisposición a trastornos del comportamiento alimentario, como anorexia, ortorexia o vigorexia.

“Por ello, el límite está en el uso responsable y razonable de las redes sociales, para que no pasen de ser un instrumento útil a convertirse en nuestro peor aliado a la hora de acrecentar cualquier problema u obsesión. Además, siempre es recomendable consultar cualquier duda o inquietud que encontremos en la red con los profesionales que nos tratan habitualmente antes de tomar decisiones equivocadas”, ha detallado la experta.

Dicho esto, ha alertado de que muchas personas compaginan la actividad en las redes sociales con el picoteo de comida rápida, básicamente porque no requiere preparación previa, es fácil de ingerir sin dejar de utilizar el móvil, la tableta o el ordenador. No se controla la cantidad, debido a que se está mirando fijamente la pantalla, se come muy deprisa y se consumen muchas calorías extra.

“Si se come muy rápido o de forma compulsiva, al cerebro no le va a dar tiempo a procesar la señal de saciedad que le manda el estómago y que tarda en llegar unos 20 minutos, de modo que la persona seguirá engullendo sin necesidad. En estos casos suelen consumirse también grandes cantidades de cafeína y azúcar, para intentar mantenerse despierto independientemente si es de día o de noche. Una ingesta excesiva de estas sustancias puede producir alteraciones como hiperinsulinemia, resistencia a la insulina, desarrollo del síndrome metabólico, obesidad o diabetes tipo 2″, ha apostillado la nutricionista Estefanía Ramo López.

Por otro lado, cuando se pasan muchas horas en la red, sin ingerir ningún alimento, nos podemos encontrar con casos de desnutrición. Se trataría de personas que están totalmente distraídas y que utilizan sus dispositivos como forma de calmar su ansiedad. Este caso llevado a un extremo es, según han asegurado los expertos, “igual de peligroso” que el caso de la sobre ingesta porque puede acarrear déficit nutricional o conducir a anorexia.

Niños y adolescentes, la generación que peor come

noviembre 22, 2013

Elizabeth GonzálezPunto de vista: Elizabeth González

Directora de Nutrición del Instituto Médico Europeo de la Obesidad, Licenciada en Ciencia y Tecnología de los Alimentos y Experta Universitaria en Nutrición

“Es necesario establecer cambios en los patrones de alimentación en función de la biodisponibilidad de los nutrientes”, insiste la experta.

En España de cada 10 niños y adolescentes, de 2 a 17 años de edad, dos tienen sobrepeso y uno obesidad (Encuesta Nacional de Salud del INE, marzo 2013)

Algunos alimentos ricos en grasas y azúcares estimulan el cerebro de la misma manera que las drogas, creando adicción en el tiempo. ¿Cómo se puede explicar esto científicamente? ¿Dónde acaba el hambre hedonista para dar paso a una dependencia del consumo de ciertos alimentos? 

Parece que finalmente sí existe una explicación científica a la famosa adicción que sentimos por las grasas y azúcares. Su nombre, no muy comercial, es receptores endocanabinoides. Universidades americanas como la de Irving (California) o la de Connecticut han estudiado en profundidad estos neurotransmisores viendo que ejercen una gran influencia sobre el apetito y/o las conductas de ansiedad por los alimentos. Cuando ingerimos alimentos calóricos, especialmente ricos en grasas y azúcares, nuestro intestino segrega dichos receptores que son neurotransmisores (similares a algunos compuestos presentes en la marihuana) que activan las neuronas del centro del placer del cerebro (nucleus accumbens). Todo este proceso desencadena una conducta glotona y una probable adicción a este tipo de alimentos ricos en grasas y azúcares. Por tanto, lo que comienza como una conducta alimentaria normal para saciar nuestra hambre puede derivar en una dependencia del consumo de este tipo de alimentos por una estimulación y sobreexposición de estos receptores en los centros cerebrales del placer que nos invite a repetir la búsqueda de esa sensación placentera.

Algunos estudios incluyen entre los comestibles con poder adictivo (comida chatarra rica en grasas y/o azúcares) otros alimentos, básicos a nuestro entender, como son la leche, la carne o los carbohidratos, indispensables en nuestro menú de cada día. ¿También son adictivos?

En cuanto a los lácteos, la carne y los carbohidratos sería conveniente puntualizar algunos aspectos. Los carbohidratos, pueden ser complejos o en forma de azúcares sencillos. Los azúcares simples presentes en bollería, galletas o dulces en general sí los consideramos alimentos adictivos, ya que además del azúcar suelen ir acompañados de una elevada carga de grasa poliinsaturada. Sin embargo, la absorción de los carbohidratos complejos, aunque también contienen glucosa, es más lenta y no produce esa inmediata sensación de placer al llegar la glucosa a los núcleos cerebrales. En el caso de la carne y la leche, a pesar de que contienen grasa saturada, es el conjunto de azúcares refinados y grasas saturadas y/o poliinsaturadas el que resulta una bomba adictiva para nuestro cerebro. Fomentar esta conducta adictiva consumiendo esta clase de alimentos nos llevará a la búsqueda de este placer poniendo en riesgo nuestra salud y desarrollando comportamientos compulsivos hacia estos alimentos hipercalóricos y de escaso valor nutricional, llegando incluso hasta la obesidad.

¿Puede producir depresión la ingesta de hidratos de carbono y grasas de origen vegetal?

Los hidratos de carbono y el azúcar de la dieta proporcionan un aumento de ánimo artificial. La ansiedad y el estrés nos llevan a comer más, mientras que el aumento de peso por estos hábitos puede hacer que la depresión aumente. Para evitar caer en esta dinámica se necesita un mayor esfuerzo para no picar entre horas, no caer en atracones de comida y mantener un régimen más equilibrado. Si a esto añadimos un descenso de la energía tras eliminar los carbohidratos de la dieta, como suelen recomendar la mayoría de ‘dietas antidepresivas’, junto al aumento del consumo de chocolate (por su efecto sobre la serotonina) u otros supuestos potenciadores del estado de ánimo, entonces se cerrará este círculo vicioso que asocia la depresión con el sobrepeso.

Consumir ciertos alimentos asociados con la mejora del estado de ánimo puede llegar a ser muy peligroso, además de que inevitablemente producirá un aumento de peso. Aunque existen suficientes evidencias científicas de ciertas sustancias químicas presentes en el chocolate, las frutas con vitamina C o los frutos secos, estos nunca deben ser tomados como remedio contra la depresión, pues se corre el riesgo de que estos estados de ánimo se hagan crónicos. Estos alimentos pueden sofocar la ansiedad inmediatamente después de consumirlos, pero al cabo de unas horas remitirá su efecto.

Los hábitos de vida saludables y la alimentación son claves para mantener una buena salud mental y prevenir los cuadros depresivos, pero no se ha demostrado que sirvan para contrarrestar estos estados mentales una vez que ya se están sufriendo.

¿Qué cambios que rompen moldes debemos realizar en nuestra mentalidad sobre la alimentación, lo que es bueno para comer y lo que no, para estar al día de los nuevos avances de la ciencia de la nutrición? ¿Cuál es la generación que peor come hoy en día y por qué?

Estamos ante un hecho cuyas consecuencias sufrirán más de una generaciones. Se han abandonado consumos de alimentos tradicionales y se han sustituido por dietas hipergrasas, hiperproteicas, ricas en sal y azúcar y pobres en fibra. Dietas en las que predominan los alimentos transformados por la industria, de gran palatabilidad, fácil consumo y saciedad inmediata, pero en el mismo tiempo muy ricas en sustancias aditivas y calorías vacías. No olvidemos que el sistema social sanciona lo comestible de lo no comestible, y la sociedad utiliza los alimentos con fines extranutritivos: mantener relaciones sociales, expresar amor y afectividad, identificación con el grupo, paliar estrés y ansiedad, establecer un estatus social, recompensas o castigar, etc.

Las cantidades recomendadas de nutrientes en la dieta dependen de su biodisponibilidad, es decir, la proporción del nutriente en la dieta que es utilizado para el normal funcionamiento del organismo. Por este motivo, es necesario establecer cambios en los patrones de alimentación, cuándo debemos ingerir cada nutriente, según la función que desempeñe. Los hidratos de carbono son nuestra principal fuente de energía, por eso, se deben ingerir durante la primera mitad del día (desayuno-media mañana-comida) que es donde realmente nuestro organismo gasta esa energía. Las proteínas desempeñan un papel estructural y funcional, no son como tal una fuente de energía para el organismo. Por eso, se deberían ingerir sobre todo en los momentos del día en los que el cuerpo ya no gasta tanta energía y sí necesita “reparar” el organismo (merienda-cena). Los lípidos (grasas) son la principal reserva energética (almacén) que tiene el organismo, por lo que debemos ingerirlos en cantidades moderadas en forma principalmente de aceite de oliva, muy beneficioso para la salud a nivel cardiovascular.

La generación que peor come hoy en día son los niños y los adolescentes. Muchos menores en edad preescolar y escolar toman un exceso de alimentos transformados industrialmente (mucha bollería) y muy pocos alimentos sin procesar (frutas y verduras). Los adolescentes tienen cierta autonomía para elegir los alimentos, comen y cenan por su cuenta y optan, en la mayoría de los casos, por comida de fácil consumo y rápida para llevar. La sociedad de hoy utiliza los alimentos no sólo para satisfacer el hambre, sino también con fines extranutritivos: para mantener relaciones sociales, expresar amor y afectividad, paliar los estados de estrés y ansiedad, identificarse con un grupo o establecer un estatus social. Así la abundancia de alimentos se convierte en una arma de doble filo: en lugar de asegurar nuestra supervivencia biológica, es la misma que la pone en peligro. Poner una solución a todo esto, no es tarea fácil, porque no existe una sola fórmula universal. Eso sí, hay que ser consciente del peligro que conlleva el sobrepeso y la obesidad y servirnos en buen grado de la información de calidad que nos ofrece la ciencia de la nutrición. Enseñar a comer a nuestros hijos de forma saludable es un reto de la educación, pero de cara al futuro también es cuestión de herencia.