En 2045, uno de cada cuatro será obeso

Una de cada ocho tendrá diabetes tipo 2 si se mantiene la progresión actual, advierten los expertos

La Razón

Nuevas investigaciones de varias ciudades en el mundo presentadas en el Congreso Europeo de Obesidad de este año, que se celebra en Viena, Austria, demuestran que si las tendencias actuales continúan, casi una cuarta parte (22 por ciento) de las personas en el mundo será obesa en 2045 (un aumento del 14 por ciento en 2017) y una de cada ocho (12 por ciento) tendrá diabetes tipo 2 (un aumento del 9 por ciento en 2017), informa Europa Press.

El estudio, presentado por el doctor Alan Moses, de ‘Novo Nordisk Research and Development’, en SOborg, Dinamarca, y Niels Lund, de ‘Novo Nordisk Health Advocacy’, en Bagsværd, Dinamarca, y sus colegas del Steno Diabetes Center, Gentofte, Dinamarca, y el’ University College’ de Londres, Reino Unido, también indica que para evitar que la prevalencia de la diabetes tipo 2 supere el 10% por ciento en 2045, los niveles de obesidad global se deben reducir en un 25 por ciento.

Los datos de población de todos los países del mundo se obtuvieron a partir de la colaboración de factores de riesgo de enfermedad no transmisible (una base de datos de la Organización Mundial de la Salud). Para cada país, la población se dividió en grupos de edad. Desde 2000 a 2014 (elegido porque los datos son más fiables a partir de 2000), la población en cada grupo de edad se dividió en categorías de índice de masa corporal (IMC). Para cada país y grupo de edad, se proyectó la proporción de personas en cada clase de IMC. Luego, se aplicó el riesgo de diabetes para cada edad y grupo de IMC, lo que permite estimar la prevalencia de la diabetes en cada país cada año. La prevalencia para cada país se calibró para coincidir con las estimaciones regionales de la Federación Internacional de Diabetes, tomando en cuenta las diferencias en el modo de vida, la nutrición y la disposición genética para la diabetes.

En 2014, estas tres instituciones colaboraron para lanzar el programa ‘Cities Changing Diabetes’ para acelerar la lucha mundial contra la diabetes urbana. El programa comenzó con ocho ciudades: Copenhague, Roma, Houston, Johannesburgo, Vancouver, Ciudad de México, Tianjin, Shanghai. Desde entonces, se han sumado otras siete ciudades: Beijing, Buenos Aires, Hangzhou, Koriyama, Leicester, Mérida y Xiamen. El programa ha establecido asociaciones locales en estas 15 ciudades para abordar los factores sociales y los determinantes culturales que pueden aumentar la vulnerabilidad a la diabetes tipo 2 entre las personas que viven en sus ciudades. Parte de este trabajo incluyó proyecciones de obesidad y diabetes basadas tanto en las tendencias actuales como en un escenario meta global. La investigación ha llevado a una mayor comprensión de los diferentes desafíos a los que se enfrenta cada ciudad con respecto a los determinantes genéticos, ambientales y sociales de la diabetes en esa ciudad.

Las sorprendentes proyecciones a nivel mundial indican que, según las tendencias actuales, la prevalencia de obesidad en todo el mundo aumentará del 14 por ciento en 2017 al 22 por ciento en 2045. La prevalencia de diabetes subirá del 9,1 al 11,7 por ciento durante el mismo periodo, lo que ejercerá una presión masiva sobre los sistemas de salud, que ya gasta grandes sumas solo para tratar la diabetes.

Aunque la acción inmediata no dará como resultado la reversión rápida de la epidemia de diabetes y obesidad, es esencial trabajar ahora para prevenir nuevos casos de obesidad y diabetes. El modelo de los autores sugiere que, para estabilizar la prevalencia global de la diabetes al 10 por ciento, la prevalencia de obesidad debe descender constantemente y en total alrededor de una cuarta parte, del nivel actual del 14 por ciento a poco más del 10 por ciento para 2045.

Los autores señalan que los números anteriores son para el escenario ‘global’. Los países individuales muestran tendencias individuales y deben tener sus propios objetivos. Por ejemplo, si continúan las tendencias actuales en Estados Unidos, la obesidad aumentará del 39 por ciento en 2017 al 55 por ciento en 2045, y las tasas de diabetes del 14 al 18 por ciento. Para mantener las tasas de diabetes en Estados Unidos estables entre 2017 y 2045, la obesidad debe caer del 38 actual al 28 por ciento. Y en Reino Unido, las tendencias actuales predicen que la obesidad subirá del 32 actual al 48 por ciento en 2045, mientras que los niveles de diabetes crecerán del 10,2 al 12,6 por ciento, un aumento del 28 por ciento. Para estabilizar las tasas de diabetes en Reino Unido al 10 por ciento, la prevalencia de la obesidad debe disminuir del 32 al 24 por ciento. «Estas cifras subrayan el asombroso desafío al que se enfrentará el mundo en el futuro en términos de personas obesas, con diabetes tipo 2 o ambas. Además de los desafíos médicos a los que se enfrentarán estas personas, los costos para la salud de los sistemas de los países serán enormes», dice Moses. «Se prevé que la prevalencia mundial de obesidad y la diabetes aumentará drásticamente a menos que la prevención de la obesidad se intensifique significativamente. Desarrollar programas globales efectivos para reducir la obesidad ofrece la mejor oportunidad para desacelerar o estabilizar la prevalencia insostenible de la diabetes. El primer paso debe ser el reconocimiento del desafío que presenta la obesidad y la movilización del servicio social y los recursos para la prevención de enfermedades para frenar la progresión de estas dos afecciones», plantea.

Y agrega: «Cada país es diferente en función de las condiciones genéticas, sociales y ambientales únicas, razón por la cual no hay un enfoque de ‘talla única’ que funcione. Los países deben trabajar en la mejor estrategia para ellos». Y concluye:» A pesar del desafío al que se enfrentan todos los países con la obesidad y la diabetes, la tendencia puede cambiarse, pero será necesario medidas agresivas y coordinadas para reducir la obesidad y las ciudades individuales deberían jugar un papel clave en la confrontación de los problemas relacionados con la obesidad, algunos de los cuales son comunes a todas ellas y otros son únicos para cada una de ellas». EP

Vacaciones sin atracones

EFE, Extra.ec
Combinados con otros potenciadores del sabor, como el glutamato y los edulcorantes, o con las grasas, la sal y el azúcar activan nuestra serotonina a nivel cerebral, desencadenando una sensación de placer y bienestar, con un efecto adictivo difícil de controlar en personas con ansiedad, según señala la nutricionista del Instituto Médico Europeo de la Obesidad (IMEO), Andrea Marqués.

“La Oganización Mundial de la Salud (OMS) recomienda limitar el consumo de azúcar al 10 por ciento de la ingesta calórica diaria (unos 25-50 gramos), y no consumir más de 5 gramos de sal al día, o lo que es lo mismo una cucharadita de café, pero estas cantidades suelen superarse, debido a los malos hábitos alimentarios y el consumo de productos elaborados y procesados”, añade Marqués.

Respecto a la grasa, su consumo diario debe representar de 20 a 30 por ciento de la ingesta calórica total (entre 50 y 80 gramos en adultos), mientras que las grasas saturadas, perjudiciales para la salud y presentes en los lácteos enteros, en las grasas vegetales de baja calidad y en las carnes grasas, no deben superar el 10 por ciento de esa ingesta total, apuntan desde el IMEO.

Combatir el excesivo consumo de sal, azúcar y grasas nos ayudará a prevenir tanto la obesidad, como las enfermedades cardiovasculares, la diabetes tipo 2, la hipertensión o el cáncer, según los expertos de este instituto.

ATENCIÓN A LOS DESLICES VERANIEGOS.

“En verano, a modo de premio, la mayoría de las personas relajan su estilo de vida, permitiéndose alimentos y hábitos menos saludables, y además aumenta el consumo de alcohol y de “calorías vacías” (que no aportan nutrientes)”, explica a Efe Rubén Bravo, portavoz del IMEO y experto en nutrición.

“En las reuniones sociales en el intervalo tarde-noche se dispara, no sólo el consumo de bebidas espirituosas y combinados como el ‘gin-tonic’, sino también de vino o cervezas frías que, hay que reconocerlo, apetecen a pie de playa, en terrazas o restaurantes, pero no son lo más idóneo para apagar la sensación de sed provocada por el exceso de calor”, puntualiza.

Según Bravo, en verano también se dispara el consumo de refrescos fríos, con alto contenido en cafeína y azúcares, que habitualmente se acompañan de ‘tapas’ (pequeñas porciones de algún alimento) y raciones ricas en sal, que incrementan la sed y, por lo tanto, el número de consumiciones.

“El consumo de helados ricos en azúcares es un clásico en la temporada estival, cuando también se come más fuera de casa, por lo que no existe un control sobre los ingredientes que, en muchos casos, pueden ser de una calidad pobre y abundantes en grasas, sal y/o azúcar”, de acuerdo a Bravo.

“Los conciertos, festivales de música u otros eventos al aire libre ofertan la denominada “comida sobre ruedas” o “food truck”, en inglés, que normalmente se basa en comida rápida, fritos, ‘snacks’ (aperitivos entre horas) muy salados, repostería y dulces”, según este experto en nutrición.

Añade que el verano también es la estación de las barbacoas (parrillas para asar carne al aire libre), donde las carnes ricas en grasas son las elecciones más habituales.

Consultado por Efe sobre qué medidas prácticas podemos adoptar durante las vacaciones de verano para evitar consumir más sal, azúcar y grasas, Bravo aconseja intentar en todo momento realizar comidas en casa, donde tenemos un mayor control de lo que ingerimos, reduciendo las salidas a restaurantes.

Este experto además sugiere cambiar el consumo de refrescos industrializados por zumos naturales o por una pieza de fruta entera, señalando que la mejor opción de zumos, en cuanto a valor nutricional, son los de frutas con la pulpa y sin azúcares añadidos.

“Si se opta por exprimir las naranjas en casa, no hay problema, ya que la vitamina C se conserva hasta 12 horas”, informa.

Este experto también aconseja considerar opciones más saludables en las barbacoas como pescados a la brasa, parrilladas de verduras o cortes de carne magros (con menos grasa), como los solomillos, y limitar el consumo de bebidas espirituosas y combinarlas con refrescos “zero” o “light” (con edulcorantes sin calorías), si se diera el caso.

Bravo sugiere además “preparar helados caseros compuestos de fruta natural y yogures de sabores “0% calorías”, y recalca la necesidad de “no acostumbrarse a improvisar con la comida fuera de casa, ni elegir “a ciegas” el menú o picotear por simple aburrimiento”.

SABORIZANTES Y SUSTITUTOS NATURALES.

“Cuando cocinamos y comemos en casa, la manera más sencilla de endulzar nuestros platos de manera saludable es usando fruta frescamadura o deshidratada (manzana, plátano, higo y pera), o verduras dulces (calabaza, zanahoria y remolacha)”, indica por su parte Carmen Escalada, nutricionista clínica del IMEO.

“Todas ellas se pueden emplear en recetas variadas para hacer masa de bizcochos, salsas o siropes, solas o mezcladas con leche o bebida vegetal, en ensaladas o guisos. Además, los platos quedan más coloridos y atractivos para los niños”, apunta.

Según Escalada, otra opción para conseguir este efecto es recurrir a los frutos secos (almendras, avellanas, pistachos, nueces o castañas) y ciertas especias dulces (canela, vainilla, nuez moscada y jengibre) que, debido a sus propiedades organolépticas, se utilizan fundamentalmente en la repostería.

Por otro lado, hay hierbas aromáticas o especias picantes que pueden ayudarnos a reducir el consumo de sal en la dieta.

“En ensaladas o platos de carne y pescado se suele añadir albahaca, perejil, tomillo o romero, lo que aportaría un sabor fresco y refrescante al plato, pero también algunas propiedades medicinales, debido a su poder antiséptico, antiinflamatorio y antibacteriano”, aconseja Escalada.

Añade que las especies picantes como curri, pimienta roja, cayena, guindilla o chile “son ideales para aderezar carnes adobadas, arroces, pescados o encurtidos y cuentan con la ventaja de que, además de aportar sabor, pueden reducir la cantidad de alimento ingerida, debido a la presencia de compuestos que, como la capsaicina, ayudan a regular el apetito”.

Respecto a las grasas, Escalada aconseja evitar aquellas más nocivas para la salud como la de palma y aquellos productos que tienden a contenerla, como los ultraprocesados o la repostería industrial.

“El aceite de oliva virgen extra, por ser rico en grasas monoinsaturadas, ácido oleico y antioxidantes, ayuda a reducir el riesgo de enfermedades coronarias, así como los altos niveles de colesterol en la sangre, aunque se deben controlar las cantidades, porque es muy calórico”, según esta nutricionista.

“Una opción para reducir su consumo sería hacer fondos con mucha variedad de verduras que den sabor a nuestros guisos y otra, dejarlos enfriar tras el cocinado para que la grasa se solidifique en la superficie y se pueda retirar” concluye Escalada.

La obesidad puede acelerar la discapacidad en pacientes con artritis reumatoide

Los hallazgos del estudio son especialmente relevantes cuando se consideran las crecientes tasas de obesidad en los últimos años

En un estudio de adultos con artritis reumatoide, aquellos que eran severamente obesos experimentaron una discapacidad que progresaba más rápidamente que los pacientes con sobrepeso, lo cual no halló explicación en las características de su artritis, incluida la cantidad de inflamación en sus articulaciones. En el estudio ‘Arthritis Care & Research’, la pérdida de peso después de la inscripción también se asoció con un empeoramiento de la discapacidad, posiblemente como un signo de fragilidad.

Para examinar los efectos de la obesidad en pacientes con artritis reumatoide a lo largo del tiempo, Joshua Baker, de la Escuela de Medicina Perelman de la Universidad de Pensilvania, en Estados Unidos, y sus colegas examinaron información sobre 23.323 pacientes con artritis reumatoide del Banco Nacional de Datos de Enfermedades Reumáticas y 1.697 del registro RA de Veteranos. La obesidad severa se asoció con una progresión más rápida de la discapacidad y los pacientes que perdieron peso tendían a quedar discapacitados más rápidamente, especialmente aquellos que ya eran delgados.

“Creemos que esto se debe a que cuando las personas envejecen y adquieren enfermedades, tienden a perder peso. Por lo tanto, la pérdida de peso importante en este estudio no es intencional –apunta Baker–. Entonces, este estudio sugiere que los pacientes con artritis reumatoide y obesidad se beneficiarían de la pérdida de peso intencional a través de una estrategia de manejo integral, sin embargo, cuando vemos que alguien está perdiendo peso sin intentarlo, es probable que sea un signo de mal pronóstico, especialmente si ya está delgado”.

Los hallazgos son especialmente relevantes cuando se consideran las crecientes tasas de obesidad en los últimos años. “Mientras que los pacientes y los reumatólogos pueden centrarse principalmente en la actividad de la enfermedad, también debemos considerar esta patología común, que puede contribuir a los problemas que generalmente se atribuyen a la artritis en sí –dice Baker–. Además, la pérdida de peso involuntaria debería alertarnos de que el paciente puede estar debilitándose y está en riesgo de desarrollar una nueva discapacidad”.

A medida que estén disponibles nuevas terapias y enfoques para la pérdida de peso, estos resultados ayudarán a promover su uso en pacientes con artritis con el fin de ayudar a prevenir la discapacidad a largo plazo. Los hallazgos también pueden alentar a los proveedores de salud a reconocer la pérdida de peso involuntaria como un signo de mal pronóstico y remitir a los pacientes para entrenamientos de fuerza, terapia física y otras intervenciones para prevenir la discapacidad.

Los alimentos que más acrilamida contienen

Su carácter cancerígeno y su presencia en algunos alimentos, principalmente los ricos en hidratos de carbono, horneados y fritos, ha hecho que el Parlamento Europeo adopte nuevas medidas para que la industria alimentaria reduzca la acrilamida presente en sus productos

La Verdad 
La UE vuelve a tomarse en serio la salud de los ciudadanos con nuevas medidas comunitarias para controlar los niveles de acrilamida en los alimentos. La Agencia Española de Consumo, Seguridad Alimentaria y Nutrición (Aecosan) ha recopilado en una lista todos los alimentos que contienen en mayor medida esta sustancia química.

En adultos, las patatas fritas y sus derivados representan el 49% de la exposición a esta sustancia, el café supone un 34% y el pan blando un 23%, junto a a las galletas industriales y demás derivados de las patatas.

Para niños y adolescentes el caso es bastante parecido, con hasta un 51% de exposición mediante la dieta. Patatas fritas (excepto chips y aperitivos), galletas, pan blando, cereales de desayuno y derivados, pueden suponer hasta un 25% de esta exposición. La bollería industrial y dulces ascienden hasta el 15%, para niños y adolescentes, y las patatas chips y los aperitivos el 11%.

Hasta el 60% alcanzan los productos de alimentación infantil que no son elaborados a base de cereales. En cambio, los que han sido elaborados a base de cereales se limitan a un 30%, y otros productos derivados de las patatas un 48%.

Aecosan recuerda que no sólo estamos expuestos a la acrilamida a través de la alimentación y, pese a estos porcentajes, la absorción es limitada siguiendo una dieta variada. En cambio, esta sustancia se encuentra en mucha mayor proporción en el tabaco y en distintos materiales de fabricación y uso industrial, por lo que es posible absorberla de manera accidental al inhalarla o por contacto epidérmico.

Así puedes reducir el consumo de azúcar

CuidatePlus, por Mar de Sevilla Martínez
manzana-dulceEn 2014 la Organización Mundial de la Salud (OMS) emitió una nueva recomendación sobre el consumo de azúcares libres alertando de que estos aumentaban la ingesta calórica general y favorecía que disminuyese el consumo de otros alimentos que contienen calorías más adecuadas, desde el punto de vista nutricional. La principal consecuencia es que se está produciendo un cambio en los patrones alimentarios y tendemos a ir hacia una alimentación poco saludable, que viene acompañada de un aumento de peso y un mayor riesgo de contraer enfermedades no transmisibles, entre otros factores.

En esta recomendación, la OMS señalaba, tal y como especifica Francisca Esteve Claramunt, profesora de la Facultad de Enfermería de la Universidad Europea de Valencia, que el azúcar no debe aportar más del 10 por ciento de las calorías diarias (tanto en niños como en adultos). Es decir, para una dieta de 2.000 calorías, serían unos 50 gramos de azúcar, el equivalente a unas 12 cucharillas de café. Aunque la experta matiza que “lo ideal debería ser una cantidad por debajo del 5 por ciento del aporte calórico (seis cucharadas, 25 gramos). En el caso de los niños, el consejo es no sobrepasar los 37 gramos para una dieta de 1.750 calorías”.

¿Pero qué significa azúcares libres? “La OMS indica que los azúcares libres son los monosacáridos (como la glucosa y la fructosa) y los disacáridos (como la sacarosa o azúcar de mesa) que añaden a los alimentos y las bebidas los fabricantes, cocineros y consumidores, así como a los azúcares presentes de forma natural en la miel, los jarabes, los zumos de frutas y los zumos a base de concentrado.”, explica Elena Gascón Villacampa, presidenta del Colegio Oficial de Dietistas de Navarra (Codinna-Nadneo).

Gascón especifica que estos azúcares no tienen nada que ver con los azúcares propios que se encuentran en las frutas y en las verduras enteras frescas.

Efectos de un consumo excesivo de azúcar en nuestro organismo

Esteve recuerda que el azúcar cumple diversas funciones importantes en nuestro cuerpo, como la activación de la energía indispensable para el buen desarrollo de las actividades diarias. Sin embargo, es indispensable conocer los efectos negativos que el exceso de glucosa puede tener en el organismo.

En este punto, Mireia Elías, nutricionista del Instituto Médico Europeo de la Obesidad (IMEO), especifica que el problema más inminente sería un aumento de peso e incluso llegar a la obesidad cuando se sigue una dieta rica en azúcares durante un tiempo. “Y es que no es sólo el sobrepeso o la obesidad, sino todo lo que esta conlleva: hipertensión arterial y otras enfermedades cardiovascularesdiabetes tipo 2, cálculos biliares y problemas de hígado, colesterol alto, entre otras”, apostilla.

Además, Elías añade que al seguir una dieta rica en azúcares dejamos de tomar otros nutrientes necesarios y suele presentarse déficit de algunas vitaminas como la A, C, B9; y minerales como el calcio y el hierro.

A estos efectos, la profesora de la Facultad de Enfermería de la Universidad Europea de Valencia, añade:

  • Caries dental: las bacterias de la boca se nutren de azúcares simples (monosacáridos) generando ácido que daña el esmalte dental.
  • Hambre sin control: el consumo de azúcares diariamente implica que se genere resistencia a la leptina, hormona que controla la sensación de hambre, de manera que se pierde todo control sobre el mismo.
  • Insuficiencia renal crónica: la pérdida progresiva de las funciones renales es otra de las grandes consecuencias de ingerir azúcar en grandes cantidades. Cuando en la orina comienza a detectarse la presencia de albúmina denota que se comienzan a producir fallos en los riñones.
  • Adicción: “no se ha podido demostrar científicamente que el azúcar desarrolle adicción en las personas, pero sí que existen estudios que demuestran la gran adicción que provoca en animales. Aun así, se cree que consumir azúcar puede generar adicción en los seres humanos”, explica Esteve.
  • Gota: consumir fructosa puede ocasionar la aparición de gota.

¿Por dónde empiezo?

Para empezar, si queremos disminuir la cantidad de azúcar en nuestra dieta, es importante hacerlo poco a poco para que nuestro paladar se vaya acostumbrando. “Es decir, si por ejemplo ponemos dos terrones de azúcar en el café, es poco probable que toleremos el café sin azucarar; pero podemos probar a poner un solo terrón y, cuando nos hayamos acostumbrado, podríamos pasar a tomar el café sin azucarar”, aconseja la presidente de Codinna-Nadneo.

Gascón recomienda no cortar con el azúcar de forma radical e ir disminuyendo paulatinamente el azúcar para acostumbrar al gusto. “Lo más sencillo es disminuir la cantidad de azúcar que añadimos a algunos productos (café, infusiones, yogures, etc.) y limitar el consumo de bebidas azucaradas. Estas bebidas suponen un aporte elevado de azúcares simples que tomamos sin darnos prácticamente cuenta. Los últimos estudios indican que esto también es aplicable a los zumos naturales, que deberían ser sustituidos por la fruta entera (por ejemplo: es preferible tomar una naranja que un zumo de naranja, por muy natural que sea)”.

Respecto a los yogures u otros productos azucarados, aconseja comprar el producto sin azucarar y añadir la cantidad de azúcar que nosotros consideremos. De este modo, seremos conscientes de la cantidad que añadimos y podemos ir poco a poco reduciendo esta cantidad.

Otro aspecto que hay que tener en cuenta, tal y como señala Elías, es reducir el consumo de otros alimentos ricos en azúcar como los bollos o dulces, las mermeladas o los lácteos con alto contenido de azúcares (como batidos industriales), entre otros.

“Así podremos conseguir que el aporte de azúcares provenga únicamente de forma natural en los alimentos como las frutas y las verduras, las cuales es preferible consumir de forma entera y no en zumos”, coincide la nutricionista del IMEO, quien recuerda que hay que evitar platos precocinados y tratar de no ingerir bollos y repostería en general. “Es mejor hacerla casera y consumirla de forma ocasional”, añade.

¡Atento a las etiquetas!

Por otro lado, las tres expertas coinciden en la importancia de aprender a leer bien las etiquetas, ya que muchas veces nos somos conscientes del azúcar que llevan los alimentos y creemos que el exceso de azúcar se limita únicamente a los dulces, no tenemos en cuenta su presencia en, por ejemplo, aderezos como la salsa de soja o el kétchup.

En la etiqueta de un alimento figuran dos datos: la información nutricional y la lista de ingredientes. “Cuando nos fijamos en la información nutricional de un alimento se nos indica tanto los hidratos de carbono como los azúcares, pero no se hace distinción sobre si estos azúcares se encuentran presentes de forma natural, o son azúcares añadidos por el fabricante”, advierte Gascón.

Por lo que nos tenemos que fijar en la lista de ingredientes para saber si se ha añadido o no. Elías recomienda en este sentido, buscar de dónde vienen esos azúcares. “Es mejor que provengan de la miel o de la sacarosa. Conviene evitar el aspartamo, sorbitol, acesulfamo K o el jarabe de glucosa-fructosa”.

Sustitutos del azúcar

Si no queremos perder el gusto dulce, podemos utilizar otros sustitutos en la cocina. Las especialistas aconsejan optar por las formas naturales para endulzar. Francisca Esteve Claramunt da algunas pautas muy útiles para ir adaptando la preparación de los platos:

  • En cocina y repostería, la mejor alternativa es el uso de fruta seca y fresca. “Sus azúcares naturales se asimilan lentamente y son alimentos ricos en fibra, vitaminas, minerales y otros nutrientes. Se transforman en energía y son el carburante natural que el organismo necesita para desarrollar sus funciones vitales y para la actividad física”, -explica y continúa-, “la manzana (en forma de compota) es un gran sustituto del azúcar en galletas, bizcochos, tortitas, etc. El plátano triturado (mejor si es maduro, pues su dulzor se potencia) es excelente en preparaciones de repostería que requieren masas densas como pasteles y bizcochos. Y el dátil es un magnífico endulzante”.
  • Utilizar especias y semillas como la nuez moscada y la canela, que tienen un ligero sabor azucarado y se pueden usar para bebidas como el café, el té o la leche. “Las de hinojo molidas o las de la vaina de vainilla tienen un ligero sabor azucarado”, añade.
  • Las bebidas vegetales, hasta hace poco llamadas leches vegetales, como la de coco y la de almendra aportan un ligero dulzor a batidossmoothies y otras recetas, así como una textura cremosa interesante.
  • El aceite de coco también tiene un ligero sabor azucarado que se transfiere a los alimentos en el que se cocinan. Se puede usar en repostería para sustituir a otros aceites y a la mantequilla.

IMEO avisa de que el Plan de Sanidad para reducir la sal, azúcar y grasas «no afecta» a la mayoría de zumos infantiles

Un análisis a fondo realizado por expertos en nutrición del Instituto Médico Europeo de la Obesidad (IMEO) ha puesto de manifiesto que el Plan aprobado por el Ministerio de Sanidad para mejorar la composición de alimentos y reducir el contenido de sal, azúcar y grasas de cara a 2020 en más de 3.500 productos «no afecta» la mayoría de refrescos o zumos infantiles envasados, o disminuye la sustancia menos relevante en otros.

El Economista/ EP

«En países, como Canadá, el modelo voluntario hacia las empresas a la hora de reducir las cantidades de sal, azúcar y grasa en los alimentos industrializados ha fracasado», ha explicado el portavoz del IMEO, Rubén Bravo. Asimismo, prosigue, en el caso del sodio, por ejemplo, se pedía disminuir la proporción en un 60 por ciento, cuando éste se utilizaba para mejorar el gusto, y en un porcentaje menor cuando desempeñaba un papel de conservación.

Ahora el organismo federal responsable de la salud pública canadiense exigirá que los alimentos que son ricos en estas sustancias se marquen en la parte delantera de sus envases y, si quieren evitar este logotipo negativo, los fabricantes tendrán que revisar y cambiar las recetas.

Otra medida adoptada por muchos países, tal y como ha argumentado el experto en Nutrición, es la subida de impuestos para aquellos productos que superan los 5 gramos de azúcar por cada 100 de producto. Dinamarca fue la primera en introducir el gravamen, si bien terminó eliminándolo dos años después tras ver que apenas tuvo efecto sobre el consumo de refrescos y bollería.

«Hay que aprender de los errores y buscar vías alternativas y eficaces para resolver un problema de salud que comienza por un cambio en los hábitos de consumo y por fomentar la cultura nutricional desde casa. Desde IMEO apelamos a la conciencia, tanto de las empresas como de las familias, a la hora de abordar el tema con responsabilidad, para que alimentación y salud vayan de la mano», ha recalcado Bravo.

Además, ha asegurado que combatir desde la cesta de compra el excesivo consumo de sal, azúcar y grasas ayudará a prevenir tanto la obesidad, como enfermedades cardiovasculares, diabetes tipo 2, hipertensión o cáncer. Por todo ello y con el fin de afrontar el problema desde su raíz, los expertos del instituto ofrecen una serie de consejos prácticos, ejemplos saborizantes naturales y alternativas saludables a la hora de sustituir dichas sustancias o alimentos que muestran un contenido muy elevado.

«Combinados con otros potenciadores del sabor, como el glutamato y los edulcorantes, o las grasas, activan nuestra serotonina a nivel cerebral, desencadenando una sensación de placer y bienestar, con un efecto aditivo difícil de controlar en pacientes con ansiedad», ha apostillado una nutricionista del IMEO, Andrea Marqués.

De hecho, la recomendación general de la Organización Mundial de la Salud (OMS) limita la cantidad del azúcar, tanto añadida, como la presente de forma natural en los alimentos, al 10 por ciento de la ingesta calórica diaria, siendo lo deseado que ésta sea inferior del 5 por ciento para obtener beneficios para la salud.

«Hablamos de unos 25-50 gramos, equivalentes a 1-2 cucharadas soperas, dependiendo del peso y la edad de cada persona. Estas cantidades suelen superarse con frecuencia, debido a malos hábitos alimentarios, consumo frecuente de productos preparados, bollería industrial, zumos y refrescos con elevadas cantidades de azúcar añadido», ha recalcado la experta.

Se estima que tres cuartas partes de la sal que se ingiere proviene de productos elaborados y procesados, si bien la recomendación de la OMS limita el consumo a los 5 gramos al día, que corresponden a 2 gramos de sodio y sería el equivalente de una cucharadita de café. En el caso de los niños menores de 14 años y en pacientes hipertensos esta cantidad se reduce a 3-4 gramos.

Respecto a la grasa, su consumo diario debe representar de 20 a 30 por ciento de la ingesta calórica total: entre 50 y 80 gramos en adultos y entre 30 y 40 gramos en niños. Sin embargo, las grasas saturadas que resultan perjudiciales para la salud y se encuentran en los lácteos enteros (mantequilla, nata, queso curado, leche entera), en las grasas vegetales de baja calidad (palma, palmiste, margarina) o en las carnes grasas (embutidos grasos, manteca de cerdo o de vaca) no deben superar el 10 por ciento de esa ingesta total, siendo ideal que fueran inferiores al 7 por ciento.

CONSEJOS PARA ENDULZAR LOS PLATOS SIN AZÚCAR

«Las opciones más utilizadas para endulzar un alimento sin añadirle azúcar son los edulcorantes y la miel, aunque últimamente se han ido introduciendo en nuestro entorno otros, como la panela (obtenida del jugo de la caña de azúcar, con minerales y vitaminas del grupo B) o el sirope de agave. A pesar de tener ventajas, no son la mejor opción, puesto que favorecen el desarrollo de numerosas patologías y mantienen el umbral del dulzor extraordinariamente alto, neutralizando el propio sabor del alimento», ha argumentado una nutricionista clínica del IMEO, Carmen Escalada.

Por ello, ha asegurado que la manera «más sencilla» de endulzar los platos de manera saludable es usando fruta fresca, madura o deshidratada (manzana, plátano, higo y pera) o verduras dulces (calabaza, zanahoria y remolacha). Todas ellas se pueden emplear en recetas variadas para hacer masa de bizcochos, salsas o siropes, solas o mezcladas con leche o bebida vegetal, en ensaladas o guisos. Además, los platos quedan más coloridos y atractivos para los niños.

Otra opción para conseguir este efecto es recurrir a los frutos secos (almendras, avellanas, pistachos, nueces o castañas) y ciertas especias dulces (canela, vainilla, nuez moscada y jengibre). Además, hay hierbas aromáticas o especies picantes que pueden ayudar a reducir el consumo de sal en la dieta.

«En ensaladas o platos de carne y pescado se suele añadir albahaca, perejil, tomillo o romero, lo que aportaría un sabor fresco y refrescante al plato, pero también algunas propiedades medicinales, debido a su poder antiséptico, antiinflamatorio y antibacteriano», ha aconsejado Escalada, para aseverar que la especies picantes como curri, pimienta roja, cayena, guindilla o chile son «ideales» para aderezar carnes adobadas, arroces, pescados o encurtidos, aportan sabon y pueden reducir la cantidad de alimento ingerida, debido a la presencia de capsaicina que ayuda a regular el apetito.

Respecto a las grasas, hay que evitar aquellas más perjudiciales para la salud como la de palma y los productos que tienden a contenerla, como ultraprocesados o bollería industrial. En este sentido, los expertos han recordado que el aceite de oliva virgen extra, por ser rico en grasas monoinsaturadas, ácido oleico y antioxidantes, ayuda a reducir el riesgo de enfermedades coronarias, así como los altos niveles de colesterol en la sangre, aunque se deben controlar las cantidades, porque es muy calórico.

«En general, recomendamos intentar evitar los productos procesados o elaborados ya que emplean la sal, el azúcar o las grasas como parte de su composición con el fin de aumentar su vida útil y hacerlos más apetecibles para los consumidores», ha apuntado la nutricionista del IMEO Estefanía Ramo.

Por otra parte, prosiguen los alimentos de la dieta mediterránea con menor contenido de estas sustancias son las verduras y frutas frescas, el pescado blanco y azul, la carne magra, los cereales sin procesar, los frutos secos naturales, el aceite de oliva virgen extra y el agua.

Finamente, han recomendado tener «especial cuidado» con los aperitivos salados, las bebidas refrescantes, los néctares, bollería y pastelería, el pan de molde o envasado, galletas y cereales con importantes cantidades de azúcar, helados y polos comerciales, cremas y salsas procesadas, platos preparados y rebozados, derivados cárnicos ricos en grasa en los que la sal se emplea de conservante.

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Un estudio pone de relieve la presencia del hígado graso no alcohólico entre la población infantil

Redacción médica

Un nuevo estudio publicado este miércoles en Journal of Pediatrics muestra que el aumento de peso puede tener un impacto negativo en la salud hepática en niños de hasta 8 años. El estudio encontró que una mayor circunferencia de la cintura a los 3 años aumenta la probabilidad de que a los 8 los niños tengan marcadores de enfermedad hepática grasa no alcohólica.

«Con el aumento de la obesidad infantil, estamos viendo más niños con hígado graso no  alcohólico en nuestra práctica de control de peso pediátrico», explica la líder del estudio, Jennifer Woo Baidal, profesora asistente de Pediatría en el Colegio de Médicos y Cirujanos Vagelos de la Universidad de Columbia, Nueva York, Estados Unidos. «Muchos padres saben que la obesidad puede conducir a la diabetes tipo 2 y otras afecciones metabólicas, pero hay mucha menos conciencia de que la obesidad, incluso en niños pequeños, puede conducir a una enfermedad hepática grave», añade.

La enfermedad del hígado graso no alcohólico ocurre cuando se acumula demasiada grasa en el hígado y desencadena una inflamación que causa daño hepático. La afección afecta a aproximadamente 80 millones de personas en Estados Unidos y es la afección hepática crónica más común en niños y adolescentes. Si bien la enfermedad generalmente es asintomática, la progresión de la enfermedad del hígado graso no alcohólico puede provocar cirrosis (cicatrización) del hígado y, en algunos casos, cáncer de hígado.

Los estudios previos se han centrado en la enfermedad del hígado graso en adolescentes y adultos jóvenes. En el estudio actual, Woo Baidal y sus colegas buscaron factores de riesgo de hígado graso en niños más pequeños. Los investigadores midieron los niveles sanguíneos de una enzima hepática llamada ALT -la ALT elevada es un marcador de daño hepático y puede ocurrir en personas con enfermedad hepática grasa no alcohólica y otras afecciones que afectan al hígado- en 635 niños del Proyecto Viva, una prospectiva en curso que estudia a mujeres y niños en Massachusetts, Estados Unidos.

Actuar antes de los 10 años

A la edad de 8 años, el 23 por ciento de los niños en el estudio tenían niveles elevados de ALT. Los niños con una mayor circunferencia de la cintura (una medida de la obesidad abdominal) a los 3 años y aquellos con mayores ganancias en las medidas de obesidad entre las edades de 3 y 8 años presentaban más probabilidades de tener ALT elevada. Aproximadamente, el 35 por ciento de los niños de 8 años con obesidad presentaban ALT alta en comparación con el 20 por ciento de aquellos con peso normal.

«Algunos médicos miden los niveles de ALT en niños en riesgo a partir de los 10 años, pero nuestros hallazgos subrayan la importancia de actuar antes en la vida de un niño para prevenir el exceso de peso y la posterior inflamación hepática», dice Woo Baidal, quien también es director del control de peso pediátrico y gastroenterólogo pediátrico en el Centro de Cirugía Bariátrica Adolescente en el NewYork-Presbyterian Morgan Stanley Children’s Hospital.

«Actualmente, la mejor manera para que los niños y adultos combatan la enfermedad del hígado graso es perder peso, comer menos alimentos procesados y hacer ejercicio regularmente. Necesitamos urgentemente mejores formas de detectar, diagnosticar, prevenir y tratar esta enfermedad desde la infancia», concluye.

¿Salimos a cenar o encargamos comida? Cuidado con los ftalatos

Las personas que suelen comer fuera de casa tienen unos niveles mucho más elevados de ftalatos, compuestos químicos asociados a un impacto negativo sobre la salud

ABC

Los ésteres de ácido ftálico de ‘ftalatos’ son un grupo de compuestos químicos comúnmente empleados en el empaquetamiento industrial. Concretamente, estos ftalatos se usan como plastificadores, es decir, se añaden a los plásticos para incrementar su flexibilidad, por lo que se utilizan de forma masiva en la fabricación de productos tan variados como los esmaltes para uñas, los perfumes y los pesticidas. Y también en los envases en los que se empaquetan los alimentos tanto crudos como ya preparados. Un aspecto a tener muy en cuenta dado que los ftalatos alteran las hormonas humanas y, por tanto, suponen un grave riesgo para la salud tanto de los menores como de los adultos. De hecho, el Congreso de Estados Unidos prohibió ya en 2008 su uso en la fabricación de juguetes infantiles. Entonces, y dado que pueden pasar desde los envases a los alimentos, ¿corremos el riesgo de exponer nuestro cuerpo a los ftalatos por el simple hecho de comer? Pues sí. Y como advierte un estudio dirigido por investigadores de la Universidad de California en Berkeley (EE.UU.), esta exposición es mucho mayor en caso encargar la comida ya preparada o de comer fuera de casa, pues la comida de los restaurantes, cafeterías y locales de comida rápida parecen tener unos niveles mucho más elevados de ftalatos. O así sucede, cuando menos, en Estados Unidos.

Como explica Ami Zota, co-autora de esta investigación publicada en la revista «Environment International», «nuestros resultados muestran que las comidas preparadas en el propio domicilio presentan una menor probabilidad de contener altos niveles de ftalatos, compuesto químicos asociados a problemas de infertilidad, complicaciones en el embarazo y otros efectos negativos sobre la salud. Así, nuestro estudio sugiere que salir a cenar fuera podría ser una fuente importante y hasta ahora no reconocida de exposición a los ftalatos, cuando menos en el caso de la población estadounidense».

Sobre todo en menores

Para llevar a cabo el estudio, los autores analizaron los resultados de los análisis de orina realizados entre los años 2005 y 2014 a 10.253 menores y adultos con motivo de su participación en la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición de Estados Unidos (NANHES). Y más concretamente, se fijaron en los niveles de ftalatos en función del origen de los alimentos consumidos en las 24 horas previas al análisis de orina y, sobre todo, de que los participantes hubieran salido o no a cenar en la noche anterior, ¿cuántos participantes habían cenado fuera de casa esa noche? Pues ni más ni menos que un 61%.

Los resultados mostraron que, con independencia de la edad, las personas que cenaron fuera de casa tenían unos niveles significativamente superiores de ftalatos que aquellas que lo hicieron en casa. Y asimismo, que los participantes con mayores niveles de ftalatos fueron los adolescentes. ¿La razón? Su ‘preferencia’ por la denominada ‘comida rápida’, lo que provocó que sus concentraciones de ftalatos fueran hasta un 55% superiores a los de los adolescentes que cenaron es sus casas.

Preparar la comida en casa es una vía para limitar la exposición a los ftalatos

Y llegados a este punto, ¿cuáles fueron los alimentos asociados con los mayores niveles de ftalatos? Pues básicamente, los bocadillos, los sándwiches y las hamburguesas, pero solo los preparados fuera del domicilio. De hecho, e independientemente de su edad, los participantes que consumieron estos productos en restaurantes, cafeterías y locales de comida rápida mostraron unos niveles de ftalatos hasta un 30% superiores.

Como indica Julia Varshavsky, directora de la investigación, «las mujeres embarazadas, los niños y los adolescentes son los más vulnerables a los efectos tóxicos de los compuestos químicos que alteran las hormonas, por lo que es importante encontrar la manera de limitar su exposición a los mismos. Así, es necesario realizar estudios para encontrar las intervenciones más efectivas para eliminar los ftalatos de los suministros de alimentos».

En casa, como en ningún sitio

Un estudio dirigido por Ami Zota y publicado hace un par de años ya alertó que las personas que consumen mayores cantidades de comida rápida tienen unos niveles hasta un 40% superiores de ftalatos que el resto de la población. Sin embargo, parece que esta mayor exposición no es exclusiva de la comida rápida, sino que es común a todos los locales de restauración. Y es que además del derivado de los envases, los alimentos de estos locales tienen mayor probabilidad de contener ftalatos procedentes de los guantes que utilizan los trabajadores para manipular los alimentos, de los envases de la comida ‘para llevar’ y de muchas otras fuentes.

Entonces, ¿qué se puede hacer para minimizar esta exposición a los ftalatos? Pues los autores tienen una sugerencia que, si bien más laboriosa, resulta mucho más sana –y en muchos casos, más económica–. Como concluye Ami Zota, «las comidas preparadas en casa constituyen una manera para limitar la exposición a estos compuestos nocivos. Además, preparar la comida en casa representa una doble victoria para los consumidores. Y es que estos alimentos caseros son una buena vía para reducir los azúcares, las grasas nocivas y la sal. Y como sugieren nuestros resultados, parece no tener tantos ftalatos como las comidas de los restaurantes».

Estos son los cinco problemas de salud más frecuentes entre los 50 y los 70 años

  • Una cuarta parte de la población tiene entre 50 y 70 años
  • Es una etapa en la que, con mucha frecuencia, comienzan a sufrirse las consecuencias de los hábitos poco saludables de los años previos
  • Una vida sana y los controles adecuados son la mejor manera de hacerles frente

El Diario, por Cristian Vázquez

En España, una de cada cuatro personas tiene entre 50 y 70 años. El 26,3 % de la población, para ser exactos, según los datos más recientes del Instituto Nacional de Estadística (INE). Gracias a los avances en la ciencia y la tecnología de la salud, la expectativa y la calidad de vida se han incrementado, y el modo en que se vive ese periodo es bastante diferente a como se lo vivía algunas generaciones atrás.

Debido a eso, quienes hoy se encuentran en esa etapa en general se sienten jóvenes y con energías y expectativas de llevar a cabo muchas cosas. Pero eso no quiere decir que el tiempo no haya pasado: existen una serie de problemas y enfermedades que se hacen más frecuentes en estas edades. Y por eso es importante prevenirlos, procurando adoptar hábitos saludables, evitar los que no lo son y realizar los controles adecuados.

Una salud que se desgasta

A partir de los 50 años de edad, el cuerpo produce menos células, a la vez que existe un mayor déficit de oxidación y un aumento en el número de radicales libres. A esto se suma el debilitamiento o la degeneración de ciertos órganos -como el corazón y la piel-, de los músculos y de sistemas como el osteoarticular y el metabolismo. Es por ello que en este punto de la vida muchas personas comienzan a sufrir las consecuencias de conductas poco saludables practicadas en los años anteriores, como el tabaquismo, la mala alimentación, la falta de ejercicio físico y el estrés.

De hecho, en la franja de edad 50-64 años, cuatro de cada cinco personas (alrededor del 81 %) padece de al menos una enfermedad crónica. Tal cifra aumenta hasta el 91 % en el siguiente rango de edad (65-79 años) y hasta el 95 % en el de 80 o más años. Así lo indica el estudio Salud en la vida adulta y su relación con el envejecimiento saludable, publicado en 2017, elaborado por investigadores de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED) y editado por la Fundación Mapfre.

Según el mismo documento, además, dentro del contexto europeo, España «se encuentra entre los países con el porcentaje más elevado de personas 50 o más años que valoran negativamente su estado de salud».

¿Cuáles son los cinco problemas de salud más frecuentes entre los 50 y los 70?

1. Problemas cardiovasculares

El riesgo de problemas cardiovasculares, tanto puntuales (por ejemplo, infarto de miocardio o trombosis coronaria) como crónicos ( hipertensión), aumenta con la edad, particularmente a partir de los 50 años. Otro factor de riesgo es el genético: las personas cuyos padres sufrieron de cardiopatías son más proclives a padecerlas también.

Con respecto al género, si bien las mujeres jóvenes son menos propensas a padecer problemas del corazón, a partir de la menopausia las probabilidades son casi iguales a las de los hombres. El sobrepeso, la obesidad, la falta de actividad física, el colesterol y el estrés aumentan el riesgo de tener estos problemas.

2. Problemas de huesos y articulaciones

Los problemas vinculados con los huesos y las articulaciones pueden producirse a cualquier edad, pero es en esta etapa cuando aparecen con mayor frecuencia. Ciertos tipos de artritis (como la reumatoidea), al igual que la osteoporosis y el reumatismo, también dependen en buena medida de la herencia genética, y muchos son más comunes en las mujeres que en los hombres (salvo la gota, en cuyo caso la proporción se invierte). Otros elementos que contribuyen con la aparición de estos problemas son el sobrepeso y la obesidad, malas posturas, sedentarismo, traumatismos y la práctica de deportes de élite o de alto impacto.

3. Problemas respiratorios

En el caso de los problemas respiratorios, el principal factor de riesgo es muy claro: el tabaquismo. Tanto el activo como el pasivo, es decir, fumar o respirar el humo del tabaco fumado por otras personas. Esta es la principal causa de la enfermedad pulmonar obstructiva crónica ( EPOC), una enfermedad grave, progresiva, no reversible, que afecta, según las estimaciones, a una de cada diez personas mayores de 40 años, y que aparece con mucha frecuencia a partir de los 50.

En España, la EPOC causa la muerte de unas 18.000 personas por año. Factores de riesgo de este y otros problemas respiratorios también son la inhalación de sustancias irritantes (gases, polvo, humo, insecticidas, pelos de mascotas, etc.) y una mala higiene del sueño (dormir boca arriba), así como otros ya mencionados en afecciones anteriores (sobrepeso, estrés, consumo excesivo de alcohol, factores genéticos, etc.).

4. Diabetes

Según el Estudio Di@bet.es, realizado por un equipo de 30 especialistas en esta enfermedad, la prevalencia de la diabetes en España es muy elevada: la padece el 13,8 % de la población, lo que equivale a más de 5,3 millones de personas. La gran mayoría sufren diabetes mellitus tipo 2, la forma más frecuente de esta enfermedad, que aparece sobre todo en la mediana edad, es decir, en torno a los 50 años. Entre los 61 y 75 años, el 30 % de las mujeres y el 42 % de los hombres tienen esta forma de diabetes.

Más del 80 % de estos casos «se pueden atribuir a la obesidad, y su reversión también disminuye el riesgo y mejora el control glucémico en pacientes con diabetes mellitus establecida», explica Juan Martínez Candela, especialista en diabetes, en la Guía de actualización en diabetes, publicada en 2015 por la Fundación Red de Grupos de Estudio de la Diabetes en Atención Primaria de la Salud. Otros factores de riesgo son el sedentarismo, el tabaquismo y los patrones dietéticos, es decir, una mala alimentación.

5. Tumores

Los tan temidos tumores también surgen con mucha frecuencia en esta época. De acuerdo con el INE, los distintos tipos de cáncer son la principal causa de muerte entre los 40 y 79 años (y también en la infancia, entre 1 y 14 años de edad), pero es precisamente en la franja de 50-69 años cuando estos índices alcanzan sus cifras más elevadas: más de la mitad de los fallecimientos se deben a este motivo. Los tipos de cáncer más recurrentes son los de bronquios y pulmón, seguidos por los de colon, de páncreas, de mama y de próstata.

Según Ruth Vera, presidenta de la Sociedad Española de Oncología Médica (SEOM), hasta el 40 % de los cánceres se podrían evitar adoptando hábitos de vida saludables. Los factores de riesgo a menudo son los mismos que en las enfermedades ya citadas: tabaquismo, sobrepeso, obesidad, una rica desequilibrada, estrés, etc. Y se añaden algunos específicos, como una exposición excesiva a los rayos del sol, que es un factor de riesgo de melanoma y otros tipos de cáncer de piel.

El exceso de peso aumenta el riesgo de muerte

Cualquier IMC superior a 22-23 kg/m2 conlleva un mayor riesgo de sufrir una enfermedad cardiovascular. Y a mayor cantidad de grasa abdominal, mayor riesgo

ABC, por M. López

Es bien sabido que el sobrepeso y la obesidad se asocian con un mayor riesgo de padecer enfermedades muy graves y potencialmente mortales, caso muy especialmente de las cardiovasculares y de distintos tipos de cáncer. Sin embargo, algunos estudios han sugerido que, en realidad, el exceso de peso no tiene ningún efecto negativo sobre la mortalidad cardiovascular o por otras causas. Es más; algunos de estos trabajos han llegado incluso a plantear que el sobrepeso y la obesidad podrían tener un efecto protector, sobre todo en aquellas personas que, aun con exceso de peso, se encuentran en un buen estado de forma. Unas evidencias que han dado lugar a la denominada ‘paradoja de la obesidad’, según la cual tener un índice de masa (IMC) elevado no solo no se asocia con un mayor riesgo cardiovascular, sino que resulta beneficioso para la salud. Y es que según esta teoría, las personas con exceso de peso y aparentemente sanas –o dicho de otro modo, ‘fofisanas’– viven más. Pero, ¿esto es realmente así? Pues según un estudio dirigido por investigadores de la Universidad de Glasgow (Reino Unido), no. Definitivamente no.

Concretamente, el estudio, publicado en la revista «European Heart Journal», muestra que cualquier IMC superior a 22-23 kg/m2 conlleva un incremento del riesgo de sufrir una enfermedad cardiovascular, caso de la hipertensión arterial, de los infartos de miocardio y de los ictus. Y asimismo, que este riesgo también se ve notablemente aumentado en función de la cantidad de grasa abdominal que ‘porte’ la persona.

En palabras de Stamatina Iliodromiti, directora de la investigación, «cualquier idea errónea que albergue la población sobre un efecto potencialmente ‘protector’ de la grasa sobre el riesgo de episodios cardio y cerebrovasculares debe ser cuestionada».

El mito del ‘fofisano’

Para llevar a cabo el estudio, los autores analizaron los historiales médicos de 296.535 adultos que, completamente sanos e incluidos entre los años 2006 y 2010 en el Biobanco de Reino Unido, fueron sometidos a un seguimiento clínico ‘intensivo’ hasta el año 2015.

Los resultados mostraron que los participantes con menor riesgo de enfermedad cardiovascular eran aquellos con un IMC entre los 22 y los 23 kg/m2. Sin embargo, y una vez superado este IMC, el riesgo se disparaba. De hecho, parece que la probabilidad de desarrollar una patología cardiovascular aumenta hasta un 13% por cada incremento en el IMC de 5,2 kg/m2 en el caso de las mujeres y de 4,3 kg/m2 en el de los varones.

Pero aún hay más. Partiendo de un perímetro de cintura de 74 cm en las mujeres, cada aumento de 12,6 cm adicionales se asoció con un incremento del 16% en la probabilidad de padecer una enfermedad cardiovascular. Un incremento del riesgo que también se observó en varones, en este caso de un 10% por cada 11,4 cm adicionales a un perímetro de cintura de 83 cm.

Como indica Stamatina Iliodromiti, «el nuestro es el mayor estudio de los realizados hasta la fecha que ofrece evidencias frente a la paradoja de la obesidad en la población sana. Sin embargo, es posible que la situación sea diferente en las personas con una enfermedad pre-existente, pues ya se ha demostrado que, por ejemplo, el tener un ligero exceso de peso se asocia con una menor mortalidad en los pacientes con cáncer, especialmente porque tanto los tumores como los tratamientos oncológicos pueden conllevar una pérdida de peso muy poco saludable».

Sea como fuere, continúa la directora de la investigación, «al mantener un IMC en torno a los 22-23 kg/m2, las personas sanas pueden minimizar su riesgo de sufrir o morir por una enfermedad cardiovascular. Y cuanto menor grasa porten, sobre todo en el abdomen, menor será su probabilidad de enfermedad cardiovascular en el futuro».

Perder unos kilos

En definitiva, lograr y mantener un IMC de 22-23 kg/m2 nos ayudará a prevenir las enfermedades cardiovasculares y, por tanto, a vivir más. Lo cual, como reconocen los propios autores, no resulta fácil. Sobre todo en las edades avanzadas.

Como apunta Naveed Sattar, co-autor de la investigación, «hay muchas personas que no pueden tener un IMC tan bajo, por lo que el mensaje es: cualquiera que sea tu IMC, y sobre todo cuando este IMC se encuentre en el rango del sobrepeso y la obesidad, perder tantos kilos como sea posible solo mejorará tu salud. Pero es cierto que no hay atajos para perder peso de forma intencionada, por lo que los médicos deben hacerlo mejor a la hora de ayudar a sus pacientes a perder estos kilos».

Y llegados a este punto, ¿cómo es posible que algunos estudios sugieran que el exceso de peso fuera bueno para la salud cardiovascular? O dicho de otro modo, ¿cómo es posible que se pudiera concebir la ‘paradoja de la obesidad’? Pues en opinión de los autores, por defectos en la metodología de estos estudios. Y es que seguramente hubo algunos factores de riesgo que no fueron tenidos en cuenta. Por ejemplo, que algunos participantes tuvieran una enfermedad grave que, además de hacerles perder peso, ocasionara su muerte prematura. O que se pasara por alto el caso de los fumadores. Y es que fumar cambia la distribución de la grasa corporal y reduce el apetito, lo que provoca que los fumadores, si bien presentan un riesgo cardiovascular muy superior al de la población general, tengan un menor IMC.