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Las ‘drogas’ de la cesta de la compra

junio 19, 2016

Grasas, azúcares y sales son los ingredientes más usados por la industria para engancharnos a comidas y bebidas que deberíamos evitar

Las Provincias

pasteles-muffins-kmNB-U20785360748DaH-490x490@Las ProvinciasMás alcohol, más refrescos, más tapas… En verano no solo comemos peor, sino que además tomamos menos cantidad de alimento, lo que provoca que podamos llegar a estar mal nutridos, porque aunque ingiramos muchas calorías nos faltarán los nutrientes mínimos de una comida sana y rica, sobre todo, en verduras, frutas y legumbres. «De hecho podemos perder masa muscular y sin embargo coger unos kilos, porque cambiamos músculo por grasa», matiza Rubén Bravo, naturópata experto en nutrición portavoz del Instituto Médico Europeo de la Obesidad (IMEO).

También se abusa muchas veces en las vacaciones de la comida rápida, más aún si se sale fuera de España o se acude a eventos tipo festivales donde la comida se vende en foods trucks, donde por lo general, aunque no siempre, los bocados están cargados de grasas no saludables, proteínas demasiado cocinadas, con exceso de harinas refinadas y rebozados… «Una bomba calórica con poca carga alimentaria positiva», agrega Bravo.

Esta ‘nueva’ alimentación veraniega a base de alimentos ricos en grasas y azúcares provoca más somnolencia, falta de vitalidad y fortaleza y, por lo tanto, una mayor sensación de fatiga. Por no hablar de que las camisas que antes se pegasen a los brazos o pectorales se ajustarán ahora en la zona del abdomen.

Los hay que se fían de las ensaladas, pero ojo. El hecho de que se llamen así no quiere decir que todas valgan. Si bien la base es muy saludable (lechugas, tomates, espinacas, canónigos, cebolla…) hay que tener cuidado con esos ‘extras’ tan atractivos como los trozos de pollo empanados, el pan tostado, los taquitos de bacon fritos o las salsas que sustituyen al aceite de oliva virgen que hacen que las 100 calorías de este plato se transformen en 800.

Y todo esto con el peligro oculto de la adicción, ya que esta clase de comida ‘rápida’ suele exceder los niveles de grasa y azúcares, que como bien explota la industria alimentaria son ingredientes que ‘enganchan’, como denuncia el periodista de investigación y ganador del Pulitzer Michael Moss en ‘Adictos a la comida basura’ -algo que en su día y en cierto modo ya mostró el documental ‘Super Size Me’-. «Mucha gente habrá comprobado que al tomarse un bombón, por ejemplo, le apetece comerse otro a los pocos minutos», apunta Bravo y agrega: «El problema es que esta ‘adicción’ es mayor en pacientes con tendencia a la obesidad».

Como vemos en el listado de los alimentos más adictivos, elaborado por científicos de la Universidad de Michigan y el Centro de Investigación de la Obesidad de Nueva York que fue publicado el año pasado en la revista científica ‘PloS One’, la gran mayoría de ellos lleva azúcar, ya sea presente u oculta, y/o contiene grasas saturadas.

En el caso de las grasas, un estudio publicado en 2011 que fue llevado a cabo por la Universidad de California, en Irvine, mantenía que el aparato digestivo de las ratas de laboratorio usadas para su investigación al entrar en contacto con la grasa generaba unas sustancias químicas conocidas como endocannabinoides. Estas conducen a un aumento en las señales celulares que provocan el ansia por seguir consumiendo alimentos grasos. De hecho, este sistema endocannabinoide se convirtió en una diana para reducir el riesgo cardiometabólico y la obesidad.

Pero no son estos los únicos poderes de la grasa. En la industria de los alimentos procesados, y como explica Moss en su libro, «este ingrediente convierte patatas sosas en maravillas crujientes, panes resecos en barras tiernas y aporta una textura más firme y más volumen a las galletas». También es capaz de enmascarar y transmitir otros sabores de los alimentos. «La grasa puede cubrir la lengua para impedir que las papilas gustativas obtengan dosis demasiado intensas de los acidulantes y a la vez estimular y prolongar la absorción de los sabores más sutiles y aromáticos de alimentos, como sucede con la crema agria. Y esta es una de sus funciones más valiosas para los fabricantes alimentarios», agrega Moss, ya que el sabor es parte importante a la hora de decantarnos por un alimento u otro.

No hay que olvidar que «cuando consumimos grasas y/o azúcares se da un pico de serotonina, un neurotransmisor que controla nuestros niveles de ansiedad, y eso nos hace sentir más calmados», explica el portavoz del IMEO. A esto hay que añadirle que al comer también se libera dopamina, la causante de que busquemos de nuevo el modo de hacernos con ese alimento que nos gusta y de que se guarde en nuestra memoria su buen recuerdo. Por eso nos resulta tan difícil comer solo un bombón. Como con todo, la gratificación que obtenemos disminuye con el tiempo y cada vez necesitamos una dosis mayor para sentir lo mismo que la primera vez.

Una prueba más de lo que hablamos la mostró Don Darling, vicepresidente en Unilever, quien dijo en una publicación del sector: «Hemos podido demostrar que el helado da felicidad. En los estudios clínicos (elaborados por el Instituto de Psiquiatría de Londres), se ha visto cómo una sola cucharada de Carte D’or ilumina las zonas de placer del cerebro». De ahí salió el eslogan… «El helado te hace feliz: ¡es oficial». Como vemos el azúcar también nos atrae irresistiblemente.

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Hay quienes dicen que esa atracción se debe a que la lecha materna es dulce y nos recuerda aquella placidez que sentíamos al mamar, otros que nos atrae porque nuestro cerebro la necesita… Sea como fuere nos place el sabor dulce desde pequeños. Pero aunque que el azúcar nos vuelve locos se sabe desde que Cristóbal Colon trajera consigo tras su segundo viaje la caña de azúcar, no fue hasta finales de los sesenta cuando se tuvo alguna prueba científica de la potente atracción que causaba este ingrediente. Y todo gracias a un estudiante llamado Anthony Sclafani que alimentó a unos ratones con unos cereales superdulces (Froot Loops). Cuando se dio cuenta de la velocidad con que los ingerían, decidió ver qué pasaba si ponía los cereales en el centro de la jaula, un lugar más expuesto y abierto que normalmente evitan los roedores, que prefieren los rincones sombreados y laterales. Como era de esperar, los ratones vencían sus miedos y corrían a devorarlos. El estudiante repitió el experimento años más tarde, ya como profesor de psicología en el Brooklyn College. Sucedió lo mismo. De hecho, demostró que su ansia superaba los frenos biológicos que debían de estarles diciendo «¡basta ya!». Los detalles de su experimento, plasmados en un artículo en 1976, es una de las primeras pruebas experimentales sobre la ansiedad alimentaria.

Científicos de la Universidad de Princeton se dieron cuenta de que los ratones a los que después se les retiraba la dieta azucarada mostraban síntomas de sufrir un síndrome de abstinencia. «Cuando se empieza a tratar la adicción al azúcar, desde el punto de vista alimenticio y psicológico, existe un primer momento de ‘mono’ que cursa con nerviosismo, con echar de menos esos alimentos, de quererse saltar la dieta… En muchos casos se trata como cualquier otra adicción. De hecho, tenemos pacientes que consumen hasta dos litros diarios de refresco y no pueden dejarlo», apunta Bravo.

La magia de la sal

El tercer ingrediente señalado como adictivo es la sal. «Los fabricantes la contemplan como quizás el más mágico de los tres pilares de los alimentos procesados por todo lo que es capaz de hacer, además de excitar las papilas gustativas. En el mundo de los procesados, la sal corrige un montón de problemas que van surgiendo durante el procesado en la planta», señala Moss. Por ejemplo, las galletas saladas sin la sal serían amargas, se humedecerían y se nos pegarían al paladar. El jamón cocido se volvería tan gomoso que casi podría rebotar. Y parte del poder de la sal no tiene nada que ver con el alimento. «Por ejemplo, en la elaboración de pan industrial, la sal impide que las enormes máquinas amasadoras se apelmacen y que la cadena de montaje se atasque, además retrasa el proceso de fermentación, de manera que los hornos pueden soportar el ritmo», explica el Pulitzer. Por eso los médicos recomiendan que se eviten en la medida de lo posible los alimentos procesados, porque además de llevar ocultas grasas y azúcares que ni imaginamos, tienen una cantidad de sodio excesiva, con los perjuicios que el abuso de este ingrediente causa en la salud. Siempre es mejor elegir alimentos frescos, ya nos encargaremos nosotros de hacerlos más sabrosos a base de trucos más beneficiosos para nuestro organismo: como el uso de especias para evitar la sal o endulzar con cáscara de naranja (una tira muy fina y sin esa piel blanca que amarga), un truco infalible para hacer una buena salsa de tomate casera. Si con todo compramos algún alimento procesado, siempre hay que leer las etiquetas y fijarse bien en los ingredientes. Ahí aparecen todos en orden de más cantidad a menos. Eso sí, cuidado con los ingredientes ocultos. A veces el azúcar, por ejemplo, se esconde tras otros nombres: jarabe de maíz de alta fructosa, concentrado de zumo de fruta, sacarosa, glucosa, dextrosa, jugo de caña, malta, melazas, lactosa, miel, etil maltol y maltodextrina.

Neutralizar la tentación

A pesar de todo resulta difícil no caer en la tentación. Así que si se comete algún exceso, y siempre y cuando la base de la dieta sea sana y equilibrada, «se puede compensar con una cena ligera como un gazpacho y alguna proteína a la plancha, por ejemplo un poco de pavo o un pescado», explica Andrea Marqués, nutricionista experta en gastronomía del IMEO, pero nunca saltarse una comida porque si no se llegará con más hambre a la siguiente y será difícil no volver a caer. También, y como aconseja Marqués, podemos tomar algún depurativo a base de verduras como apio, puerro, espárragos, o infusiones como el té verde. Cuidado porque no son milagrosos y únicamente sirven si los excesos no son cotidianos. Además, y para eliminar las grasas extra, los mejores alimentos son las proteínas que nos ayudan a quemarlas y verduras ligeras como las ya mencionadas y otras como el tomate o el pepino.

Un consejo. Si es de los que debe comer fuera y su espíritu de sacrificio es débil, llevar el túpper con la comida hecha de casa no solo permite vigilar bien la dieta, también cortará de raíz la tentación de elegir otro plato que, por un momento, le pueda apetecer más que su sanísima ensalada de garbanzos y su lubina al horno. Seguramente, el cambio sería para peor, nutricionalmente hablando.

Tomar o no café, ¿la vitamina peligrosa de la mañana?

noviembre 5, 2014

El café es uno de los alimentos más consumidos del mundo, en todas sus modalidades y con diferentes mezclas. Amado por unos, odiado por otros, siempre está en el punto de mira del debate sobre si suprimirlo o no de nuestro día a día. Los expertos apuntan a que el problema es la cafeína.

QUÉ.es, por Elsa Jiménes
cafe-672xXx80Hay pequeños detalles que pueden llegar a hacer nuestra rutina más llevadera, sobre todo a los más madrugadores. Una acción tan simple como tomar un café por la mañana, en casa, leyendo el periódico, en la cafetería con los compañeros de trabajo o en frente del ordenador puede llegar a ser una rutina placentera e instaurada en nuestro día a día hasta tal punto que lo consideráramos como el respirar. Algo necesario.

Hablamos del café, o mejor dicho, de la cafeína.  Es una bebida que se puede tomar de diferentes maneras, solo, cortado con leche, y de la que existen diferentes tipos y sabores por todo el mundo. Todo un abanico de posibilidades que hacen del café una de las bebidas más consumidas y atractivas en el mundo. Sus orígenes se remontan a Etiopía y la península arábiga, y en la actualidad ha conquistado a gran parte de los habitantes del planeta Tierra. Nadie duda de que el café sea un estimulante  que ha conquistado todas las tazas mañaneras y de sobremesa de muchas personas. Pero realmente, ¿es necesario?

Se estima que sus semillas se cultivan en unos ochenta países del mundo, cuya producción permite llenar 2.250 tazas de café a diario, aproximadamente. Se han realizado diversos estudios sobre sus efectos beneficiosos y perjudiciales para la salud, para las dietas y para el metabolismo en general. Muchos señalan todo lo bueno que tienen, pero otros lo demonizan hasta el punto de recomendar suprimirlo de nuestra rutina. Una tarea realmente complicada que no todos están dispuestos a sufrir.

Está compuesto principalmente de agua y cafeína, una droga psicoactiva que acelera rápidamente el sistema nervioso y nos mantiene alerta. “Peligro en potencia instaurado en nuestros hábitos“. Con esta frase demoledora define el especialista en nutrición del Instituto Médico Europeo de la Obesidad (IMEO), Rubén Bravo, al café. Pertenece al grupo de los expertos que no aprueban el consumo de café, aunque recalca que una taza de vez en cuando, “siempre a primera hora de la mañana”, no es mala.

Por otro lado, la dietista Beatriz Gómez Murillo apunta a que “depende de la persona, de si tiene problemas de retención de líquidos, hipertensión o toma tranquilizantes” el que el café pueda afectar más o menos, por lo que no ve nada malo en tomarse “una o dos tazas al día por la mañana o a mediodía”.

EFECTOS REALES EN EL ORGANISMO

Bravo señala que los problemas que trae el consumo de cafeína son “a largo plazo”, ya que genera cansancio, diabetes e incluso obesidad. “Tomarse un café produce un pico muy elevado de insulina, encargada de quemar los niveles de azúcar en sangre. Esto produce que nos sintamos eufóricos, creativos y con mayor retención cognitiva”, explica.

Efectivamente, el café mejora varios aspectos de la función cerebral y aumenta la actividad de la memoria, el ánimo, los reflejos e, incluso, la alegría. Nos acelera, nos despierta y hace que nos sintamos mejor. Pero este efecto no suele ser muy duradero, sobre todo en los consumidores habituales.

“Si no lo toman nunca, les recomendamos que no lo hagan, sino una al día como máximo, siempre y cuando la persona no tenga problemas de insomnio o hipertensión”, apunta la dietista Alba Esteve.

“Después de esta gran subida de la insulina, se produce un bajón que trae efectos muy adversos para el organismo, como el cansancio y el agotamiento físico y mental, así que vamos a por otro café, y otra vez vuelve a pasar lo mismo”, explica Rubén Bravo. Otro de los beneficios a los que muchos estudios apuntan sobre el café es a su capacidad de hacer perder peso. Esto es cierto, efectivamente, pero entonces ¿por qué no se recomienda en muchas dietas?

Bravo señala que con la cafeína como tal “se pierde peso porque se quema el azúcar por el aumento de la insulina”, esta es la hormona generada por el páncreas y encargada de trasportar la glucosa de las células de nuestro cuerpo para ser utilizada como energía. “La grasa no se quema y cuando bajan los niveles se produce el agotamiento, la falta de azúcar y las ganas de suplirlo comiendo dulces, chocolates o bollos”, termina. El consumo en exceso nos puede hacer más golosos y esto es lo que realmente engorda.

Por otra parte, la nutricionista María del Mar Martínez Molina explica que la cafeína puede provocar problemas para conciliar el sueño, lo que produce que “el metabolismo no descanse y no queme calorías”, razón por la que también se puede aumentar de peso considerablemente.

Lo mismo sucede con el . Rubén Bravo lo llama “el hermano pequeño de la cafeína”, porque libera más moderadamente la sustancia, pero el efecto a larga plazo es el mismo.

Sin embargo, recalca que casi todos los estudios que se han realizado sobre el café apuntan a “efectos beneficiosos”, como por ejemplo la prevención del desarrollo de enfermedades como el cáncer de colon, de mama, el Párkinson o el Alzheimer, pero, por supuesto, siempre que no tenga cafeína.

DESCAFEINADO, LO MEJOR PARA EL CUERPO

Tanto Rubén Bravo, como los demás especialistas consultados, apuntan a que las propiedades del café son infinitamente buenas para el cuerpo. Eso sí, siempre descafeinado. “El café por sí mismo es un alimento maravilloso”, dice Bravo.

El café es un alimento que contiene una cantidad muy elevada de antioxidantes naturales que sirven para parar el envejecimiento celular y prevenir la aparición de enfermedades crónico degenerativas. Es capaz de proporcionar la cantidad necesaria en una dieta, siempre y cuando se tome con moderación. Tampoco tiene nada de calorías, por lo que el aporte vendrá del tipo de leche que se tome o de con qué acompañemos la taza.

Esta bebida, también señala Bravo, que es “una importante fuente de fibra”, ayudando así a reducir el estreñimiento y contribuyendo a aportar la dosis necesaria que también trae como consecuencia el aumento de la vitalidad.

¿CON LECHE, SOLO, CON SACARINA?

En la variedad está el gusto y cada persona prefiere el café acompañado de una forma u otra, con o sin azúcar. La nutricionista Martínez Molina recomienda acompañarlo con leche para que pueda servir como desayuno. ¿Pero ésta hace que sea más flojo el efecto de la cafeína?

“No está comprobado que deteriore o aumente los peligros de tomarlo”, asegura Bravo. “Es un aporte que no contrarresta ni aumenta ni los beneficios, ni la ansiedad que se genera pasadas las horas”, añade. Pero cuando se trata de acompañarlo con leche, mejor que sea desnatada.

El sabor amargo del café no suele agradar a la mayoría de paladares, y a los que sí, se les mira raro. Por eso, muchos prefieren edulcorarlo con sacarina, ya que se supone que no engorda como lo hace el azúcar. Rubén Bravo alerta de este peligro y señala que es “tóxica, química y produce cáncer”, por lo que recomienda la stevia, un edulcorante sustitutivo 100% natural.

Todos los expertos coinciden en que tomar café con moderación, en pequeñas dosis y sin cafeína puede ser un alimento complementario de los que necesitamos a diario por el mero hecho del placer del sabor, el olor y la rutina.

Nuevos factores de riesgo cardiovascular

marzo 16, 2011

Cada año mueren 17,1 millones de personas en el mundo a causa de las enfermedades cardiovasculares y según la Organización Mundial de la Salud, el 80% de las muertes prematuras podrían haberse evitado siguiendo un estilo de vida saludable y reduciendo factores de riesgo clásicos como hipertensión, tabaquismo, colesterol elevado, diabetes y obesidad. Según alerta la Fundación Española del Corazón (FEC), a estos factores se suma la aparición de otros agentes que amenazan, también, a nuestro corazón, como son la apnea del sueño, el estrés, la contaminación o el consumo de drogas.

Factores de riesgo cardiovascular clásicos

Según el último chequeo que ha elaborado la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) sobre la Sanidad en 31 países durante 2010, el porcentaje de adultos obesos en España es del 14,9% pero la cifra se vuelve más preocupante en cuanto a la obesidad infantil, ya que alrededor de un 16,7% de los jóvenes españoles de entre 11 y 15 años presenta síntomas evidentes de sobrepeso u obesidad.

“Es imprescindible concienciar a la sociedad de que para mantenernos sanos hay que llevar un estilo de vida saludable, tener una dieta equilibrada y practicar ejercicio”, comenta la Dra. Pilar Mazón, presidenta de la Sección de Hipertensión Arterial de la Sociedad Española de Cardiología (SEC), “en España las tasas de obesidad son alarmantes, sobre todo en cuanto a obesidad infantil”, añade la doctora.

Otro factor de riesgo cardiovascular totalmente evitable es el tabaquismo, la incidencia de la patología coronaria en los fumadores es tres veces mayor que en el resto de la población. La posibilidad de padecer una enfermedad de corazón es proporcional a la cantidad de cigarrillos fumados al día y al número de años en los que se mantiene este hábito nocivo. Los jóvenes que comienzan pronto con este hábito, multiplican las posibilidades de desarrollar algún tipo de enfermedad respiratoria, tumor o complicación cardiovascular.

Como medidas preventivas para controlar nuestra salud cardiovascular, los profesionales recomiendan no fumar, seguir una dieta equilibrada, realizar ejercicio físico de forma regular, controlar el colesterol, la glucosa y la tensión arterial al menos una vez al año, a partir de los 40 años, en el caso de las personas sanas y con mayor periodicidad en el caso de quienes padezcan alguna patología.

Nuevos factores de riesgo cardiovascular

Además de los factores de riesgo cardiovascular clásicos anteriormente comentados, el estilo de vida actual está haciendo que ciertas circunstancias empiecen a destacar, también, como factores de riesgo cardiovascular, como por ejemplo la apnea del sueño, el estrés, la contaminación o el consumo de drogas.

Apnea de sueño

La apnea del sueño es una enfermedad que se puede padecer en cualquier edad y sexo, pero es más común en hombres. Un 4% de hombres y un 2% mujeres de mediana edad padecen apnea acompañada de somnolencia durante el día. La apnea obstructiva, la más común, se produce cuando el aire no fluye por la nariz o la boca del paciente, mientras continúan los esfuerzos para respirar. La persona que la padece generalmente comienza a roncar muy fuerte poco después de quedarse dormida. A menudo, el ronquido se vuelve más fuerte y luego es interrumpido por un largo período de silencio durante el cual no hay respiración. Esto va seguido por un fuerte resoplido y jadeo, a medida que la persona trata de respirar. Las personas que padecen esta enfermedad a menudo no son conscientes de los episodios durante la noche y son sus familias quienes detectan el problema.

Está demostrado que un 50% de pacientes que sufren apnea del sueño padecen hipertensión arterial y tienen más riesgo de sufrir un infarto de miocardio o un ictus. Esto se debe a diferentes factores, entre los cuales el más trascendente es la hipoxia (falta de oxígeno) intermitente, y sus consecuencias: aumento de la frecuencia cardíaca y la presión arterial (por hiperactividad simpática), daño en las paredes arteriales (disfunción endotelial, estrés oxidativo e inflamación) y resistencia a la insulina. También se ha reconocido la presencia de fenómenos que favorecen la formación de trombos por activación plaquetaria, aumento del fibrinógeno, aumento del hematocrito y de la viscosidad de la sangre.

Estrés

La relación entre el estrés emocional y los eventos coronarios mayores ha sido establecida hace ya mucho tiempo, pero la verificación de esta presunción se ve obstaculizada porque no existe un test científico para cuantificar el grado de estrés emocional. Por ejemplo, se ha demostrado que existe el doble de riesgo de sufrir un infarto agudo de miocardio durante las dos horas siguientes a un episodio significativo de alteración emocional.

Algunos estudios apuntan a un mayor riesgo de episodio cardiovascular en las personas con perfil psicológico tipo A, es decir, competitivas, muy autoexigentes, apegadas al trabajo y obsesionadas con el éxito.

Contaminación

Según estudios publicados recientemente, las personas que habitan en lugares próximos a una autopista o una carretera altamente transitada, sufren un deterioro de las arterias el doble de rápido de las que viven en zonas menos contaminadas. En concreto, el grosor de sus arterias carótidas aumenta 5,5 micrómetros más por año. Además, la contaminación tiene efectos nocivos inmediatos sobre el funcionamiento de nuestras arterias, reduciendo instantáneamente su capacidad vasodilatadora. Si la exposición se mantiene, la polución podría provocar, a largo plazo, el engrosamiento y acumulación de grasas en las arterias y desembocar en una arteriosclerosis.

Se calcula que en España se producen ya cerca de 16.000 muertes ligadas a la contaminación. Se estima que si una ciudad de las dimensiones de Madrid o Barcelona redujera el nivel de contaminación al recomendado a nivel internacional, se disminuiría en 1.800 el número anual de ingresos hospitalarios por enfermedad cardiovascular y respiratoria y en 3.500 el número de muertes.

Consumo de drogas

La cocaína, es también un factor de riesgo que, aunque es minoritario si hablamos de la población en general, es muy dañino entre las personas que la consumen, ya que recientes estudios han demostrado que cuadriplica el riesgo de infarto de miocardio en los menores de 55 años que la consumen. Al inhalarse por vía nasal, la cocaína se absorbe y pasa a la sangre de forma inmediata, lo que multiplica por 24 las posibilidades de sufrir un infarto durante la primera hora tras el consumo de esta droga.