Expertos avisan de los peligros de autoestima y nutricionales que puede suponer la ropa ajustada para muchas mujeres

Por Europa Press · La Información

Expertos del Instituto Médico Europeo de la Obesidad (IMEO) han alertado de los peligros nutricionales y de autoestima que pueden suponer seguir la moda de la ropa ajustada para muchas mujeres y, especialmente, para aquellas con sobrepeso u obesidad.

expertos-peligros-autoestima-nutricionales-ajustada_999811394_122219338_667x375«La experiencia en consulta nos revela que en época de rebajas las mujeres con sobrepeso u obesidad se muestran más susceptibles y descontentas con su físico, debido a la insatisfacción de cómo les queda determinado tipo de ropa», ha explicado el nutricionista y portavoz del IMEO, Rubén Bravo.

Se trata de la moda «no apta para gorditas» y la desesperación para entrar en un vestido en pocos días para asistir a una boda, cita o evento, impulsa a las representantes del sexo femenino a probar métodos raros y dietas ‘milagrosas’ a ciegas, sin pensar en las secuelas negativas que pueden dejar rastro en su salud, metabolismo o equilibrio emocional y vital.

«Es un problema complejo que va más allá de la moda y las apariencias», han señalado los expertos del IMEO y con el fin de aclarar dudas sobre el tema, ofrecen algunas pautas como solución a nivel nutricional y psicológico.

Y es que, tal y como han recordado, cada vez más consumidoras se preguntan ¿es la ropa la que se debe adaptar a las personas o a la inversa?. En este sentido, en Estados Unidos han solucionado el asunto, aumentado con varios tamaños el patrón establecido en los años 50, porque se había quedado anticuado para el siglo XXI donde el 67 por ciento de la población femenina, unas cien millones de americanas, lleva una ropa de talla grande ‘plus size’.

EL TALLAJE ACTUAL NO REFLEJA LAS MEDIDAS REALES DE LAS MUJERES

El tallaje que se usa actualmente en España se basa en estudios de los años 70 y no refleja las medidas reales del colectivo femenino, donde un 44, 7 por ciento de las mujeres de 18 y más años está por encima del peso considerado normal. No obstante, predomina la tendencia de hacer la ropa cada vez más pequeña y muchas consumidoras se quejan de que ya no entran en su talla habitual, manteniendo el mismo peso.

Si se compara España con los países vecinos, se observa que una talla 42 española equivale a una 40 alemana, una 42 francesa y una 46 italiana. En este contexto, los expertos han avisado de que «no es de extrañar» que muchas multinacionales y tiendas ‘on line’ que se dedican a la venta de ropa de mujer utilizan el tallaje alemán: hace que sus clientas se sientan más delgadas al saber que utilizan una talla menor.

«El hecho de que se lleva una talla superior a la habitual, de tamaño especial o grande, puede acarrear serios problemas de autoestima en la mujer y en adolescentes puede derivar en algún trastorno de la alimentación», ha añadido la psicóloga experta en obesidad y conducta alimentaria del IMEO, María González.

En el contexto de las rebajas, prosigue, se suman otras variables de igual importancia como, por ejemplo, tener que enfrentarse a los probadores tras el periodo navideño, cuando se producen más sobreingestas y rupturas de la rutina de actividad física, que podrían estar en la base de mucha toma de decisiones en cuanto a iniciar una dieta o cambio físico.

«La autoestima es la valoración que hacemos de nosotros mismos sobre la base de las sensaciones y experiencias que hemos ido incorporando a lo largo de la vida. Esta autovaloración es muy importante, dado que de ella dependen en gran parte la realización de nuestro potencial y logros personales», ha explicado González.

Es un conjunto de percepciones, pensamientos, evaluaciones y tendencias de comportamiento dirigidas hacia nosotros mismos, hacia nuestra manera de ser y de comportarnos, y hacia los rasgos de nuestro cuerpo y carácter. Por lo tanto, puede afectar a la manera de estar, de actuar en el mundo y de relacionarse con los demás.

En concreto, el problema estriba cuando se sostiene el pilar de la autoestima únicamente en un rasgo físico, en una cifra, en una talla, en este momentos entran en juego las distorsiones cognitivas de generalización o abstracción selectiva, ya que no hay datos objetivos que nos muestren una misma talla en cuerpos idénticos y depende de más variables como la constitución de cada persona, la distribución de la grasa corporal o la altura.

«Lo saludable para nuestra autoestima seria entender que las tallas no clasifican la belleza o salud del cuerpo femenino, sino un mero tallaje textil, que varía según el país y la marca comercial, con lo cual dirijamos la atención a la prenda y como se adapta a nuestra silueta y no a la cifra numérica», han apostillado los expertos.

Finalmente, prosiguen, en el mundo de la moda también hay una tendencia de vuelta al corsé con el fin de estilizar aún más la línea. «Llevar una faja o moldeador de cuerpo no es malo desde un punto psicológico, siempre y cuando estas prendas se utilicen como un instrumento para complementar una prenda y se busca un resultado más estético», ha zanjado la psicóloga.

Los 500 kilos de la mujer más obesa del planeta

Un médico indio costea el viaje y el tratamiento de la egipcia Iman, postrada desde hace dos años en una cama

El Mundo, por Francisco Carrión

La muejr más obesa está en Egipto y pesa 500 kilos
La muejr más obesa está en Egipto y pesa 500 kilos

Desde hace dos años Iman Ahmed Abdelati vive postrada en la cama, con su voluminoso cuerpo atrapado entre los pliegues de las sábanas. «No hace nada. Se pasa los días mirando al techo o al televisor. Es una niña de 500 kilos«, relata a EL MUNDO Shaima, una ingeniera que sacrificó su trabajo para cuidar de su hermana.

Es mediodía y la brisa del Mediterráneo se cuela por los ventanales del apartamento que Iman, de 35 años, ha convertido en su lugar de retiro. «Fue mi primera hija. Di a luz en casa. Al nacer ya nos dimos cuenta de que su peso no era normal. Sobrepasaba los cinco kilos y medio», rememora Um Iman, madre de la mujer que esconde su peso bajo el edredón en la estancia contigua. «Cada vez que acudimos a ayudarla o que tenemos que cambiarla de posición es como desplazar un coche», se queja la anciana.

Iman ocupa los desvelos de la familia. Un trastorno hormonal la ha ido condenando al aislamiento. «Mis padres la llevaron a varios doctores. Descubrieron que tenía una disfunción endocrina y le recetaron un medicamento que empezó a tomar cuando apenas tenía un año y medio», comenta Shaima, que guarda aún las fotografías de la infancia en las que Iman juega con sus amigas. «Era una chica muy simpática. Le gustaba reír. Cuando necesitabas cambiar de humor acudías a ella. Era capaz de alegrarte el día con un par de palabras», evoca su hermana.

Los kilos que en las últimas décadas ha ido sumando y su quebradiza salud han extraviado aquel carácter y cancelado su contacto con el exterior. Ni siquiera pudo terminar la primaria. «Hasta los 12 años -detalla- caminaba sin grandes dificultades. Luego las piernas empezaron a fallarle y comenzó a moverse por la casa con rodillas y manos. Hubo una temporada que con el ejercicio llegó a perder 50 kilos para sorpresa de los doctores que la examinaban».

Hace dos años, sin embargo, la báscula se desbocó. «Sufrió un derrame cerebral. Ni siquiera éramos capaces de trasladarla a un hospital. Pesaba más de 300 kilos y no había clínica que quisiera aceptarla. Decían que no tenían medios para tratarla», lamenta Shaima mientras vigila a su hija, que corretea por el salón del apartamento familiar. A pesar de los contratiempos y las negativas, Iman consiguió sobrevivir al trance. Permaneció dos semanas en la unidad de cuidados intensivos de un hospital alejandrino y regresó a casa transformada por las secuelas. «Ha perdido toda la movilidad en la parte derecha del cuerpo y habla con mucha dificultad. Balbucea palabras que sólo entendemos quienes estamos siempre con ella», reconoce su hermana.

Durante algún tiempo Iman siguió moviéndose por el hogar «reptando con el vientre» hasta que a principios de este año una obstrucción linfática suspendió sus últimos y limitados movimientos. «Ahora pesa 500 kilos y no hay médico que quiera venir a visitarla. Lo máximo que hemos conseguido es que alguno acepte que, cuando tiene dolencias, le enviemos fotografías y nos recete el medicamento», agrega Shaima. Iman, colocada en un colchón sobre el suelo, asiente sin musitar palabra. «Habla poco pero, por ejemplo, cuando mi madre sale a comprar, la llama y le pide lo que necesita. Come muy poco. Al mediodía algo de pan, huevos o queso y no cena nunca».

14812158251375«Los especialistas -admite Shaima- que la han visto confirman que es un caso excepcional no sólo en Egipto sino también fuera. Nadie entiende cómo puede sobrevivir con este peso«. El drama de Iman es una rareza en un país de 90 millones de almas que, no obstante, en la última década ha pulverizado los registros sanitarios. Según una encuesta de la Organización Mundial de la Salud, el 62,2% de los egipcios padece sobrepeso. De ellos, el 31,1% pueden ser catalogados como obesos. La infancia tampoco escapa a la lacra que recorre las calles del país más poblado del mundo árabe. El 32% de los menores de edad sufren obesidad. Una dieta a base de carne, carbohidratos y azúcar acompañada de escaso ejercicio físico han convertido el peso en un problema de salud pública que, sin embargo, recibe aún escasa atención.

Hastiada por la falta de ayuda, la familia de Iman reclamaba a las autoridades egipcias que se hicieran cargo de los cuidados de la treintañera hasta que una llamada desde la India se cruzó en su camino. «El caso llegó a oídos de un médico indio que se puso en contacto con nosotros. Tras la ayuda de la ministra de Exteriores india, hemos conseguido visado para viajar a Bombay donde recibirá tratamiento«, replica feliz la hermana.

En declaraciones a la BBC, el cirujano hindú Muffazal Lakdawala explica que será sometida a una operación para reducir un peso que el facultativo achaca principalmente a un linfedema, un edema originado por la obstrucción en los canales linfáticos del organismo. «Tendrá que permanecer entre dos y tres meses en Bombay para la cirugía y el tratamiento antes de regresar a casa, pero necesitará dos o tres años para que el peso de su cuerpo baje de los 100 kilos». «Espero poder ayudarla pero no diré que estoy seguro porque sería una exageración», confiesa.

La repentina ayuda es un rayo de esperanza para su progenitora, cansada de librar batalla. «Es cada vez más difícil moverla, cambiarla de ropa y curar las heridas que le ocasionan el peso y la falta de movimiento. Yo siento que no puedo hacer más por socorrerla. Necesita atención continua. A veces pierde la consciencia y en otras ocasiones imagina cosas«, murmura.

Las desesperadas súplicas llegaron hasta el presidente egipcio, Abdelfatah al Sisi, y los despachos del todopoderoso Ejército egipcio, propietario de una prestigiosa y elitista red de hospitales. «Hace unas semanas varios médicos de las fuerzas armadas vinieron a verla. El Estado jamás se ha encargado de ella. Ni siquiera nos facilitan los trámites más leves», replica Shaima, que acaricia ahora el objetivo de que su hermana viaje al extranjero para recibir tratamiento. «Sueño con que algún día pueda curarse y vuelva a caminar, como cualquier otra persona».

El dulce navideño que menos engorda es este

Aprende a distinguir entre mazapanes, peladillas, turrón, mantecados o polvorones en función de su carga calórica y sus nutrientes

AS, por Estefanía Grijota

1482239230_978440_1482241269_noticia_normalEstamos en la época del año en la que tanto comidas como cenas destacan por su suntuosidad. Las sobremesas tienden a alargarse hasta el momento del café, que viene acompañado de los típicos dulces navideños: turrones, mantecados, polvorones, mazapanes, peladillas, hojaldrinas… Llega la hora de elegir qué degustar y, aunque, en principio, esto no debería suponer un problema, puede que si eres de los que se cuidan, no quieras saltarte la dieta por muchas bandejas de polvorones que pasen por delante te tus ojos. Entonces, ¿por cuál de todos decantarse? La Base de Datos Española de Composición de Alimentos (BEDCA) recoge un análisis exhaustivo de la cantidad de grasas, hidratos de carbono y nutrientes de la composición de cada uno.

1. Turrones

El turrón es uno de los dulces más típicos en Navidad, sobre todo el duro y el blando. El Consejo Regulador del Turrón de Jijona hace esta distinción entre los de calidad suprema, la más alta:  deben tener un 60% de almendra como mínimo en el turrón de Alicante (el conocido como “duro”) y un 64% en el de Jijona (el “blando”). Lo positivo de este dulce es que no contiene grasas de origen animal como el polvorón; sin embargo es hipercalórico y, además, presenta un alto contenido en azúcar y miel. Por cada 100 gramos de producto, el contenido energético es de 533 kcal aproximadamente, con 31 g de grasas y 46 g de hidratos de carbono. Pese a todo, el doctor Adelardo Caballero, director del Instituto de Obesidad (IOB), destaca lo positivo del turrón: “Contiene una gran fuente de vitamina E, la cual favorece la circulación”, comenta.

2. Mantecados y polvorones

La manteca, ingrediente estrella del mantecado, contiene casi un 100% de grasa, y el polvorón, un 55% del mismo componente: con ese dato la decisión entre estos dos dulces ya estaría tomada. Andrea Marqués, nutricionista experta en gastronomía del Instituto Médico Europeo de la Obesidad (IMEO), especifica que aunque al polvorón se le añade una cantidad extra de azúcar, siempre es más ligero que el mantecado. “Este lleva más grasa y el polvorón más harina y no se debe olvidar que, además, la grasa de la manteca de cerdo es una grasa saturada. Son muy calóricos (500 Kcal/100 g)”, explica.

A pesar de sus altos índices de calorías, la experta destaca sus beneficios. “Son dulces elaborados a base de manteca de cerdo, que es baja en sodio y azúcar, harina, que es rica en vitamina E, fibra, zinc, vitaminas del complejo B y fósforo, azúcar y aceite de oliva, rico en vitaminas A, D, E, K», matiza. En concreto el zinc es importante para crear las moléculas que componen el sistema inmunitario y por su papel antioxidante. También es fundamental para la formación y la estructura de la piel.

3. Mazapanes y peladillas

Los mazapanes son una mezcla de almendras, patata y azúcar. Y aunque existen mazapanes sin almendras, los clásicos poseen más proteínas y fibra que los mantecados, por lo que a pesar de la cantidad de azúcares que contienen, resultan más saludables que estos. Por cada 100 g de producto el contenido energético es de 500 kcal aproximadamente, siendo la composición en grasas de 25 gramod e hidratos de carbono 59 g, de los cuales azúcares sencillos contienen 49 g.

Las peladillas se fabrican a base de almendras confitadas con azúcar. Como tienen un alto contenido en azúcar, también son bastante calóricas (150 Kcal) pero es cierto que nunca tomamos más de una ración de 30 gramos. “Entre sus micronutrientes podemos destacar el calcio, el magnesio o la vitamina E, presentes en el fruto seco”, expone Caballero. El calcio está relacionado con la función de los huesos, los músculos y los dientes, así como con la función nerviosa, la contracción muscular y la coagulación sanguínea.

4. Hojaldrinas

Los ingredientes principales de las hojaldrinas son de nuevo, la grasa —que puede ser manteca de cerdo o mantequilla— y la harina de trigo. Además, contienen mucho azúcar. Sus propiedades nutricionales son similares a las de los mantecados y polvorones: contienen grasa saturada y aportan también unas 500 Kcal/100 g, por lo que a la hora de escoger un dulce lo más acertado sería decantarse por los mazapanes y las peladillas. “Su valor calórico es un poco menor que en el resto de los dulces navideños y al no contener grasa como ingrediente base evitaremos las grasas saturadas que contienen el resto de dulces”, concluye la nutricionista.

El impuesto sobre bebidas azucaradas, ¿oportunismo o lucha contra la obesidad?

  lainformacion.com por Luis Díaz

botellas-coca-cola-getty-images_978812681_118482692_667x375El pasado viernes, tras el Consejo de Ministros, Cristóbal Montoro anunció que esperan cuadrar las cuentas recaudando 4.650 millones de euros más gracias a la reforma de Sociedades y a las subidas de los impuestos del alcohol, el tabaco y las bebidas azucaradas. Sobre los dos primeros, se espera un incremento de su gravamen del 2,5% en los cigarrillos, de un 6,8% en el tabaco de liar y de un 5% en el alcohol.

En cuanto al que afecta a las bebidas azucaradas, se desconoce el porcentaje, pero se supone que servirá para ingresar 200 millones durante 2017. El ministro de Hacienda aseguró que el impuesto, inédito en España, se justifica por «motivos de salud». Pero nunca llueve a gusto de todos. Desde la Asociación de Bebidas Refrescantes (ANFABRA), que en España reúne a PepsiCo, RedBull o The Coca-Cola Company entre otras, se calificó como «injusto ydiscriminatorio» el próximo impuesto.

Aseguran que no han recibido ni una llamada del Gobierno para alcanzar un acuerdo. «El sector se ha enterado a través de las informaciones publicadas en los medios de comunicación», apuntan. Asimismo, afirman que estas medidas «no son eficacespara resolver problemas de salud ni para cambiar hábitos de consumo» y que la principal perjudicada será la recuperación del consumo.

También la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU) ha mostrado su rechazo hacia el impuesto. Subrayan su desconfianza hacia el impuesto alegando que no posee «un verdadero interés por la salud del consumidor» y parece tener «afán recaudatorio». Reclaman un 10% menos de azúcar en éstas bebidas y más información en el etiquetado, pero no subidas. Desde ANFABRA aseguran que esa reducción «ya ha alcanzado un 23% en los últimos 10 años». La OCU cree que al pagar «apenas unos céntimos de más» no se desincentivará el consumo ni se gastará lo recaudado «en campañas para la promoción de hábitos saludables».

El impuesto es común en muchos países

El gravamen en las bebidas azucaradas es usual en países de condiciones socioeconómicas similares a la española. Por ejemplo, Francia incorporó una tasa para las bebidas azucaradas en el año 2012 que gravaba entre tres y seis céntimos el litro. México tiene una tasa del 10% por litro desde 2014. Irlanda y Reino Unido planean que entre en vigor una tasa sobre las bebidas carbonatadas en 2018. Ecuador, Egipto, Finlandia o Hungría también cuentan con tasas similares. En Cataluña, también se había hablado de aplicar una tasa especial sobre las bebidas azucaradas. En su caso, la Generalitat habló de unos 8 o 12 céntimos por litro.

México, que es uno de los países con mayor porcentaje de obesos -un 32,4% de los mexicanos adultos son obesos, sólo superados los estadounidenses (35,3%)-, vio como a lo largo de 2014 las ventas de éstas bebidas cayeron un 12% en ese mismo año. Pero al ser un impuesto indirecto, que grava a todos por igual, los que más redujeron sus compras fueron los grupos socioeconómicos más bajos.

Cristóbal Montoro aseguró que la idea es luchar contra enfermedades que nacen tras abusar de éste tipo de bebidas, como la obesidad y la diabetes, pero las peticiones de Bruselas pululan por el aire. Tras el incumplimiento del objetivo del déficit, las autoridades europeas pidieron a España realizar un ajuste de 5.000 millones. Por lo que 200 millones extra no vienen del todo mal.

Si bien es cierto que las empresas distribuidoras de éstas bebidas no están exentas de sospechas. Hace unos meses, un informe de la Universidad de Boston, publicado por la American Journal of Preventive Medicine,aseguraba que tanto The Coca-Cola Company como PepsiCo gastaron millones de dólares para financiar estudios que limpiasen su imagen.

Se sabe que cada lata de refresco tiene unos 40 gramos de azúcar. Lo recomendado por la Organización Mundial de la Salud (OMS) son 25 al día. Casi 100 organizaciones científicas y médicas, además de universidades, recibieron entre 2011 y 2015 financiación de las grandes competidoras del mercado de las azucareras. Las empresas de refrescos buscaban» mejorar su imagen y «neutralizar potenciales leyes que les perjudican», aseguraban los autores.

La OMS pide un incremento del 20% en las bebidas azucaradas

La Organización Mundial de la Salud ha alertado en reiteradas ocasiones de los riesgos relacionados con la obesidad para el futuro de los países desarrollados. Para 2030 calculó que en España habría un 70% de españoles con sobrepeso y un 30% obesos. Que las muertes producidas por enfermedades cardiovasculares sean una de las principales causas de muerte se explica por los malos hábitos alimenticios y vida sedentaria.

Lo mismo ocurre con la diabetes, una de las enfermedades crónicas que más ha aumentado en los últimos años que se vincula a las dietas que abusan del azúcar. En España ya afecta a 5,3 millones de personas, según la Sociedad Europea de Diabetes. La OMS estima que para 2030 la diabetes será la séptima causa de muerte en el mundo.

Motivo por el que la OMS recomendó a los Gobiernos el pasado mes de octubre, coincidiendo con el Día Mundial contra la Obesidad, aumentar un 20% los impuestos sobre las bebidas azucaradas para reducir su consumo. Asegurando que «Nutricionalmente la gente no necesita ningún tipo de azúcar en su dieta».

«El consumo de ‘azúcares libres’, incluyendo las bebidas azucaradas, es un factor importante del aumento global del número de personas que sufren de obesidad y diabetes. Por ello, si se aumentan los impuestos sobre estos productos se podrán salvar vidas, reducir los costes sanitarios y aumentar los ingresos para revertirlos en los servicios de salud», señaló el director del departamento de la OMS para la prevención de las enfermedades no transmisibles, Douglas Bettcher.

Bebidas endulzadas con aspartamo pueden empeorar la obesidad

Esto incluye muchos refrescos ‘light’
Un equipo de médicos del Hospital General de Massachussets, en Estados Unidos, ha descubierto que las bebidas light, que no llevan azúcar, pueden igual contribuir a la obesidad.

El Siglo de Durango
547854Los refrescos light sustituyen el azúcar por un edulcorante llamado aspartamo, derivado de dos aminoácidos: el ácido aspártico y la fenilalanina. La Organización de Alimentos y Agricultura de Naciones Unidas lo considera un alimento seguro y establece una dosis máxima diaria de 40 miligramos por kilo de peso corporal.

Sin embargo, estos investigadores han descubierto que el aspartamo tiene un efecto inhibidor sobre la fosfatasa alcalina intestinal, que es una enzima con propiedades anti inflamatorias que trabaja en el intestino y, se cree, previene la obesidad.

Se hicieron pruebas con ratones en donde un grupo bebía agua normal y otro agua edulcorada con aspartamo. Cuando la dieta subió en grasas, el segundo grupo comenzó a ganar peso con más rapidez, aumentando también sus niveles de azúcar en la sangre y presión arterial.

El doctor Richard Hodin, quien encabeza el estudio, señala: “Los sustitutos del azúcar como el aspartamo están diseñados para promover la pérdida de peso y reducir la incidencia del síndrome metabólico, pero un número de estudios clínicos y epidemiológicos sugieren que estos productos no funcionan muy bien y que, de hecho, pueden empeorar las cosas”.

Gordofobia. ¿Quién no ama a estas mujeres?

Se rompe el silencio sobre el castigo social a la gordura. En las redes, activistas y blogueras visibilizan sus cuerpos, y sus argumentos, tratando de hacerse comprender y querer.

Mujer hoy, por Elena de los Ríos

gordofobiaUn fantasma recorre las conversaciones de las mujeres de medio planeta: el miedo a engordar. No hay día en el que las pizpiretas periodistas de la radio, cincuentañeras risueñamente aterradas, no comenten lo que comen o dejan de comer para evitar la maldición de los kilos de más. En la televisión mañanera, unas se felicitan a las otras por su delgadez, mientras diseccionan en directo la vida de una colega antaño escultural y hoy sepultada por la «vergüenza» de estar gorda y viva a la vez (qué poco nos queremos las gordas las unas a las otras, al menos en el universo de Carlota Corredera y Terelu Campos).

No dejamos de hablar de dietas ni cuando comemos. De hecho, en enero de 2016 supimos que las conversaciones que monopolizaron Twitter durante las navidades fueron la resaca y el miedo a engordar. Recientemente, se ha bautizado una nueva patología, la pregorexia, que designa al trastorno que sufren las embarazadas que se empeñan en no engordar: un 30% de ellas. Y las estadísticas dicen que si las mujeres españolas siguen fumando es, en realidad, por no coger peso.

Pero ¿por qué? ¿Qué causa en estas mujeres tal angustia, digna de Munch y su espeluznante grito? ¿Qué significa tanta conversación alrededor de sus cuerpos, de los cuerpos que desearían o de los cuerpos de sus amigas y conocidas? En realidad, reaccionan a la creciente presión social sobre los cánones estéticos, un repertorio de normas aplicado implacablemente a las mujeres para su mejor sometimiento, como explica Naomi Wolf en El mito de la belleza (Ed. Salamandra). Y en su huida hacia la bella delgadez, en su incesante expresión de horror ante los kilos, nos convierten a las que no nos ajustamos a la norma en la viva encarnación de todo lo que la sociedad desprecia y hasta le asquea.

«Está tremenda» y otros insultos…

Gordofobia no es solo que te griten «¡Adelgaza!» por la calle, un hecho puntual, una anécdota, un imbécil que dice con mala educación lo que otros piensan. Gordofobia es ese medio ambiente social en el que los kilos de más te convierten automáticamente en un lugar indeseado. Magda Piñeiro, fundadora de Stop Gordofobia y autora de Stop Gordofobia y las panzas subversivas habla de la «hipervisibilidad invisible» de los gordos: «No existimos y vivimos en soledad. Y esta invisibilidad alimenta el hecho de que, cuando nuestra hipervisibilidad se hace visible en algún sitio, seamos los seres extraños, raros, señalables, susceptibles de exclusión. Por eso creo que esto es una nueva forma de racismo.

La delgadez copa todos los espacios, como siempre lo hizo la piel blanca, mientras eran invisibilizadas las personas negras, sus costumbres, sus deseos, sus vidas, y el maltrato, la violencia y la humillación a la que siempre fueron (y lamentablemente siguen siendo) sometidas». Lo cierto es que engordar provoca hoy más censura social que, pongamos, defraudar a Hacienda.

Ser curvy…

  1. Ser curvy es una actitud.
  2. Una curvy no busca aprobación, confía en su belleza.
  3. Una curvy no sigue la moda, la inspira.
  4. La sonrisa de una curvy es un arma de seducción masiva.
  5. Una curvy no necesita ser un ángel, es una diosa.
  6. Una curvy no hace ejercicio, se esculpe.
  7. Una curvy rompe moldes.
  8. Una curvy sabe lo que importa.
  9. Una curvy es una curvy.

Entrar en la categoría de gordo o gorda aniquila directamente tu capital erótico, definido por la socióloga Catherine Hakim como «un activo personal que aúna belleza, atractivo sexual, vitalidad, saber vestirse bien, encanto, don de gentes y competencia sexual». Se requiere mucho dinero, mucho poder o mucho talento para que un gordo o una gorda alcance relevancia social. Por ejemplo: pensemos cuántos gordos y gordas encontramos en la primera fila de nuestros partidos políticos. Un estudio de la universidad John Hopkins reveló que los médicos de Estados Unidos se sienten menos identificados con los pacientes obesos y la comunicación en consulta es peor.

Además, los doctores pasan menos tiempo con ellos y les piden menos a pruebas diagnósticas, porque conectan sus dolencias con la obesidad. De hecho, los médicos disfrutan menos de su trabajo conforme sube el peso de sus pacientes. En otros países, como Gran Bretaña, incluso se está estudiando excluir de las operaciones quirúrgicas a obesos y fumadores. De hecho, ya se está negado intervenciones en rodillas o caderas a pacientes con sobrepeso. ¿Porque se les considera culpables?

Lo que aquí está en juego es el estereotipo de la gordura, una reducción al absurdo que es impugnada desde las redes por activísimas blogueras como Valerie Sagun o Jessamyn Stanley, que demuestran que el sobrepeso no está reñido con el ejercicio físico o el yoga, y que se puede ir sobrada de kilos y de salud. El cliché ordena que las gordas seamos vagas, glotonas, descuidadas, sin voluntad ni amor propio y con una salud en riesgo. «La gordura es una enfermedad mental», se atrevió a decir Mario Vargas Llosa en un arranque de empatía. Sin embargo, los expertos confirman que el fenómeno va mucho más allá de una cuestión de autocontrol.

La nutricionista Mónica Moll admite que «se simplifica sobremanera el asunto, como si estar gordo fuera como ser miope y tuviera una solución estándar», y añade que existen casi tantas causas de la gordura como gordos: «Los kilos pueden tener origen endocrino, genético, psicológico, cultural, educacional, deberse a accidentes o discapacidades, a medicaciones…». El estudio La estigmatización social de la obesidad (2014) concluye que es imposible luchar contra un fenómeno global de causas tan complejas sin tener en cuenta el prejuicio y el sufrimiento que produce, sobre todo en las mujeres. «La estigmatización no solo exacerba las desigualdades sino que interfiere con los esfuerzos eficaces de intervención de la obesidad», dice el citado estudio.

Ninguneadas y condenadas

  • En el trabajo. Su empleabilidad, posibilidad de ascenso y remuneración se ven comprometidos por los prejuicios en torno a la gordura: cansancio, debilidad moral, falta de autocontrol… Según un estudio de la Universidad de Exeter, si una mujer pesa 6,3 kilos más de lo esperable, ganará desde 1.700 euros menos al año.
  • En la calle. Aumentan los insultos públicos y la denigración cotidiana con burlas y acoso, por la percepción de los cuerpos gordos como inferiores. Los casos de bullying en los colegios han aumentado en e último año un 75%, muchos dirigidos a niños gordos.
  • En los medios. Abunda la representación negativa, con gordos y gordas en roles menores asociados a la vejez, el trabajo doméstico y la maternidad. Además, gorda es sinónimo de fea, de persona menos exitosa, menos inteligente y feliz.
  • En la vida personal. Las mujeres con obesidad desde la infancia a la etapa adulta, no solo tienen la mitad de probabilidades de tener un empleo remunerado, sino también de tener pareja (según el estudio La estigmatización social de la obesidad, de Domingo Bartolomé, publicado en Cuadernos de Bioética). En cambio, en los hombres, la obesidad continuada no se asoció con ningún resultado adverso.
  • En la alimentación. Un reciente estudio del Instituto Médico Europeo de la Obesidad (IMEO) ha desvelado que se incrementa más la obesidad en las mujeres porque son ellas las que presentan las mayores tasas de desempleo, con el consiguiente consumo de productos más baratos y menos nutritivos.

Bellas, gordas, visibles

En los últimos tiempos, cada vez más marcas y revistas de moda cuentan con blogueras como Nadia Aboulhosn o Callie Thorpe. ¿La idea? Apoyar la visibilidad de cuerpos diversos como una manera de representar y atraer a más lectoras. De hecho, arrastrada por las compradoras y contra todo pronóstico, la moda se está convirtiendo en el espacio donde mejor se empiezan a visibilizar las mujeres con kilos.

A las consabidas Asos, Violeta by Mango, H&M, Persona o AD de Adolfo Domínguez, se unen firmas como Anna Scholz, Universal Standard o Fiorella Rubino. Solo Inditex permanece incomprensiblemente impermeable a la demanda global de una ampliación de sus tallas, con pocas prendas que llegan a la XXL en el catálogo de Zara. Pero, más allá de su visibilidad, la glotonería -caballo de batalla de los gordos y las gordas-, vive un proceso de politización imparable impulsado por estudios e investigaciones que denuncian las mentiras y malas prácticas de la industria alimentaria.

El retrato que poco a poco va imponiéndose acerca de porqué más del 40% de las personas en Occidente presenta algún sobrepeso -con países como el nuestro, con una tasa del 21,6% de obesos y del 39,3% de sobrepeso-, tiene mucho que ver con la correlación entre la (creciente) pobreza, cero educación en hábitos alimenticios saludables y acceso únicamente a alimentos de baja calidad. De hecho, aquí se cierra un segundo círculo vicioso que atenaza a la gordura: el de la adicción. La hormona leptina que ha de comunicar la saciedad al cerebro no hace su trabajo porque es inhibida por el azúcar. De esa forma, el «hambre eterna» del gordo se mantiene gracias a la industria de los refrescos y los alimentos baratos del supermercado, a rebosar de azúcar y grasas saturadas.

La complicidad de la industria

Cuando Michelle Obama decidió emprender una cruzada contra la obesidad infantil tuvo que dar marcha atrás de su intención inicial de cuestionar los refrescos gaseosos y la comida rápida, y centrarse solo en la promoción del ejercicio físico. ¿La razón? La todopoderosa industria alimentaria puso sus lobbies a trabajar… Pero para perder peso los estudios dicen que no es suficiente con el deporte; es necesario cortar con los productos ricos en azúcar y grasas. Pero el de la comida basura no es el único sector que necesita a los gordos, también la industria de las dietas.

Solo en España, adelgazar genera 2.000 millones de euros al año de beneficios. La gordura es rentable para muchos y, a la vez, el signo de un tiempo marcado por la ansiedad. En la presentación de ‘La cara oscura del capital erótico’ (Akal), un estudio sociológico sobre el valor de los distintos cuerpos en el mercado, su autor, José Luis Moreno Pestaña, explicaba: «Es muy difícil mantener pautas corporales de élite en condiciones de estrés laboral angustioso», de ahí que sean las personas con menos recursos las que acaben cediendo a la obesidad o lleguen a realizar prácticas de riesgo para su salud con tal de evitar al monstruo de los kilos.

«La herramienta fundamental que encuentran muchas de estas personas son restricciones vecinas de la patología», explicaba este profesor de Filosofía en la Universidad de Cádiz, que se atreve a cuestionar «verdades absolutas» de nuestro tiempo: ¿de verdad es posible transformar el cuerpo, tal y como nos exige la norma social? ¿Es pobreza lo que vemos en la obesidad? ¿Es la delgadez otro factor que busca homogeneizar la diversidad natural de los cuerpos? ¿Por qué le dedicamos tanto tiempo y dinero a la belleza física? ¿No es un tiempo que podríamos invertir mejor en otras cosas?

La angustia ante lo femenino

  • La gordofobia, el miedo a engordar o el rechazo a las personas gordas, proviene, como toda fobia, de un mecanismo psicológico que intenta proteger de la angustia. Si ese algo está fuera de mí, en el gordo o la gorda, no me afecta. Yo sí puedo controlarme. Premisa falsa, ya que todos estamos habitados por deseos que en cierta medida nos dominan.
  • Somos mucho más que un cuerpo. Las dificultades con la alimentación constituyen una manera de expresar sentimientos que no pueden ser dichos, emociones que no pueden ser reconocidas o afectos que desde nuestro inconsciente intentan manifestarse. Comer demasiado o no comer puede ser un intento de buscar una solución somática a una tensión interna. Entonces aparecen síntomas (atracones, obesidad, anorexia, bulimia) que pueden restaurar un interior dañado.
  • ¿Por qué apenas se rechaza la extrema delgadez y sí los kilos de más? ¿Qué representa estar gordo o gorda? El cuerpo femenino tiene curvas y las curvas excesivas se rechazan. Entonces la mujer, tomada solo como un cuerpo, cosificada, se tiene que adaptar a la moda. Se la pide que sea como un falo, sin curvas, sin feminidad. Se la constriñe.
  • La obesidad se está convirtiendo en un problema. Quizá en algunas sociedades tenemos más recursos materiales, pero menos psíquicos, estamos más estresados o frustrados. El acto de alimentarse está íntimamente ligado, desde los primeros momentos de la vida, a la construcción de las emociones. Podemos intentar compensar, con excesos o defectos de la comida, un vacío insoportable, más ligado a necesidades psíquicas que biológicas. Mientras el peso del cuerpo invada nuestro interés, no se pone palabras a otro tipo de peso que aplasta el ánimo, no nombramos los deseos, no nos hacemos dueñas de nuestra vida, colocándonos en el objeto de deseo «delgado» del otro. En este siglo las mujeres, estamos intentando consolidar nuestras conquistas. ¿Es posible que el camino hacia una vida más plena haya que pagarlo con la insatisfacción por unos kilos? ¿Es lo femenino lo que angustia?

La ciudad obesa que declaró la guerra a la obesidad

Oklahoma ha perdido 450.000 kilos de grasa gracias a la iniciativa de su alcalde, que primero acumuló peso y luego se embarcó en una cruzada por la vida sana y cambió la fisonomía de su ciudad

El País, por Ian Birrel
1478166139_873883_1478264798_noticia_fotogramaCuando Velveth Monterroso llegó a Estados Unidos desde su hogar en Guatemala, pesaba exactamente 63,5 kilos. Pero después de una década en Oklahoma había engordado casi 32 kilos y, a sus 34 años, tenía problemas de diabetes. Esta simpática mujer, madre de dos niños, es la prueba viviente de que la cultura de la obesidad es la maldición del país más rico del mundo. “En Guatemala es raro ver gente con sobrepeso, pero aquí es todo lo contrario”, dice. “Lo percibí en cuanto llegué”.

Nada más llegar a Estados Unidos empezó a engordar: una media de tres kilos al año. En Guatemala comía mucha verdura porque la carne era cara. Pero en su trabajo de cocinera en un restaurante de Oklahoma City, de ocho de la mañana a once de la noche, solía saltarse el desayuno y la comida mientras pasaba el día picoteando trozos de pizza y de hamburguesa. De vuelta a casa en el coche solía recurrir a la comida rápida porque tenía hambre y estaba agotada tras deslomarse durante 15 horas sobre una parrilla al rojo. Si ella y su marido Diego –también cocinero- no paraban antes en algún sitio, solían zamparse lo que encontraran en casa, en lugar de preparar algo decente.

Su estilo de vida no se volvió más saludable tras dejar de trabajar hace ocho meses, cuando tuvo a su segundo hijo. Estaba cansada y su familia la animó a que tomara mucho atole –una bebida dulce a base de maíz, muy popular en Centroamérica- para recuperarse durante la lactancia de su nueva criatura, Susie. El nivel de azúcar en su cuerpo se disparó, y además de obesa se volvió pre-diabética.

La vida de Velveth cambió –y se salvó probablemente- cuando llevó a Susie a una revisión médica y entró en un programa para poner freno a la obesidad. Ahora toma comida rápida solo una vez por semana, se hace más verdura, ha reducido el número de tortillas en el almuerzo y sube y baja todos los días, durante veinte minutos, un tramo de escaleras. Aunque todavía tiene sobrepeso, en cuatro meses ha perdido 7 de esos kilos que ha cogido en Estados Unidos. “Todos mis amigos están impresionados”, me dice con una sonrisa. “Siento que ahora tengo mucha más energía. Puedo hacer la compra y la colada, y bañar a la niña, y no me canso ni la mitad que antes”.

Velveth se ha beneficiado de un empeño extraordinario en frenar la obesidad, pues Oklahoma City ha declarado la guerra a la gordura. Primero el alcalde —al darse cuenta de su propia obesidad mientras una revista identificaba a su ciudad natal como una de las de mayor sobrepeso en América— retó a sus ciudadanos a perder entre todos 450.000 kilos (un millón de libras). Pero ese objetivo era solo el comienzo: este veterano político republicano se enfrentó a la cultura del coche que define el país y pidió a la gente que apoyara una subida de impuestos para financiar una reforma de la capital del estado que tuviera más en cuenta a las personas.

Esto dio lugar a una increíble variedad de iniciativas, entre ellas la creación de parques, aceras, carriles bici y paseos panorámicos a través de la ciudad. En cada colegio se está haciendo un gimnasio. Con el acento puesto siempre en el ejercicio, los responsables de la ciudad invirtieron 100 millones de dólares en crear el mejor complejo de remo y kayak del mundo en una ciudad del Medio Oeste sin ninguna tradición en estos deportes. Se anima, en sus casas y en el trabajo, a la gente con sobrepeso a que cambie su estilo de vida, mientras se estudian las estadísticas para identificar los distritos con los peores datos de salud y así destinar allí recursos para cambiar los hábitos.

Es un experimento excepcional por su ambición, su envergadura y su coste, que lo sitúan más allá de cualquier tentativa en cualquier otra ciudad americana por combatir la gordura. La batalla se está haciendo con —y no contra— los fabricantes de comida rápida y refrescos, confiando en la persuasión en lugar de la coacción, a través de impuestos a los azúcares y la proscripción de la soda. La ciudad ha sido bautizada como el “laboratorio de la vida sana”. Pero lo que hace del experimento algo tan extraordinario es que se lleve a cabo precisamente en Oklahoma.

Y es que la ciudad es uno de los entornos urbanos más extensos del país, con un área de 1.000 kilómetros cuadrados, lo que implica que sus 600.000 residentes dependan por completo del coche. Hay tantas autopistas que bromean con que “te pueden poner una multa por velocidad en hora punta”. No es ya que la ciudad no tuviera un solo carril bici, es que era famosa por albergar la mayor concentración de sitios de comida rápida de América, con 40 McDonald’s entre otros muchos establecimientos. Está asentada en un estado al que se ve como un territorio de vaqueros lleno de okies —como se conoce a los que viven allí— ultraconservadores, retratados para la posteridad en Las uvas de la ira, la novela de los años 30 de John Steinbeck sobre los granjeros pobres que tuvieron que emigrar a causa de las sequías y la pobreza. La economía volvió a desplomarse en los años 80, en plena crisis energética, con cierres de bancos y otra generación de desplazados. Luego vino el espantoso atentado de 1995 que mató a 168 personas.

El hombre que está detrás de esta transformación es Mick Cornett, un ex locutor deportivo de televisión que fue elegido alcalde en 2004. Tres años después, hojeando una revista de fitness, se enteró de que su ciudad tenía el discutible honor de ser la de peores hábitos alimenticios en Estados Unidos y ocupaba uno de los primeros puestos en una lista de las poblaciones más obesas del país. Al mismo tiempo, tras consultar sus propios datos en una web del Gobierno, tuvo que aceptar a regañadientes que sus 100 kilos de peso le convertían en un obeso.

“Esa lista me afectó como alcalde, y cuando me subí a la báscula me afectó personalmente. Siempre he hecho ejercicio y recuerdo haber pensado que no tomaba nada entre comidas, aunque consumía 3.000 calorías al día. En tu condición de alcalde, la gente siempre quiere reunirse contigo, así que era normal tener un desayuno de trabajo, luego una comida con alguien y alguna recepción para la cena. Y en medio puede haber diversas actividades con aperitivos y dulces”.

Cornett reaccionó y empezó a controlar lo que comía y a perder peso. Hoy pesa 18 kilos menos. Pero también se puso a darle vueltas al asunto, preguntándose por qué EE UU vivía ajeno a un problema de esas dimensiones. Por fin se dijo que la explicación estaba en que nadie tenía una solución real para esta crisis. Al mismo tiempo, el alcalde empezó a mirar con otros ojos la cultura y las infraestructuras de su ciudad, y vio hasta qué punto la dependencia del coche había alejado a las personas del disfrute del entorno urbano.

El primer paso fue lanzar un reto a los ciudadanos: que se pusieran, como él, a dieta. Haciendo gala de su talento para la publicidad tras 20 años en televisión, anunció que quería hacer perder a Oklahoma City 450.000 kilos. Lo hizo delante de las instalaciones de los elefantes en el zoo local, en Nochebuena, consciente de la atención que los medios dedicaban a la dieta en los días posteriores a los excesos de las fiestas. Convenció a un magnate de la salud para que financiara una página web informativa llamada This City Is Going On A Diet (Esta ciudad se pone a dieta) y se sintió aliviado al ver, en los días sucesivos, que los periódicos locales apoyaban su campaña y los medios nacionales la elogiaban en vez de reírse de los gordos okies.

Las iglesias organizaban clubes de running, las escuelas analizaban los menús, las empresas celebraban competiciones para perder peso, los chefs en los restaurantes competían por ofrecer platos saludables. Y, lo más importante para el alcalde, la gente de la ciudad hablaba de un problema que se les había empezado a ir de las manos. Aproximadamente uno de cada tres adultos en Oklahoma es obeso, mientras que el estado se encuentra entre los que consumen menos fruta y tienen una esperanza de vida más baja de todo el país. La tasa de diabéticos casi se ha doblado en diez años. Y quizá lo más alarmante sea que más de la quinta parte de los niños entre 10 y 17 años sufre de obesidad y casi un tercio de los niños en edad preescolar tiene sobrepeso.

La doctora Ashley Weedn, directora médica de una clínica especializada en obesidad infantil abierta hace tres años en Oklahoma City, me dijo que veían casos ‘increíbles’ de niños de cuatro años con el colesterol alto. Algunos chavales, solo en refrescos, consumían una cantidad diaria de azúcar cinco veces mayor de la aconsejable. “Incluso nos encontramos con niños de 6 años con los mismos problemas en las articulaciones que suelen padecer las personas mayores por la tensión que soportan sus piernas. Podrían tener que operarse, pues la presión en los huesos produce un crecimiento anormal que a menudo deforma las piernas”.

A pesar de algunas críticas de los médicos, Cornett decidió desde un principio trabajar con la industria alimenticia. Así que el sector de los refrescos patrocina los programas de salud para combatir la obesidad, y el alcalde se fotografió con el dueño de Taco Bell en uno de los locales de la cadena para hacer publicidad del menú bajo en calorías. De hecho, tiene en su despacho uno de los diseños promocionales y me lo mostró orgulloso al recibirme. “Incluso cuando estaba perdiendo peso solía ir a algún restaurante de comida rápida, aunque solo me tomara un burrito de alubias sin crema agria”, me dijo. “No podía impedir que le gente acudiera a esos sitios, pero sí podía intentar que fuera más razonable con lo que pedía. No puedes cambiar de arriba abajo lo hábitos de la gente”.

En enero de 2012, la ciudad logró perder los 450.000 kilos propuestos por el alcalde: las 47.000 personas que se habían apuntado al reto perdieron una media de 9 kilos cada una. Un logro admirable en una campaña que demostraba su inteligencia para movilizar a la gente. Pero a pesar de toda la publicidad, la ambición de Cornett iba mucho más allá de esa hazaña: ahora quería rehacer su metrópolis, remodelarla para la gente y no para los coches. O, como él dice, “devolver la comunidad a la comunidad”. Y aunque ahora se le vea como un visionario urbano, no tiene problema en admitir que al principio no había ningún ‘gran plan’.

Oklahoma City no ha dejado de expandirse desde que se fundó por medio de un “acaparamiento de tierras” en 1889, cuando miles de colonos salieron a la carrera para marcar su territorio. Como la mayoría de las ciudades de Estados Unidos, está atravesada por el estruendo de autopistas de varios carriles y diseñada para los coches. Apenas se tuvo en cuenta ni a los peatones ni a los ciclistas, y había pocas aceras y ningún carril bici. Cuando Cornett inició el primero de sus cuatro mandatos –todo un récord- como alcalde en 2004, la ciudad estaba todavía reponiéndose del colapso financiero de los años 80. Tuvo la suerte de heredar el legado de un predecesor que ya había comprendido la necesidad de crear un entorno más agradable para vivir, un lugar que atrajera a las familias y a los trabajadores, para lo cual  había construido un nuevo canal y recintos deportivos.

Lo que le animó a actuar fue, en cierto modo, otra de esas listas que tanto gustan a las revistas, donde su ciudad natal resultaba ser la peor de todo el país para caminar. Cornett se puso en contacto con un experto en planificación llamado Jeff Speck, que llevó a cabo un estudio de la ciudad donde se concluía que tenía el doble de las carreteras necesarias. La consecuencia fue el desmantelamiento de su sistema de carriles de sentido único, que fomentaba la conducción rápida, y la puesta en marcha de un proyecto para instalar cientos de kilómetros de aceras, parques, árboles, carriles bici, complejos deportivos y aparcamientos en la vía pública con el fin de crear una ‘barrera de acero’ entre el ruido de las autopistas y los transeúntes.

La escala impresiona. El corazón de la ciudad se está hoy reconstruyendo, mientras lo siguiente va a ser la creación de un parque central de 30 hectáreas, pues, como demuestran varios estudios, la gente hace más ejercicio si cerca hay zonas verdes. “La mala salud americana es un problema de diseño urbano”, sostiene Speck, autor de un libro llamado Walkable City (Ciudad “caminable”). “El descuido en ese aspecto ha sido como un gran agujero negro. Los datos demuestran que la salud física y la obesidad dependen mucho más del ejercicio que de la dieta. Pero lo que hace de Oklahoma un caso excepcional es su disposición a invertir de un modo desinteresado, y por eso está en boca de todos”.

Cornett calcula que unos 3.000 millones de dólares proceden de fondos públicos, y que el sector privado lleva las riendas del renacimiento de la ciudad con una inversión cinco veces mayor. Había, por ejemplo, un solo hotel, y casi en las últimas, en el centro al comienzo del nuevo siglo: hoy hay quince, y no es fácil encontrar habitación sin reserva. Lo más increíble es que los habitantes votaron el pago de esta remodelación a través de una subida de un 1% del IVA, lo que supone un ingreso de 100 millones de dólares anuales. Otros fondos se deben a un acuerdo con las tabacaleras y al aumento de los ingresos procedentes de los impuestos sobre el patrimonio, ya que mucha gente y muchas empresas han vuelto a la ciudad. Oklahoma City tiene ahora mismo una de las tasas de desempleo más bajas del país, lo que desmiente todos los tópicos rancios de Las uvas de la ira.

La mayor sorpresa de este cambio de imagen se encuentra a solo unos minutos de Bricktown, el distrito de ocio de la ciudad, donde se ha construido, en el corazón del Medio Oeste, una de las mejores instalaciones de remo del mundo. Esta es una ciudad de la que incluso el jefe de gabinete del alcalde dice que era un sitio “horrible” en su infancia. Pero lo que en su día fue un cauce seco entre zanjas ruinosas que era mejor evitar por la noche, hoy es un brazo de agua de 5 kilómetros, bordeado de un paisaje  frondoso, embarcaderos de aspecto futurista, carriles bici y reflectores.

Según Shaun Caven, un escocés de 47 años que capitaneó el equipo de Gran Bretaña ganador de la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de 2008 antes de afincarse en Oklahoma City, donde dirige el embarcadero, estas serán las mejores instalaciones del mundo cuando se termine su circuito de aguas rápidas, cuyo coste es de 45 millones de dólares. Hay incluso un espacio para entrenar en altitud en uno de esos embarcaderos de nueva tecnología. “La gente creía que estaba loco cuando me trasladé aquí. Me decían que no había agua, porque la sensación es la de un paisaje árido”, dice Caven. “Pero me gustó el que no hubiera tradición, y tambén la oportunidad de empezar algo de cero”.

El río no es en absoluto patrimonio de los ricos: gente con sus canoas y grupos escolares con sus barcos dragón comparten el agua con los equipos olímpicos americanos que entrenan bajo el sol abrasador. Se está haciendo un gran esfuerzo para atraer a personas de todos los estratos sociales: 50 empresas se han unido a una liga de remo corporativa, mientras que ocho institutos locales tienen sus propias embarcaciones. Entre los que allí conocí estaba Bob Checorski, un hombre de 76 años que sudaba a mares tras haber remado nada menos que 11.000 metros, y que me dijo que había empezado seis años antes tras perder su abono gratuito para el gimnasio del trabajo. “Lo hago más para relajarme que por competir, aunque gané una medalla de plata en una carrera por parejas al poco de apuntarme, con un tipo que se había sometido a una operación a corazón abierto”, me dijo. “Ahora simplemente vengo y me divierto”.

Pero las instalaciones deportivas de lujo, los bonitos parques y las agradables aceras tienen un alcance limitado en la lucha con la obesidad rampante. Mucha gente necesita estímulos, ayuda e incluso un empujón para cambiar un estilo de vida que puede ser fatal. Y Oklahoma tiene algunas de las tasas de mortalidad más altas de Estados Unidos. Así que hace seis años la ciudad empezó a analizar todos los datos disponibles para encontrar sus códigos postales menos saludables, y descubrió que en algunas zonas desfavorecidas el riesgo de morir de un derrame o de una enfermedad cardiovascular es cinco veces mayor que en las zonas más acomodadas. De modo que se reorientó la inversión hacia las zonas más necesitadas.

“La obesidad está detrás de casi todas las enfermedades crónicas que padecemos en Oklahoma”, dice Alicia Meadows, directora de planificación y desarrollo en el Departamento de Salud de Oklahoma City-County. “Creemos que destinando los recursos necesarios a las áreas con mayores desigualdades en el reparto de la riqueza es como se puede ayudar más”. Tienen un equipo de ocho miembros que acuden a mercados y eventos deportivos, y que incluso van casa por casa en aquellas zonas donde los datos señalan que la gente está más necesitada de ayuda. “Dejamos claro que no queremos ver sus papeles. Ya sabemos que muchos no tienen documentación. Pero su salud influye en la salud de la ciudad”.

Estos funcionarios proceden de las mismas comunidades que quieren cambiar. Uno de ellos, una madre de dos niños con un pasado de pobreza en México, me dijo que antes no sabía nada de nutrición. Ahora ha perdido 30 kilos y se ha apuntado a kickboxing. Estuve observando a Dontae Sewell, otro converso, dirigir una clase de ‘Bienestar Total’ en una biblioteca, riéndose de la época en la que zampaba hamburguesas en las barbacoas al tiempo que iba explicando el concepto de comida saludable. “Si tus amigos te quieren, van a seguir visitándote aunque les pongas solo verdura”, me dijo.

Era una clase alegre, con muchas bromas y aquí y allí algún sermón y algún consejo sobre cuándo, qué y dónde comer. Los alumnos, veintidós mujeres y un hombre, tenían casi todos sobrepeso, y alguno estaba claramente obeso. Entre todos habían perdido 90 kilos en cinco semanas. “Queremos conocer a nuestros nietos”, me dijo más tarde una madre de mediana edad. Sewell, con una gruesa cruz de plata al cuello, preguntó a sus alumnos cuántos de ellos comían en sus mesas. Solo cuatro levantaron la mano. Luego preguntó cuántos sitios de comida rápida se encontraban en el camino del trabajo a casa. “Unos veinte”, le contestó una mujer. “Demasiados”, dijo otra, riéndose. “No seáis muy duros con vosotros”, les dijo Sewell. “Se trata solo de pequeños cambios y de crear nuevos hábitos”. Después me confesó que a la larga solo un tercio de ellos se mantenían fieles a su nuevo estilo de vida.

La ciudad ha edificado también ‘Campus de Bienestar’ en su zonas más deprimidas, el primero en una zona de mayoría afroamericana de bajos ingresos, al noreste de la metrópolis. El flamante edificio –equipado con clínicas, salas de reuniones y cocinas para hacer demostraciones- se asienta en una zona verde salpicada de carriles bici y senderos. Los pacientes de esta asociación a la vez privada y pública consultan a expertos de todo tipo sobre cuestiones que van desde la nutrición hasta la violencia doméstica, y se llevan a casa prescripciones para comida y muy pronto también para zapatillas de correr y camisetas. El equipo de fútbol local está construyendo su campo de entrenamiento junto al campus para animar a la gente a practicar deporte.

No hay duda de que Oklahoma City y su alcalde merecen un reconocimiento por su lucha contra la obesidad, una inspiración para un país tan dependiente de los automóviles,  en el que dos tercios de la población adulta tiene problemas de sobrepeso. En el peor de los casos han hecho de la ciudad un sitio más agradable para vivir, algo muy importante teniendo en cuenta la lucha de unas urbes con otras por atraer jóvenes profesionales y crear oportunidades de trabajo. Pero la cuestión es si esfuerzos tan audaces y de tanto alcance como este pueden tener un impacto real en un problema de salud formidable, que mata, innecesariamente, a tanta gente en el mundo. Ahí está el artículo publicado en Lancet que analizaba tres décadas de obesidad mundial y cuya conclusión era que ninguno de los 188 países estudiados había logrado revertir una situación que empeora con cada día que pasa.

Hay algunas buenas señales, aunque Cornett no se hace ilusiones. “Lo único que digo es que creo que vamos en la dirección correcta”. Es escéptico sobre los datos de obesidad, pero los indicadores de salud parecen darle la razón. En las zonas con ingresos más bajos y los índices de diabetes y de problemas de presión sanguínea más altos y más funestos, han logrado reducir algunos indicadores clave entre un 2 y un 10% en los últimos cinco años. Aunque los hombres de Oklahoma viven casi seis años menos que la media nacional, la ciudad ha experimentado un descenso del 3% en la tasa de mortalidad. Y, sin embargo, a pesar de que el ritmo es ahora más bajo –de un 6% a un 1% anual-, la obesidad, tristemente, sigue creciendo.

No es extraño que muchos expertos comparen esta batalla con el movimiento antitabaco, que necesitó de muchas años de activismo, educación y regulaciones para cambiar un comportamiento arraigado en la sociedad. Lo tuve muy claro la noche antes de dejar Oklahoma City, mientras comía en un restaurante recomendado por la oficina de Cornett. Después de un magnífico plato de pasta, me ofrecieron el postre y elegí “helado de nuez tostada bañado en crema de chocolate”. El camarero me dijo que era una buena elección y me preguntó si lo quería en tamaño “béisbol, softball o voleibol”. Pedí el más pequeño: estaba delicioso y llenaba mucho. ¿Un restaurante elegante ofreciendo una bola de helado de “tamaño voleibol”? Como bien dice Cornett, no es nada fácil cambiar las costumbres en la lucha contra la obesidad.

Este artículo apareció primero en Mosaic y se publica aquí gracias a una licencia Creative Commons.

 

Todo esto puede hacer que le echen del gimnasio

Las salas de entrenamiento tienen sus propios códigos, que conviene conocer si no quiere ganarse el desprecio del resto de socios y una amonestación del personal

El País, por Rosalía Quintana Martín

Lo que no hay que hacer en el GymSi pisa regularmente un gimnasio, sabrá que es un ecosistema singular en el que la gente se comporta con ciertos vicios adquiridos, unos agradables y otros no tanto. Lo que en cualquier otro lugar es un pequeño detalle sin importancia, aquí puede ser un gesto de cierta trascendencia, que atente contra el orden y la armonía deseables en estos recintos llenos de aparatos y gente ligera de ropa, sudorosa y jadeante. Vamos, que si de vez en cuando recibe miradas de reprobación de otros clientes —cuando no una amonestación verbal— quizá es que está cometiendo (sin darse cuenta, claro, claro) alguna de estas imperdonables tropelías, enumeradas por BuenaVida+.

1. Dejar las mancuernas en cualquier parte

Organizadas a pares por su peso (de forma creciente) en prácticos soportes, dejarlas en el suelo a la buena de Dios puede alterar la rutina de los demás, que tendrán que dedicar parte de su tiempo a buscarlas. Peor aún cuando son de esas a las que uno va añadiendo y quitando peso a voluntad. “Dejar las mancuernas limpias de peso sería lo ideal, ya que hay pesos que no puede levantar todo el mundo”, dice Leticia Fernández, entrenadora de centros Holiday Gym. ¿Adivina quién se encarga de que las pesas vuelva a su posición original? En efecto, el entrenador. Y solo los entrenadores personales lo asumen como parte de su cometido. “Así el cliente no tiene que preocuparse al finalizar la sesión de entrenamiento”, dice Jorge Martín Brañas, entrenador de la Clínica Imeo (Madrid).

2. Gruñir y gritar al levantar peso

Los “aarrrgh” y “uughhh” que resuenan en la sala, proferidos generalmente por tipos empeñados en levantar muchos kilos, sobresaltan al resto de clientes. “Es una reacción natural, pero puede molestar y desconcentrar a otros usuarios”, explica Leticia Fernández. A la hora de enfrentarte a grandes pesos, avise al monitor. “Él se encargará de estar pendiente para hacer lo que se llama ‘ayuda’, sujetando la barra en determinados momentos para evitar el sobreesfuerzo y que estos ruidos tan molestos no se produzcan”, aclara Martín.

3. Descansar sentado en el aparato

“Como lo normal es descansar entre series, la gente se queda sentada consultando sus redes sociales en el móvil, lo que impide que otra persona use la máquina durante esos minutos”, comenta Leticia Fernández. “Lo más productivo sería alternarse con otro usuario y que mientras uno descanse el otro se ejercite”, añade.

4. Hacerse selfies imprudentes

Los asiduos a inmortalizarse con la camiseta remangada aprovechando los espejos deben asegurarse de que nadie más sale en la foto. “En vez de usar aplicaciones que ayuden en tu rendimiento, mucha gente utiliza el móvil para hacerse fotos en el espejo, sin pararse a pensar que puede haber gente reflejada en él a la que no le haga ninguna gracia salir”, indica Jorge Martín. Que su cara congestionada salga en un post de Instagram con cientos de likes no es agradable. Y si el selfie es en el vestuario y le pilla en el momento en que se quita la toalla… peor aún.

5. Cascar por el móvil

En el caso de que tenga una conversación urgente, salga fuera de la sala de ejercicio. Los expertos coinciden en que el rato que pasamos en el gimnasio debe ser un momento de desconexión. En las clases colectivas es imprescindible poner el móvil en silencio: “Si se interrumpe, el resto de alumnos puede desconcentrarse o perderse las instrucciones del monitor”, explica Leticia Fernández.

6. Escoger una cinta al lado de otro corredor

Si todas las cintas de correr están vacías excepto una, y vas usted y se pone en la más cercana a la ocupada, el otro usuario te mirará enojado, como preguntándose por qué quiere estar tan cerca de él o por qué ha decidido salpicarle con su sudor. En opinión de Leticia Fernández, “entrenar es algo muy personal y por eso necesitamos sentirnos cómodos y relajados. Si alguien invade tu espacio de entrenamiento seguramente no tenga consecuencias sobre el ejercicio, pero no lo disfrutas al cien por cien, que es uno de los objetivos del deporte”.

7. Poner música sin auriculares

Vale, la música hace los entrenos más llevaderos. “Puede motivarte según el tipo de ejercicio: por ejemplo, si voy a hacer estiramientos, te ayudará una música relajada”, afirma Martín. Pero, a no ser que esté solo en la sala, unos auriculares molones son la solución: los demás no tienen por qué sufrir su afición por el reggaetón. Y si no, disfrute de la música de ambiente. “Está pensada para que acompañe el entrenamiento de los deportistas”, explica Leticia Fernández.

La obesidad produce más insatisfacción entre las mujeres

Okdiario

mujer-y-gym-655x368Notar que se cuenta con un cuerpo obeso, con sobrepeso, provoca una mayor insatisfacción entre las mujeres que entre los hombres, como recoge una investigación realizada con personas sanas y su actividad cerebral al notarse a sí mismos como obesos o delgados.

Psicólogos de la Universidad de York y el Instituto Karolinska de Suecia comprobaron en sus trabajos que la manera de percibir nuestro propio cuerpo ocasiona respuestas neuronales que llegan a provocar la insatisfacción con el cuerpo. A la hora de conseguir esa sensación de pertenencia con el cuerpo las personas que tomaron parte en el estudio portaron un casco de realidad virtual y veían el cuerpo de un delgado y de un obeso desde una perspectiva de primera persona, en donde al mirarse hacia abajo apreciaban como si ese cuerpo virtual les perteneciese.

Esta investigación consigue aportar respuestas a un asunto complejo como es la situación de aquellos que padecen de trastornos de la alimentación como anoréxica nerviosa, que en muchas ocasiones tienen una falsa percepción de su cuerpo al creer que sufren de sobrepeso, cuando en realidad no es así.

El profesor del Instituto Karolinska, Henrik Ehrsson, uno de los responsables del estudio, explica que las mujeres tienen más posibilidades de desarrollar trastornos de la alimentación en comparación con los hombres y la investigación demuestra que “esta vulnerabilidad se vincula con una actividad reducida en una determinada área del lóbulo frontal que está asociada con el procesamiento emocional”.

La profesora del Departamento de Psicología de la Universidad británica Catherine Preston asegura que en la sociedad occidental una de las mayores preocupaciones de la población es el tamaño corporal y los sentimientos negativos hacia él. En cualquier caso, se tiene constancia de pocas investigaciones sobre los mecanismo neuronales que subyacen a sensaciones negativas hacia el cuerpo, además de la vinculación entre la percepción corporal y la patología en los trastornos de la alimentación.

La dieta de Pippa Middleton

Hola

middleton_librorecetas_-tApasionada del deporte y de la cocina sana, la hermana de la Duquesa de Cambridge acaba de publicar un libro de recetas ‘amigas’ de la salud y de la línea. Te enseñamos a preparar uno de los platos que figuran en este recetario, nacido como resultado de la colaboración entre Pippa Middleton y la ‘Fundación Británica del Corazón’.
Si hay un tipo de cocina del que Pippa es defensora (y asidua ‘practicante’), es la denominada ‘healthy food’, o lo que es lo mismo, un alimentación basada en productos y recetas saludables, como las que se incluyen en las páginas de su recién publicado libro ‘Heartfelt’.
libro_portada_-zNacido de su colaboración con la ‘Fundación Británica del Corazón’ (entidad de la que Middleton es embajadora), este recetario agrupa un centenar de platos perfectos para ayudarnos a estar en forma, gozar de buena salud, y por qué no, disfrutar en la mesa. Y es que, como la propia Middleton asegura, ‘La comida saludable no sólo es buena para ti y tu organismo, sino que preparándola puedes pasar además un rato muy divertido y disfrutar de recetas deliciosas’.
A continuación os mostramos, a modo de ejemplo, uno de esos platos que podemos encontrar en las páginas de ‘Heartfelt’, a la venta en la propia web de la ‘Fundación Británica del Corazón’ (todos los ingresos que se recauden irán destinados a las labores de investigación relacionadas con la salud cardiovascular que desarrolla esta organización).
Se trata de una receta a base de pollo y verduras, perfecta para una comida o cena ligera, y que además, nos ayuda a cumplir la norma nutricional que nos insta a comer cinco raciones de fruta y verdura al día.

CAZUELA DE POLLO Y PUERROS

Ingredientes

-Una cucharadita de aceite de oliva
-500 gr de pechuga de pollo sin piel
-400 gramos de puerros cortados en rodajas finas
-400 gramos de alubias blancas escurridas y enjuagadas
-4 ramitos de tomillo fresco
-1 hoja fresca de laurel
-300 ml de caldo casero de pollo
-Un manojo de perejil fresco, picado no excesivamente fino

Elaboración

1. Calienta el aceite en una sartén o cazuela antiadherente y cocina la pechuga a fuego fuerte hasta que se doren ambos lados. Retira de la sartén, colócala sobre papel de cocina (para retirar el exceso de grasa) y reserva.

2. Añade los puerros a la sartén y cocina a fuego bajo durante 3 ó 4 minutos hasta que se ablanden (pero no se doren). Añade las alubias, el tomillo, el laurel y el caldo de pollo, cubriendo y dejando hervir a fuego lento durante unos 4 minutos.

3. Coloca el pollo sobre las alubias, cubre la sartén y deja cocinar a fuego bajo durante unos 15 o 20 minutos hasta que el pollo esté cocinado.

4. Esparce el perejil y sirve con cebada perlada (el grano del cereal que ha sido descascarillado y pulido), flores de brócoli al vapor y algunos espárragos o acelgas hervidas.

También puedes servirlo con unas rebanadas de pan integral, sobre el que previamente hemos frotado medio diente de ajo y añadido al final un poquito de aceite de oliva.

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