La ‘ketodieta’ y la ‘lengua del diablo’, entre las peores dietas para perder peso

Los nutricionistas advierten que no todo lo que está de moda para perder peso sirve, además de alertar de los riesgos que pueden tener para la salud este tipo de dietas.

Heraldo / EFE

El método de la bella durmiente, la dieta de la lengua del diablo o la ketodieta son algunas fórmulas para perder peso que han cobrado mucho protagonismo durante el pasado año, pero que son las menos indicadas para adelgazar, según los nutricionistas, que advierten: «No todo lo que está de moda vale».

Por quinto año consecutivo, el Instituto Médico Europeo de la Obesidad (IMEO) ha elaborado un ránking con las dietas más populares, las mejores y las peores, aquellas que carecen de sustento científico y pueden afectar a la salud.

Encabeza la lista de las menos indicadas el «Método de la Bella Durmiente«, que consiste en dormir durante largos periodos de tiempo para evitar comer, recurriendo a analgésicos y sedantes, que, pueden crear adicción, además de serios problemas de salud. Según la nutricionista del Instituto Andrea Marqués, «no se trata de una dieta, pero sí de un ‘truco’ para perder peso nada saludable, que puede fomentar la aparición de algunos trastornos como la anorexia».

La última moda que algunas famosas ya utilizan para quitarse kilos en poco tiempo es la ingesta de preparados que contienen una planta procedente de Asia oriental denominada «lengua del diablo» que tiene un alto contenido en glucomanano, un ingrediente activo que es capaz de absorber hasta 50 veces su peso en agua. Los expertos en nutrición indican que aunque pueda ayudar a adelgazar al producir saciedad, no está demostrada su capacidad de absorber grasas y, además, el uso de glucomanano no está exento de contraindicaciones y efectos secundarios.

Tampoco los nutricionistas aconsejan la llamada «Ketodieta» (baja en carbohidratos, alta en proteínas y moderada en grasas), cuyo objetivo es llevar al cuerpo a un estado de «citosis»: al no poder obtener la glucosa de los carbohidratos, se descompone la grasa en su lugar para producir energía. Esta dieta, según los expertos, puede ser efectiva para perder peso a corto plazo, pero con unos resultados difíciles de mantener en el tiempo, además del peligro que puede entrañar perder mucha fibra.

Aunque no existe evidencia científica, la dieta alcalina, basada en la teoría de que se puede cambiar el equilibrio de pH (nivel de acidez) del cuerpo y de la sangre a través de los alimentos ingeridos, principalmente frutas y verduras, también tiene sus seguidores entre los famosos. Esta fórmula «esconde un riesgo para la salud al excluir carnes, pescados o alimentos procesados, todos ellos necesarios por ser una fuente importante de proteínas y nutrientes», apuntan los nutricionistas.

Cierra la lista la dieta crudivegana, basada en el consumo exclusivo de alimentos crudos, que puede acarrear un déficit de vitaminas B12 y D, hierro, calcio y ácidos grasos de Omega-3.

Por el contrario, los expertos señalan que las dietas más saludables son aquellas que proponen una pérdida de peso moderada -hasta 1,5 Kg por semana y no más de 6 Kg al mes-, fácil de mantener en el tiempo y sin efecto rebote. Se sirven, además, de todos los grupos de alimentos restringiendo las cantidades y contribuyen a reeducar los hábitos alimentarios y mantener un estilo de vida saludable.

La salvaje dieta del rey español de 240 kilos al que expulsaron del trono por su extrema obesidad

Sancho I, apodado «el Craso», logró perder la mitad de su peso corporal gracias a una cura de adelgazamiento de un médico judío. Gracias a ella pudo recuperar el trono que le habían arrebatado

ABC, por Manuel P. Villatoro

Una «operación bikini» hecha a la carrera para volver a reinar. Aprovechando la llegada del verano y de las dietas milagro, quizá esta sea una de las mejores formas de describir el proceso al que se sometió el rey de León, Sancho I, en el siglo X. Y es que, después de haber sido derrocado por su tío tras perder el respeto de sus súbditos por pesar la friolera de 240 kilos, el monarca (apodado «el Craso» o «el Gordo») solicitó al califa de Córdoba Abderramán III que le ayudara a perder peso y recuperar su trono.

Este le sometió a una cura de adelgazamiento que fue una auténtica tortura. ¿La razón? Que, según cuentan las crónicas, uno de los médicos más famosos del líder musulmán le cosió la boca, le encerró, le impidió probar bocado durante 40 días y tan solo le dio de beber unas raras infusiones para que no se deshidratara. Con todo, al final logró eliminar la mitad de su peso corporal y volver a sentarse en la poltrona.

La situación de España

Cuando Sancho andaba a gatas y todavía no se había introducido entre pecho y espalda decenas de venados asados y litros de vino, nuestra primitiva España se encontraba metida hasta el corvejón en el proceso de Reconquista contra los musulmanes. De hecho, el pequeño y famoso reducto de Don Pelayo -el héroe que derrotó a los moros en una batalla tan conocida como exagerada (la de Covadonga)- había dado paso a una serie de reinos cristianos ansiosos de hacerse con el mayor territorio peninsular posible para aumentar sus dominios. «La Península estaba formada por el reino Astur-Leonés, el condado de Castilla, el reino de Navarra, el reino de Aragón, Cataluña y Califato de Córdoba», explica, en declaraciones a ABC, la historiadora Sandra Navarro.

Nuestro protagonista era, precisamente, hijo de uno de los mandamases de entonces: Ramiro II. Un monarca que fue más conocido por ser sumamente cruel con sus enemigos (no en vano le llamaban «El diablo») que por la importante expansión que hizo del territorio leonés. Además, Sancho (el futuro «el Gordo») contaba con un hermano mayor, Ordoño. «Sancho I era hijo de Ramiro II, un rey que consiguió que en León no se produjese la disgregación entre las regiones de Asturias, Galicia y León; que impulsó la repoblación y organización en el valle del Duero; y que frenó los intentos expansionistas de Abderramán III», explica Navarro.

En palabras de la experta, la época que vivió el futuro Sancho I durante su infancia fue de mucho más esplendor que la que tendría que pasar posteriormente. «A partir del reinado de Ramiro II, sin duda una época de esplendor en el reino astur-leonés, este reinó entró en crisis. Una crisis que fue provocada por los conflictos civiles entre los condes de León. Desde ese momento se dejaron de realizar campañas militares contra los musulmanes y los gobernantes perdieron poder en favor de nobles cordobeses en ascenso, además de navarros y castellanos», completa la experta.

Por su parte, y mientras en León se detenía la Reconquista por momentos debido a los tortazos internos, el reino musulmán vivía una de sus mejores épocas. Una era de gloria sobre los cristianos. «Durante este período se formó el Califato de Córdoba en el año 929 y comenzó la época de esplendor musulmana. Los ejércitos de Abderramán III fueron superiores e, incluso, lograron llegar hasta Nájera, aunque al final una coalición de reyes cristianos logró asestarles una derrota importante en la expedición militar de Simancas», determina la historiadora.

Lo cierto es que aquella batalla (acaecida el 1 de agosto del año 939) fue de calado, pues los cristianos lograron acabar con un contingente que, según varios historiadores, ascendía a los 100.000 enemigos. Con todo, eso no le hizo perder su potencia a los moros. «A pesar de que fueron derrotados, siguieron teniendo la superioridad militar», añade la experta.

«El Gordo»

Sancho nació en el año 935 de la semilla de Ramiro II y el vientre de su segunda esposa, Urraca Sánchez. Como noble que era, desde que no levantaba un palmo del suelo se movía entre grandes comilonas y una vida envidiable para cualquier plebeyo. Algo que no tardó en pasarle factura pues, según las crónicas, en su adultez acabó pesando unos 240 kilos. «Su obesidad era monstruosa, mórbida si utilizamos el término médico actual. No en balde los cristianos y los moros le conocían por el sobrenombre de “el Craso” (“el Gordo”). Este hecho es bastante llamativo, ya que en la España cristiana de la época la alimentación era sobria por razones de escasez. ¡Era una barbaridad!», explica Pedro Gargantilla Madera (médico, escritor y divulgador científico) en su obra «Enfermedades que cambiaron la historia».

Pero… ¿A qué se debía su obesidad? Pues, simple y llanamente, a todo lo que comía a lo largo de la jornada. Y es que, según las crónicas, ingería alimentos siete veces al día. La mayoría de veces de 17 platos y, una buena parte de ellos, elaborados con carne de caza. Una dieta de miles y miles de calorías que superaba abiertamente la cantidad necesaria de un hombre adulto para mantenerse sano (entre 2.000 y 2.500 para no engordar). «La obesidad le había transformado en un auténtico inválido», añade el experto. Tal era el ingente número de kilos que soportaba su esqueleto, que no podía subirse a su jamelgo para cabalgar ni, por descontado, empuñar su espada en el campo de batalla.

Ascensión y pérdida del trono

Ya con sus 240 kilos de peso, Sancho vio como Ordoño ascendía al trono en el año 951 después de la muerte de su padre. Algo que debió tocar soberanamente las narices al «Craso», ansioso de coronarse. Al parecer, trató incluso de arrebatarle el cetro de poder a su hermano, aunque sin éxito. Algo en cierto modo lógico, pues no podía plantar cara en batalla y apenas podía levantarse de la cama. Con todo, la suerte le terminó sonriendo a nuestro protagonista, pues Ordoño dejó este mundo en el otoño de 956 tras cinco años manda que te manda. Una muerte que, como bien señala Navarro, fue tan oportuna como extraña para los ciudadanos de la época.

A partir de ese año comenzó su reinado. Un gobierno marcado por el descrédito que su obesidad provocaba entre la población y por sus tejemanejes políticos. «Era una cuestión de falta de respeto. El rey había intentado atacar a su hermano en Sahagún en el 955 y había fallado y, además, no era capaz de subirse al caballo para comandar a sus tropas debido a su obesidad», determina la historiadora a ABC. Además, al «Craso» se le ocurrió la absurda idea de cortar relaciones con su tío, el conde castellano Fernán González, algo que hizo que este empezase a destrozar su ya de por si escasa reputación.

«La verdad es que la jugada no pudo ser más desafortunada. Al conde le faltó tiempo para mover las fichas en contra del soberano: se dedicó a malmeter en contra de Sancho, desprestigiando su autoridad, puesto que ni siquiera era capaz de valerse por sí mismo para levantarse de la cama y para andar», explica, en este caso, Gargantilla. Tampoco tuvo pelos en la lengua González a la hora de señalar que, con tal obesidad, no podría engendrar un hijo y su linaje se perdería entre comilona y comilona. Al final, chisme por aquí, comentario por allá, se fue forjando cierto odio hacia «el Gordo» en todo el reino. Un rechazo que se materializó en el año 958 cuando, armas mediante, Fernán le puso naso y le arrebató a su sobrino por las bravas el trono sin que este pudiese siquiera combatir para tratar de impedirlo.

Así lo explica el divulgador histórico del S.XIX Ángel González Palencia en su obra «Historia de la España musulmana»: «Sancho, que trataba de abatir a los nobles y restablecer la autoridad absoluta de los reyes, sus antepasados, fue destronado el 958 por una conjuración que alentaba Fernán González, y con pretexto de su excesiva gordura. Fue elegido rey Ordoño IV “el Malo”». Navarro señala también a este diario la conjura que se forjó entre González y el nuevo rey, además de que el noble castellano fue una pieza clave para el monarca se coronase: «Le fue arrebatado el poder a través a través de una rebelión militar y la coronación de su primo Ordoño Adefonsiz el 2 de marzo de 958. Este sitió León y entró en la ciudad el 3 de agosto del mismo año».

A la carrera

Derrotado y humillado, «el Craso» logró escapar como buenamente pudo de aquella trampa mortal (desconocemos cómo y, sabiendo que apenas podía andar, sería sumamente curioso averiguarlo). Poco podía hacer entonces, salvo acudir al único lugar en el que sabía que le recibirían de buen agrado: Navarra. Y es que, allí se encontraba su abuela, la reina Toda, una mujer que destacaba por tenerlos bien puestos a pesar de sumar casi 80 primaveras a sus espaldas. Tal y como esperaba, la reina le recibió de buen agrado. No solo eso sino que, haciendo honor a su reputación, decidió que su nieto no podía quedarse de brazos cruzados mientras le arrebataban la silla de poder y que debía combatir al nuevo monarca hasta expulsarle de una patada de la sala del trono. Pero lo primero era lo primero, tenía que perder esos «kilitos» de más que tenía para infundir respeto en sus enemigos y súbditos y poder combatir.

Pero… ¿Cómo diablos podía perder aquella ingente cantidad de peso en un tiempo tan breve? Piensa que te piensa, Toda llegó a la conclusión de que solo podía pedir ayuda a los únicos que estarían dispuestos a destronar a un rey cristiano. «Su abuela, la reina Toda de Navarra, se ocupó de refugiar a su nieto y envió mensajeros a Córdoba pidiendo la ayuda a Abderramán III a cambio de un pacto entre Córdoba y Navarra», señala Navarro a este diario. Al musulmán no debió parecerle mala idea la alianza, pues envió a uno de sus médicos a la región cristiana para que hiciese un diagnóstico del mal que atacaba al «Craso». El elegido fue el judío Hasday Ben Shaprut, nacido en Andalucía y uno de los más afamados sanadores de la época. El precio de tratamiento no fue barato, como bien señala González, pues consistió en la cesión de diez fortalezas al Califa cuando lograse volver al trono.

«Shaprut era un destacado médico y diplomático judío en la corte de Abd al Rahman III y Al Hakam II. Dominaba el árabe, latín hebreo y romance y tradujo al árabe la obra botánica de Dioscórides. Actuó de consejero del califa y participó en las relaciones con las embajadas de otros gobiernos, demostrando en todas las ocasiones gran habilidad y sutileza», explica el escritor Luis Molinos en su obra «La perla de Al-Andalus». Gargantilla, por su parte, señala que este médico había empezado a ser conocido en la corte gracias a que había ideado un remedio que podía curar todo tipo de males llamado Al-Faruk. Fuera por lo que fuese lo cierto es que, cuando llegó a Navarra, el galeno consideró que era urgente llevarse a Sancho a Córdoba para tratarle como Alá mandaba. Así fue como partió una gran comitiva hacia territorio musulmán. Región en la que, como explica el escritor, «el Craso» no pudo entrar montado por su gran peso.

La «cura de adelgazamiento»

Una vez en Córdoba, Hasday sometió a un auténtico calvario al leonés para obligarle a perder peso. A nivel dietético, no se le ocurrió otra cosa que coserle la boca para evitar que comiera nada sólido. Así fue como se acabaron los venados en la vida de Sancho. En palabras de divulgadores históricos como Francisco Hervás Maldonado, tan solo le dejaron una pequeña abertura en los labios por la que meter una pajita por la que beber agua y una serie de infusiones recomendadas por el judío. Además, Gargantilla es partidario de que le metieron en una habitación en donde, incluso, se le ataron manos y pies a la cama para evitar que pudiera comer nada.

«Con el paso de los días, su cuerpo adquirió la flacidez propia de los adelgazamientos»

Por si eso fuera poco, también le obligaron a hacer ejercicio. Tampoco es que pudiera correr una maratón, pero solo salía de aquella habitación en la que estaba encerrado para dar largos paseos a lo largo de los jardines musulmanes. En ellos, Sancho era ayudado de una curiosa forma por los sirvientes. Y es que, estos tiraban de él con cuerdas para obligarle a dar pequeños pasos. Finalmente, cuando terminaban estas sesiones de «running», «el Craso» tenía que estar horas y horas en un baño de vapor que le ayudaba a eliminar la gran cantidad de agua que había acumulado durante años en el cuerpo. El método era inhumano, según los cronistas de la época.

A pesar de lo doloroso que resultó el proceso, a los 40 días –siempre según las crónicas-había surtido un efecto increíble. «Con el paso de los días su cuerpo adquiriría la flacidez propia de los adelgazamientos. Los colgajos de la carne campaban a sus anchas por todo su cuerpo, por lo que Sancho tuvo que ser sometido a unos terribles masajes para que la piel recuperase su firmeza», añade Gargantilla. Al final, infusión va, infusión viene, nuestro protagonista perdió la mitad de su peso corporal, tal y como afirma el doctor Antonio L. Turnes en su obra «Maimónides: el sabio sefaradí: el médico judío-español de la Edad de Oro, 1135-1204». Así pues, se quitó de encima 120 kilos, gracias a lo que pudo montar a caballo, sostener la espada y yacer con una mujer.

Un traidor

Totalmente recuperado, y «recio, pero no obeso», Sancho se embutió una armadura y, al mando de un ejército de musulmanes, se decidió a conseguir el cetro por las bravas. «Recuperó el trono gracias a la ayuda imprescindible de Abderramán III. Un ejército árabe marchó sobre Zamora en el 959. Con los navarros presionando por oriente y el conde de Monzón por el noroeste, el rey Ordoño IV abandonó el trono y huyó a Asturias. Sancho I consiguió de nuevo el trono en abril de ese mismo año», añade Navarro en declaraciones a ABC. Ordoño IV terminó poniendo su caballo en dirección a tierras musulmanas, donde solicitó ayuda a Abderramán para arrebatar de nuevo la poltrona al ya no «Craso». Sin embargo, el líder se declaró fiel al pacto que había firmado con Sancho. Así se dio por finalizado un cruel juego de tronos que había durado casi una década.

Todo podría haber acabado bien para Sancho. No obstante, aunque había perdido 120 kilos, su carácter no había cambiado ni un ápice. Ya con la corona sobre la cabeza, se negó a entregar las fortalezas que había prometido a Abderramán III y, cuando este murió, declaró que la deuda había quedado saldada. Una teoría, por cierto, que no compartió el descendiente de este, muy celoso de lo que se le debía. Al final, por esta u otras causas, el antiguo «Craso» dejó este mundo en extrañas circunstancias. «Continuó siendo rey hasta su muerte en el 966, cuando fue envenenado a los 35 años. Le sucedió su hijo Ramiro Sánchez, Ramiro III», añade la historiadora a ABC. ¿Le quitaron la vida los mismos que le quitaron la mitad de su grasa? Nunca lo sabremos.

La realidad de la «dieta milagrosa» de Sancho

En ocasiones, la historia tiene más de leyenda que de realidad. Por ello, ABC ha contactado con Leticia Garnica Baselga (licenciada en Ciencia y tecnología de los alimentos, diplomada en Nutrición y dietética por la Universidad San Pablo CEU y directora de «Dietista y Nutricionista») para que nos explique la verdad sobre la dieta de Sancho I «El Craso».

1-¿Es posible perder esa cantidad de peso en solo 40 días?

Resulta un poco difícil de creer (parece imposible) que una persona pueda perder 120 kilos en sólo 40 días a pesar de los tratamientos a los que dicen que le sometieron y el proceso de ayuno en el que estuvo. Lo miremos por dónde lo miremos, no es nada sano y muy poco creíble. Aunque es cierto que una persona de 240 kilos tiene un metabolismo basal [la cantidad de energía que gasta el cuerpo por el mero hecho de existir] mayor que el de una persona más delgada o esbelta y, por tanto, su gasto energético es mayor.

2-¿Cómo reacciona el organismo ante el ayuno?

El cuerpo puede aguantar más en ayuno que con la ausencia de agua, sin el agua no sobrevive, se deshidrata y hay un fallo del organismo rápido. Cuando comenzamos el ayuno, lo primero que busca el organismo es la energía en los hidratos de carbono. Cuando hay falta de consumo de glucosa, el hígado empieza a metabolizar los depósitos de glucógeno para obtenerla. De esta forma, la grasa se convierte en la principal fuente de energía al metabolizar los ácidos grasos para obtener energía.

Cuando se agotan ya las reservas de hidratos de carbono y de grasa, el sistema nervioso y el cerebro siguen requiriendo la presencia de glucosa, que se obtiene a partir de la degradación del músculo. A consecuencia de esa degradación, el cuerpo entra en cetosis, dónde la sensación de hambre desaparece y el cuerpo se va intoxicando poco a poco debido a la presencia elevada de cuerpos cetónicos que el cuerpo no es capaz de eleiminar.

3-¿Es posible que aguantara 40 días sin comer?

Al pesar 240 kilos, su metabolismo basal es muy alto y sus reservas son elevadas, por lo que sí es posible que aguantara 40 días, pero seguramente tendría muy pocas fuerzas.

4-¿Es posible perder 120 kilos en 40 días?

No es viable con una dieta equilibrada y sana, aún bajando la ingesta de esa persona a la mitad de lo que normalmente hace y a pesar de los paseos y los baños de calor. Más que nada, porque para los paseos estaría sin ningún tipo de fuerza.

5-¿Para qué sirven los baños de vapor en una dieta?

Lo que sucede cuando te das baños de vapor es que, a través del sudor, eliminas gran cantidad de líquido, por lo tanto bajas de peso por eliminación de líquido. Le someterían a esos baños con ese propósito.

6-¿Cree posible que la dieta de Sancho fuese tan crítica?

Lo primero de todo es que yo no lo llamaría dieta, porque lo que están sometiendo a esta persona es solo a un ayuno y a beber agua o infusiones, algo que ni siquiera se puede definir como dieta líquida. Además de eso, no es nada saludable, y muy difícil de creer, que la llevaran a cabo. Además, es difícil de creer que fuera capaz de levantarse de la cama sin ingerir ningún tipo de alimento. Casi imposible.

¿Podemos seguir comiendo kebab? Qué son los fosfatos y cuál es su peligro para la salud

  • Jesús Román, presidente de la Fundación Alimentación Saludable, elimina mitos sobre este elemento químico, que no es tóxico ni genera grandes problemas.
  • «Son necesarios porque equilibran con el calcio», explica.
  • La intención de la UE no es prohibir su elaboración.
20 minutos, por Emilio Ordiz

La UE ha abierto un nuevo debate alimenticio y sanitario. Volverá a estudiar el uso de los fosfatos por ejemplo a la hora de preparar los kebab. La comida tradicional turca está en el centro de la polémica y la Comisión Europea ha propuesto permitir que se amplíe su uso, algo sobre lo que el Parlamento Europeo votará el próximo 14 de diciembre. Pero, ¿es realmente peligroso su consumo?

Desde el Parlamento Europeo confirman a 20minutos que los fosfatos ya están prohibidos salvo excepciones: dentro de esas excepciones no está el kebab -sí por ejemplo la carne de salchicha- y el debate radica en incluir dicha carne como excepción y así permitir el empleo de fosfatos. Esto, de hecho, parte de las quejas de algunos países como Alemania, donde algunos de sus productores se extralimitan en sus dosis. Por lo tanto, no se prohibirán los kebabs, simplemente, se cuestionará sobre su preparación. En cambio, el presidente de la Fundación Alimentación Saludable, Jesús Román, y la nutricionista Andrea Marqués del Instituto Médico Europeo de la Obesidad (IMEO), desmontan en 20minutos una serie de mitos y alivia las posibles preocupaciones de los consumidores respecto a los fosfatos.
¿Qué son los fosfatos?
Para empezar, no deja de ser fósforo. Es necesario que en nuestra dieta ingiramos fósforo. En el caso concreto del que hablamos son aditivos legalmente autorizados, pero para productos concretos y en dosis concretas.
¿Qué pretende hacer la UE con su consumo?
La Unión Europea respecto a los fosfatos trabaja con lo que se llama listas positivas: como decimos, establece un porcentaje muy concreto de este elemento para alimentos muy concretos. Ahora lo que hará será debatir si amplía dicha lista para incluir la carne de kebab o se mantiene como hasta ahora. Hay voces que dicen que muchos productores, sobre todo de carne, se pasan con las dosis y salta la pregunta de si eso puede ser perjudicial.
¿Por qué la carne de kebab?
La clave está en que es una carne que no se etiqueta. No se puede consumir en casa y su conservación es más compleja, de ahí que por lo general necesite aditivos. Cabe recordar que un kebab completo en un establecimiento tarda en torno a dos días en consumirse por completo.
¿Qué efectos tienen los fosfatos en nuestro organismo? Hay que tener en cuenta que el fósforo hace equilibrio con el calcio. Lógicamente es necesario por tanto que nuestra dieta incluya fosfatos, para mantener esa proporción. El pescado, por ejemplo, tiene fosfatos, aunque los que recogen un nivel más alto son los refrescos y las carnes.
¿Dónde puede estar el peligro?
Precisamente en ingerir dosis demasiado elevadas de fosfatos. Si consumimos mucho fósforo rompemos el equilibrio mencionado y podemos acabar padeciendo descalcificación e incluso enfermedades cardiovasculares si su consumo es excesivamente alto.
¿Es tóxico?
Para nada. Dará problemas a aquellos consumidores que tengan una dieta desastrosa y consuman, por ejemplo kebab, prácticamente a diario. Ten en cuenta que los fosfatos se emplean para dar brillo y jugosidad a la carne, pero lógicamente tienen un límite. Cuando no controlamos su consumo, tendremos exceso de un compuesto como el fósforo y por otro lado falta de calcio, por esa compensación necesaria.
¿Dónde ven el problema los profesionales de la nutrición?
Es un cúmulo. Tiene que darse por una parte la situación en la que los productores aumenten la dosis aplicada, con el objetivo de mejorar el aspecto de su carne, y por otro el hecho de que el consumidor sea muy asiduo. En esos casos, en los que por lógica, el perfil de los consumidores se aleja de una dieta equilibrada, podrían darse problemas serios.

La dieta de Brigitte Macron para lucir cuerpazo

La primera dama francesa toma a diario una decena de frutas y verdura, revela su chef Guillaume Gomez

Aunque es abuela de siete nietos, Brigitte Macron puede presumir de un cuerpo que ya lo quisiera una chica de la mitad de edad cuando se enfunda sus vaqueros pitillo y stilettos. Y es que la figura de la primera dama francesa no es fruto de la casualidad. El chef del Elíseo, Guillaume Gomez, ha desvelado muchos detalles de su dieta que nos da pistas para estar así de bien a cualquier edad. ¡Te lo contamos!

TELVA, por Clara Sánchez de Ron

Es mucho más fácil presumir de figura a los 20, a los 30 y a los 40… pero ¿qué hace Brigitte Trogneux, la primera dama y esposa de Emmanuel Macron para estar así de espléndida a sus 64 años?

Guillaume Gomez, chef de cocina del Elíseo, y que ha seguido trabajando en el Elíseo desde 1997, siendo presidente Jacques Chirac, Nicolas Sarkozy, François Hollande y Emmanuel Macron, ha confesado qué come y cuáles son los gustos de Brigitte Macron para tener energía y presumir de figura.

Y es que con la llegada de Emmanuel y Brigitte, este joven chef de 39 años, asegura que los gustos de la pareja son mucho más sanos que los de sus antecesores. Y ha sido Brigitte precisamente la que ha tenido mucho que ver en este cambio en los gustos oficiales con la ingesta de muchas frutas y verduras, productos locales y una cocina con menos grasas y salsas, en definitiva más ligera sin olvidar algunos platos tradicionales como la blanquette de veau o estofado de ternera, en una versión muy ligera y combinada siempre con vegetales y legumbres. «Priorizamos el consumo de productos locales producidos a menos de 100 kilómetros de París como la fruta y la verdura y algunos lácteos» apunta el chef.

Entre otros trucos, Gomez asegura que es Brigitte Macron es fan de los zumos verdes a diario y que desayuna turmeric latte o leche de cúrcuma. Además, practica yoga Bikram o hot yoga para eliminar toxinas y es fan de tratamientos hidratantes para un rostro siempre joven en su suite del Palacio del Elíseo.

Otro de sus secretos es tomar diez tipos de frutas y verduras todos los días así como queso y vino cuando le apetece. Y mientras que la plantilla de trabajadores del Elíseo cuenta con un menú fijo, los Macron pueden pedir desde sandwich a sushi. Y por supuesto, clásicos como las vieiras gratinadas, sopa de trufas negras o patatas moulées.

No obstante, Brigitte Macron también es fan de los ingredientes ecológicos y orgánicos como especias como el laurel, el romero u otras hierbas aromáticas que cultivan en los jardines privados de su residencia presidencial y alimentos y productos con etiqueta bio que tienen preferencia en su despensa y su nevera real.

Lo que sí es seguro que la dieta de la primera dama francesa tiene en cuenta sin duda la estacionalidad y la variedad de los alimentos. Muy a pesar de que su marido sigue siendo fan de los cordon bleu de carne, jamón y queso rebozados que aún hoy toman como tapa en algunas de las visitas oficiales al Elíseo.

Un paseo por el bosque reduce la obesidad, el estrés y el insomnio

Esta práctica japonesa llega a España para calmar la ansiedad de la vida de la ciudad.

Telva, por Gloria Vázquez Sacristán

Pasear por el bosque (conectar con la naturaleza para los más sensibles) tiene más beneficios físicos y mentales de los que te puedes imaginar. Vivimos acosadas por un rítmo frenético constante que nos machaca por dentro y por fuera. Salir de la ciudad y pasear entre árboles, como hacíamos cuando éramos pequeños e íbamos a coger setas, castañas o cualquier plan alejado del asfalto es precisamente lo que necesitamos para mejorar los problemas de nuestra vida adulta. A veces las cosas más básicas y elementales son las que necesitamos. Te explicamos por qué una cosa tan sencilla y evidente, pero tan poco implantada, nos puede cambiar por dentro y, en consecuencia, por fuera.

Pasear por el bosque es más enriquecedor para ti que para tu perfil de instagram. ¿Por qué? El contacto con la naturaleza mejora nuestra salud mental y física. Para corroborar dicha afirmación rescatamos las conclusiones del estudio «Baños de bosque, una propuesta de salud», elaborado por el Observatorio de Salud y Medio Ambiente del Instituto DKV de la Vida Saludable, en colaboración con el Instituto de Salud Global de Barcelona (ISGlobal). ¿Por qué los bosques nos ayudan? Nos explican que «los espacios verdes disminuyen los niveles de estrés, ansiedad, insomnio y estado depresivo, a la vez que reducen la obesidad, la diabetes y la presión arterial, ayudan a prevenir determinadas enfermedades no transmisibles y mejoran el sistema inmunitario. Unos males que han aumentado en las últimas décadas, debido a la progresiva urbanización de la sociedad».

Estas inmersiones o baños de naturaleza puede ofrecer serios beneficios para la salud. Esta conclusión, sostenida por el médico griego Hipócrates que la llamó vis medicatrix nature. Marta Pahissa, responsable de Desarrollo y Gestión de Proyectos de Medio Ambiente de DKV Seguros y coautora de la publicación, añade: «gran parte de los efectos que tienen los entornos naturales en nuestra salud todavía se tienen que puntualizar, pero no hay duda que los resultados obtenidos hasta el momento nos permiten posicionar el contacto con la naturaleza como una práctica terapéutica y preventiva tanto para enfermedades psíquicas como físicas».

Bañarse en el bosque no es algo que haya nacido en España, hace referencia a shinrin yoku, como se llama en Japón. Allí afirman que esta práctica puede disminuir la presión arterial, la glucosa en sangre y las hormonas del estrés y aliviar la depresión y la ansiedad. Shinrin yoku se ha convertido en la medicina preventiva estándar en Japón, donde lamentablemente también tienen una palabra para la muerte por exceso de trabajo (karoshi). El antídoto, el baño de bosques, ha sido parte del programa nacional de salud de Japón desde 1982. «Actualmente se estima que entre uno y dos millones de japoneses practican baños de bosque cada año en alguno de los múltiples itinerarios forestales terapéuticos certificados por la Agencia Forestal de Japón; e incluso algunas empresas del país ofrecen sesiones a sus trabajadores como método para combatir los elevados niveles de estrés y competitividad a los que están sometidos», apuntan desde DKV.

Y continúan, es «una propuesta inspirada en las tradiciones budistas y sintoístas y desarrollada inicialmente por el Ministerio japonés de Agricultura, Silvicultura y Pesca, que consiste en visitar las florestas y conectar con el entorno empleando todos los sentidos. Así, las sesiones de ‘Shinrin-yoku‘ proponen un paseo entre los árboles, sentándose, estirándose, observando sus diversos elementos naturales y disfrutando de sus silencios y sonidos, para aprovechar los resultados beneficiosos que los espacios verdes tienen para la salud física y mental de las personas».

Beneficios de bañarse en los bosques

  1. Los estudios también han demostrado que también puede aumentar la cognición cerebral e impulsar nuestro estado de ánimo, empatía y creatividad. Se ha comprobado científicamente que pasar tiempo tranquilo en la naturaleza activa nuestro sistema nervioso parasimpático, lo que nos calma, disminuyendo nuestro ritmo cardíaco y nuestros niveles de estrés. A su vez, esto ayuda a aliviar los efectos secundarios del estrés que pueden incluir dolores de cabeza, inflamación, depresión y problemas de concentración.
  2. La investigación ha descubierto que el baño en el bosque puede aumentar nuestro sistema inmunológico al aumentar la actividad de los glóbulos blancos conocidos como células asesinas naturales que nos ayudan a combatir bacterias y virus.
  3. Un estudio encontró que 20 minutos de paisaje forestal redujeron significativamente los niveles salivales de la hormona del estrés cortisol.
  4. Otro estudio encontró que cuatro días de inmersión en la naturaleza y la correspondiente desconexión de los medios multimedia y la tecnología, aumentaron el rendimiento en una tarea de creatividad y resolución de problemas en un 50 por ciento.
  5. También se ha sugerido que los fitoncidios, los químicos naturales secretados por los árboles de hoja perenne, pueden beneficiar al sistema inmune humano.
  6. Otro requisito: deshacerse de los auriculares. Bañarse en el bosque requiere el uso de los cinco sentidos.

María, la galleta, se pone a dieta

Hay ‘marías’ con el doble de grasas que otras, pero eso se va a acabar en Portugal

El País, por Javier Martín del Barrio

Nada parecen tener en común un escocés con su kilt a cuadros y un indio con su blanco dhoti, pero algo tienen: la humilde galleta María. En las tiendas de sus países y en las de casi todo el mundo se encuentra tan universal producto. El problema es que las marías son iguales de nombre, pero absolutamente diferentes de cuerpo. Y en Portugal quieren acabar con el desbarajuste.

Siempre con curvas, pero unas morenazas y otras tirando a paliduchas, unas regordetas y otras anoréxicas, el Instituto Nacional de Salud Ricardo Jorge ha ido más allá del aspecto externo de las marías portuguesas y ha analizado el interior. Su sorpresa ha sido encontrarse que unas marías tienen el doble de grasa que otras sin aparente motivo. El instituto, preocupado por la creciente obesidad de los niños y de la población en general, ha remitido al Gobierno su recomendación de que legisle sobre la grasa máxima que debe tener una maría.

Los investigadores se fueron al supermercado y escogieron varias marcas de galletas María, con gluten y sin él, con azúcar sin ella, pero al final comprobaron que el mismo producto tiene unas diferencias dietéticas abismales, que algunos fabricantes emplean el doble de sal y de grasas saturadas —que aumentan los riesgos cardiovasculares de las personas— para acabar vendiendo una maría. En su estudio con siete marcas, la proporción de grasa encontrada iba de los 8,73 gramos por cada 100 a los 19,5 gramos.

El INS advierte al Gobierno de que es posible producir la misma maría con mejor calidad nutritiva y le pide que “establezca metas que permitan la reformulación gradual de estos alimentos”.

La recomendación no caerá en saco roto, pues el Gobierno ha emprendido una lucha contra los malos hábitos alimenticios, por pequeña que parezca. Empezó por recomendar a la restauración reducir el azúcar incluido en los sobrecitos del café de 8 a 5 gramos; a principios de año, aumentó los impuestos sobre los refrescos con azúcar (su consumo ha caído un 25%) y este curso escolar comienza con máquinas expendedoras de comida, en las que faltan los artículos con excesos de calorías, de sal o de azúcar; además, en todos los comedores públicos de hospitales y organismos oficiales es obligatorio incluir una opción de menú vegetariano.

Así que más pronto que tarde la mítica galleta —creada por una pastelería londinense en 1874 para la boda de Alfredo I, hijo de la reina Victoria, con Maria Aleksandrovna, hija del zar de Rusia—, se va a poner a dieta; al menos maría la portuguesa.

 

Alimentos que ayudan a conciliar el sueño

El Siglo de Durango
«Los frutos secos contienen triptófano -precursor de la melatonina y serotonina- que facilita el sueño», explica Patricia Escribano, nutricionista de Blua de Sanitas. Y aunque sabemos que son un tanto calóricos -«para mentener el peso, es aconsejable que la cantidad no supere por la noche los 15-20 gramos»-, puedes añadirlos discretamente a tu cena para que hagan su efecto. Sin ir más lejos, los expertos de la firma Kaiku recomiendan las nueces como alimento «relajante» para antes de ir a la cama y el director médico de Grupo NC Salud, Carlos Fernández, las almendras.

«Los carbohidratos son una fuente rápida de energía que si no se usa, se transforma en grasa. De ahí que se aconseje tomarlos mejor durante la comida. Sin embargo, no debemos prescindir de ellos y menos cuando lo que queremos es mantener nuestro peso», contaba la doctora Paula Rosso, médico y nutricionista del Centro Médico Estético Lajo Plaza. Y lo mismo podríamos decir de ellos si lo que queremos es conciliar el sueño, puesto que, según desvela la experta de Sanitas, «favorecen la disponibilidad del triptófano para formar serotonina». Si no quieres abusar de ellos, sigue esta regla: no deberían ocupar más de un cuarto de un plato de unos 22 centímetros.

Además de ser ricas en antioxidantes y una excelente fuente de vitaminas, minerales y ácido fólico, se ha descubierto que las cerezas ayudan de forma considerable a regular los ciclos de sueño y vigilia gracias a su contenido en melatonina. Aunque su época es de abril a junio, no hace falta esperar a que sea temporada de cerezas: un jugo natural hace exactamente el mismo efecto.

LA LECHE Y SUS DERIVADOS

Aunque puede resultar indigesta para las personas intolerantes a la lactosa, lo cierto es que la leche (de origen animal) y sus derivados también contienen triptófano, esta mágica sustancia bautizada como el «aminoácido de la felicidad». «No solo ayuda a conciliar el sueño, sino que influye en la calidad del mismo y hace que nos despertemos mejor», desvelan los expertos de Kaiku. Hasta el famoso doctor Eduard Estivill los recomienda: «una ensalada de verduras, algo de pasta y un derivado lácteo es una cena ideal» para favorecer el sueño. Aquello del vaso de leche calentita antes de ir a dormir no es un mito.

EL KÉFIR

Este yogur probiótico de origen búlgaro -una alternativa a los lácteos de origen animal- es rico en calcio, magnesio, vitaminas del grupo B y triptófano. Y sí, también es bueno para conciliar el sueño y controlar el estrés. Además, tiene «propiedades sobre el sistema inmunitario que ayuda a mejorar la flora y prevenir desequilibrios intestinales», afirma el equipo del Instituto Médico Europeo de la Obesidad (IMEO). Puedes tomarlo con frutas, cereales, frutos secos e incluso utilizarlo para hacer bizcochos y magdalenas.

EL PESCADO

A pesar de que «las proteínas reducen la síntesis de serotonina aumentando la secreción de adrenalina y favoreciendo el estado de alerta», según cuenta Patricia Escribano, lo cierto es que el pescado suele ser más fácilmente digerible que la carne y, por ello, es preferible para la cena. ¿La mejor opción? El pescado blanco, ya que contiene menos grasa que el azul. Laura Parada de Slow Life House recomienda, como cena relajante, una lubina a la plancha en cama de espinacas con crema de queso bajo en grasas y almendras. Las gambas y el atún también están categorizados como alimentos «relajantes» según los expertos de Kaiku.

Cómo combatir los prejuicios hacia la obesidad

El rechazo social que sufren personas con sobrepeso les hace más difícil superarlo
Por Jane E. Brody, The New York Times News Service / El Observador

Hace poco una amiga mía muy delgada me confesó que «no puede estar cerca de la gente gorda». Su reacción es casi instintiva y provoca que evite contacto social o profesional con gente realmente pasada de peso. Aunque no puede señalar con exactitud la causa de su actitud, dice que ha sido así desde que tiene memoria.
Los sentimientos de rechazo quizá no sean evidentes para quienes los sienten; sin embargo, pueden influir sobremanera en el comportamiento de la gente. Un nuevo estudio realizado por investigadores de la Universidad Duke reveló que «el prejuicio implícito contra el sobrepeso» en niños de 9 a 11 años era tan común como «el prejuicio implícito contra la raza» entre adultos.
La autora principal de la investigación, Asheley C. Skinner, dijo que los prejuicios de los que la gente no está consciente podrían predecir sus comportamientos incluso mejor que el prejuicio explícito. Trazó los orígenes de este comportamiento con respecto al peso de niños pequeños y adolescentes dentro de las familias en las que crecieron, así como en la sociedad en general, lo que potencia los ideales culturales de ultradelgadez y la culpa de la gente por su gordura.
«Es muy común entre los padres comentar sobre sus propios problemas de peso y les dicen a los niños que no deberían comer ciertos alimentos o hacen hincapié en cuánto engordaron», dijo Skinner.
Este tipo de prejuicio está bien documentado, al igual que sus efectos dañinos en las personas. Sin embargo, también puede convertirse en discriminación y un comportamiento socialmente indeseable, que afectan de forma negativa a la gente excesivamente obesa. El prejuicio contra el sobrepeso está muy extendido en la sociedad: se presenta en el trabajo, las escuelas, los medios de comunicación, los hospitales e incluso dentro de las relaciones familiares, con los padres y los maestros, según Scott Kahan, director del Centro Nacional para el Peso y el Bienestar en Washington.
«La obesidad ha sido definida como la forma más reciente de prejuicio socialmente aceptable y las personas con obesidad son consideradas como blancos aceptables», publicó Kahan en un blog de 2015. Dijo que el prejuicio contra el peso «sucede incluso en gente que es de mente abierta o sin prejuicios, incluso en especialistas en obesidad», quienes quizá no se den cuenta de que sus prejuicios «predisponen los comportamientos dañinos y el aumento de peso».

Efectos negativos

Ya sea de forma explícita o implícita, el prejuicio contra la obesidad puede ser contraproducente, al limitar la capacidad de la gente con sobrepeso para perder kilos y mantenerse en forma. Estudios realizados por Rebecca M. Puhl y sus colegas del Centro para Políticas Alimentarias y Obesidad de la Universidad de Connecticut descubrieron que la gente con sobrepeso y obesidad que sufre de prejuicios contra su peso y que logra adelgazar es menos propensa a mantenerse en su peso.
La estigmatización se asocia con atracones más frecuentes y otros «patrones alimentarios incorrectos», según reportó Puhl. «En un estudio de más de 2.400 mujeres con sobrepeso y obesas que pertenecían a una organización para apoyar la pérdida de peso», escribió, «el 79% informó que en repetidas ocasiones la manera de lidiar con el estigma por su peso era comiendo más y el 75% se negaba a seguir la dieta».
Además, sufrir el estigma por el peso puede provocar una imagen propia pobre, depresión y estrés, los cuales en algún momento pueden aumentar el riesgo de malos hábitos alimentarios así como dificultades.

Riesgo de engordar

Incluso las personas que piensan que solo están pasadas de peso, independientemente de cuánto pesan, pueden estar «en un riesgo mayor de aumento de peso y mayor ingesta como respuesta a las amenazas sociales», escribió Puhl.
Estar pasado de peso es una de tantas razones por la que los niños son víctimas de acoso escolar, un problema que requiere intervención urgente y la prevención tanto en escuelas como en organizaciones de todo tipo, dijo Puhl.
Mientras que la solución ideal para el prejuicio contra el sobrepeso depende en última instancia de la educación tanto de la gente común como de los profesionales de la salud, hoy en día la gente que lucha con problemas de peso no puede esperar a que toda la sociedad cambie para poder ayudarlos a resolver la responsabilidad personal de su peso.

El estigma que lleva al descuido

Cuando el estigma se internaliza disminuye considerablemente las oportunidades de la persona de perder peso a largo plazo, según confirmaron Puhl y sus colegas en una encuesta en línea con 2.702 adultos estadounidenses. Un estudio realizado por Robert A. Carels y sus colegas en la Universidad estatal Bowling Green con 46 adultos con sobrepeso y obesidad que se inscribieron en un programa conductista de pérdida de peso encontró que la estigmatización implícita y explícita estaba relacionada con mayor ingesta de calorías, menos ejercicio y gasto de energía, menor pérdida de peso y mucha más probabilidad de abandonar el programa. «Hay gente muy conocida en la sociedad que hace comentarios sobre la apariencia de las personas de modos muy inapropiados», señaló Puhl en una entrevista. «¿Dónde están las otras voces tachando eso como inaceptable? Ese silencio quiere decir que esto es socialmente aceptable».

Llega a España la batalla para reducir las porciones de comida y combatir las calorías

El objetivo es reducir la ingesta y mitigar los índices de obesidad

ABC, por Isabel Miranda

A todos nos han enseñado desde pequeños a no dejar nada en el plato, pero es una costumbre que puede volverse en nuestra contra. Al menos, si la porción es demasiado grande. En Estados Unidos llevan tiempo tratando de reducir el tamaño de las bebidas, mientras que en Reino Unido, aunque los productos en los supermercados han experimentado cierta reducción, las recomendaciones no han surtido aún efecto en los restaurantes de comida para llevar. Ya hay estudios que apuntan a que, de extenderse esta estrategia, la ingesta calórica diaria podría reducirse en un 12-16% entre los adultos de Reino Unido y en un 22-29% entre los de EE. UU.

En España, la disminución de las cantidades de alimentos es otra de las cuestiones que está abordando la industria y la Agencia Española de Consumo, Seguridad Alimentaria y Nutrición (Aecosan) de cara a la elaboración de un marco general en la lucha contra el sobrepeso.

«Puedes dejar a medias un plato, pero cuando uno paga por algo es casi instintivo querer acabarlo. Hacer porciones grandes alienta al consumo», explica el catedrático Miguel Ángel Martínez González. El experto, que asegura que hoy lo excepcional es tener un Índice de Masa Corporal normal, advierte de que la combinación de la ingesta de bebidas y porciones inmensas «es mortal». «Es una pandemia mundial y lo vamos a pagar muy caro en términos de salud».

 Un estudio publicado en 2015 concluyó que desde 1950, los tamaños de porciones, envases y hasta vajillas habían incrementado hasta en un 50%, provocando el aumento del consumo de calorías. Ahora, muchas compañías incluyen la disminución del tamaño como parte de su estrategia: ocurre con Nestlé, que lo ha introducido en sus 10 objetivos nutricionales, así como proyectos de educación, mientras en Mondelez apuestan por mejorar la información nutricional sobre las porciones recomendadas por consumidor.