Llega un momento en la vida en el que hay que elegir: ¿cara o culo?

El Mundo, por Gema García Marcos

He ahí la cuestión con la que se nos atormenta, especialmente (todo hay que decirlo) a las mujeres a partir de cierta edad. La dichosa dicotomía, convertida ya en una de las joyitas de nuestra tradición oral, plantea una decisión presuntamente complicada a la que nos tenemos que enfrentar, nos guste o no, en un determinado momento de la vida: elegir entre tener un buen culo o una buena cara. Pero, ¿de verdad hay que hacerlo? Para intentar comprender la razón del enjundioso dilema habría que aclarar que se parte de la base (errónea) de que para lucir unos glúteos atractivos hay que estar muy delgado y eso, cuando acecha la madurez, resta aún más lozanía al rostro, demacrándolo y abonando el terreno para la aparición de arrugas.

Afortunadamente, el ‘fitness’ ha logrado, por fin, encontrar un anhelado ‘ni pa ti, ni pa mí’ que llega en el mejor momento posible: la era del ‘body positive’. Es decir, partiendo de la base de que todas las comparaciones son odiosas (sobre todo, si nos medimos con modelos 20 años más jóvenes) y de que el mejor culo es el que tenemos cada uno (grande, pequeño, flaco, respingón…), el margen de mejora lo marcamos nosotros.

¿Cómo se alcanza ese equilibrio entre esa versión óptima del culo que no deje chupada la cara? Fácil: con los ejercicios correctos (cardio suave y fuerza) y la dieta adecuada.

AERÓBICO MODERADO Y FUERZA

Machacarse con extenuantes e interminables sesiones de ejercicio aeróbico para intentar quemar la grasa que solemos acumular en la zona no es la solución, especialmente a partir de los 40 años, porque aumentan el estrés oxidativo de nuestro cuerpo. Es decir, envejecen.

Además, esa anhelada delgadez (tipo ‘carpeta’) no es, precisamente, la característica que distingue a un buen culo, sino la dureza. Los glúteos tienen que estar tonificados para cumplir con su función anatómica: motor del movimiento y estabilizador de la columna (junto al abdomen). Por eso es fundamental, ganar masa muscular.

¿Qué actividades nos pueden ayudar a lograr nuestro objetivo? Aeróbico moderado. En nuestro día a día es fácil: caminar (especialmente en cuesta y alternando intensidades) y subir escaleras. Patinar, bailar, nadar, jugar al tenis (o al pádel) o practicar yoga son cuatro buenas opciones para movernos sin ‘secarnos’.

En el gimnasio (o en casa), los hiit (entrenamientos interválicos de alta intensidad) nos ayudarán a elevar la frecuencia cardiaca (llegando la zona de quema de calorías) y tonificar en poco tiempo. Sentadillas, zancadas, peso muerto y elevaciones de cadera son cuatro de las opciones más efectivas para endurecer los glúteos.

DIETA

En cuanto a la alimentación, el primer mandamiento es olvidarse de las dietas milagro y utilizar el sentido común. La receta del éxito es sencilla: nutrir al músculo con proteínas de calidad (pescados, carnes magras, huevos y legumbres), consumir abundante fruta y verdura; hidratarse con agua y eliminar (o limitar al máximo) el consumo de azúcar, procesados y alcohol.

¿Qué conseguiremos con todos estos consejos? Lograremos que nuestros glúteos se rearmen para cumplir su misión sin perder unos kilos de los que, a lo mejor, no necesitamos librarnos. Y, si eso no funciona, la próxima vez que nos digan (con cierta mala leche) que, a partir de cierta edad hay que elegir entre la cara y el culo siempre nos quedará el recurso de cantar aquello del “fat bottomed girls, you make the rockin’ world go ‘round” (y al que no le guste, que no mire).

¿En qué consiste realmente la dieta Royalty de Meghan Markle?

Desglosamos y analizamos los elementos en los que se fundamenta la dieta que la duquesa de Sussex y esposa del príncipe Harry de Inglaterra ha popularizado

El Confidencial, por Sergio Gómez

El Instituto Médico Europeo de la Obesidad (IMEO) ha seleccionado en este 2019 las cinco mejores y más saludables dietas del 2018 y que, además, serán tendencia durante este año. Entre ellas está la nórdica, la del ayuno intermitente,cuyos principios ya hemos tratado aquí, o la Royalty, conocida por ser la que sigue y ha popularizado Meghan Markle, duquesa de Sussex y mujer del príncipe Harry de Inglaterra. En Alimente vamos a indagar en los hábitos alimenticios en los que se fundamenta esta dieta y analizar qué dice la bibliografía científica con relación a los mismos. Para comprender por qué esta es una opción a tener en cuenta para llevar una vida sana.

Veganismo y proteínas de calidad

Meghan Markle ha sido una de las personas de moda en 2018 tras su boda con el príncipe Harry y su dieta, conocida como Royalty por su condición de pertenencia a la realeza, ha sido objeto de muchas miradas después de contar a diversos medios cómo se alimenta para mantener un estado saludable y en formaLa actriz explicó que apostaba por el veganismo durante los días de la semana y que era algo más flexible en su alimentación cuando llegaban los fines de semana. Y es que estas dietas, de hecho, han sido asociadas con una menor probabilidad de padecer enfermedades del corazón y cáncer, como establece un estudio del año 2017. Además, un metaanálisis publicado en 2016 establece que las dietas vegetarianas parecen ser más efectivas para bajar de peso que las no vegetarianas.

Así, esta dieta se basa en un extenso consumo de frutas y verduras, dos alimentos que los expertos siempre recomiendan por su aporte en fibra y micronutrientes como vitaminas y antioxidantes, por lo saciantes que resultan y la baja densidad calórica que poseen gracias al agua que también incluyen. Así, aun comiendo grandes cantidades de estos alimentos, se obtienen pocas calorías que, además, sacian más al contar con carbohidratos complejos en su composición. Motivos muy saludables por los que está muy extendida la recomendación de tomar cinco raciones de fruta al día.

Uno de los principios fundamentales de esta dieta es el consumo de proteínas de alta calidad, como son el pollo de corral o pescados como el salmón o el atún. Estos garantizan un enorme aporte de proteína completa en aminoácidos. En el caso del pollo, no posee apenas grasas, lo que lo convierte en una opción baja en calorías; mientras que el salmón y el atún son dos pescados azules que contienen grasas saludables para el organismo, como el omega 3. De hecho, el salmón ha sido elegido uno de los alimentos más sanos del mundo, según la Universidad de Harvard. Y es que consumir proteína de calidad como la que se encuentra en los citados alimentos, así como en los lácteos, el huevo o las legumbres, contribuye a controlar mejor el apetito, el peso -por su alta capacidad para saciar el hambre- y el desarrollo del tejido muscular.

Además de estos, la nutricionista experta en dietética y gastronomía del IMEO, Andrea Marqués, menciona también la presencia de frutos secos y semillas en esta dieta. Alimentos muy nutritivos que pueden aportar grasas saludables, proteínas y un alto contenido en fibra, algo fundamental para controlar los niveles de glucosa en sangre y, por ende, el hambre, y favorecer la salud del intestino, un factor clave para el sistema inmunitario.

Seguir un estilo de vida

Otro de los aspectos que la duquesa de Sussex destaca sobre su alimentación es que evita las restricciones y busca crear un estilo de vida saludable que pueda mantener un equilibrio en su dieta, aunque a veces haya algunos caprichos. Así, la exactriz explica que no teme comer de manera ocasional patatas fritas o platos de pasta, algo compatible con una vida sana mientras sea algo esporádico que no eclipsa la base de su alimentación.

En esta línea se pronunciaba tiempo atrás la dietista-nutricionista María Casas, que contó a Alimente que la clave para seguir de manera exitosa una dieta y llevar una alimentación saludable era la adherencia a la misma: “Si facilitas que sea una dieta agradable, deja de ser un compromiso y comienza a percibirse como algo saludable. De hecho, no genera esa relación dieta-pasarlo mal, sino dieta-estilo de vida”, explicaba entonces.

Nos cuidamos más… Y no nos cuidamos lo suficiente

  • Seis de cada diez personas han reducido la ingesta de grasas o azúcares, pero las tasas de sobrepeso siguen en índices altos
  • Nos preocupa tener una nutrición saludable, pero no sabemos cómo mantenerla o no nos la podemos permitir. El nivel cultural y económico determina la alimentación

El Mundo, por Ruth Diaz

Congreso Europeo sobre la Obesidad, mayo de 2018, Viena. El Dr. João Breda, jefe de la oficina europea de la OMS para la prevención y el control de las enfermedades no transmisibles, sentencia: “Ya no hay dieta mediterránea”. Y en el Sur de Europa se oyó un crac. “Quienes están cerca de la dieta mediterránea son los niños suecos”, remata. ¿Pánico? ¿Estupor? La OMS ya alertó en mayo de 2015 de que un 30% de los españoles sufriría obesidad y un 70%, sobrepeso. A la cuna del aceite de oliva, las hortalizas y la fruta se le fue la mano con el azúcar, la sal y las grasas industriales, favoreciendo la epidemia, sobre todo, en más del 40% de menores de Grecia, España e Italia.

Cuatro años más tarde, España se ha esforzado por volver al redil: hasta un 60% de la población declara haber reducido el consumo de grasas y un 61,5% el de azúcares, según el Barómetro Social Observados, obtenido a partir de la colaboración entre EL MUNDO, EXPANSIÓN y Sigma Dos. Pero ¿este cambio en los hábitos alimentarios es suficiente y, sobre todo, adecuado? Considerando en conjunto el sobrepeso y la obesidad, sólo un tercio de los encuestados por Observados reconoce sufrirlas, mientras que la Encuesta Nacional de Salud de 2017 (ENSE) estima que más de la mitad (54,5%) de los adultos tiene exceso de peso. La percepción positiva sobre nuestra salud se mantiene desde hace 30 años, según la ENSE, pero no dejan de aumentar los índices de enfermedades crónicas y de riesgos cardiovasculares en el metabolismo, como la hipertensión, la diabetes o el colesterol alto. Resulta evidente: “Los españoles quieren alimentarse mejor, pero no lo logran”. Así acertó en el tiro la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU) en 2017, tras indagar en los menús de la población.

“Debemos invertir recursos para favorecer una vida más saludable y de calidad, sobre todo en los desfavorecidos”, aconseja Carmen Pérez, presidenta de la Sociedad Española de Nutrición Comunitaria (SENC). Las desigualdades de clase afectan como un rodillo a la salud. Según la ENSE, uno de cada diez menores padece obesidad y, mientras en la prole de directores o gerentes afecta al 5’6%, en la de trabajadores no cualificados se triplica (15,4%). “A mayor nivel cultural, la información y los hábitos nutricionales mejoran, pero en niveles inferiores se ha ido a peor”, explica Pérez.

La falta de recursos provoca estragos en la alimentación, ya que, pese a los preocupantes indicadores, el 76,5% de los encuestados por Observados admite no haber realizado dieta alguna para perder peso en los últimos años y, aún menos, para prevenir enfermedades: un 81,1% no mantiene ningún hábito alimenticio para tal efecto. De hecho, el Instituto Médico Europeo de la Obesidad (IMEO), con 25 años de experiencia, afirma que la preocupación por la nutrición es “estética, en vez de por salud; especialmente, entre mujeres”, sobre las que se acentúa la presión. Observados confirma que son ellas las que más reducen grasas (64,5%) y azúcar (63,3%). Y una puntada más: se sigue recurriendo a las dietas milagro, dice Carmen Escalada, nutricionista de IMEO.

Las más nocivas son “las restrictivas e hipocalóricas; las monodietas a base de sirope de savia, limón, manzana o piña y la citogénica o keto dieta no supervisada, como la Atkins o Dukan“, explica la nutricionista Estefanía Ramo, también de IMEO. Con las tres, la pérdida de peso es rápida, pero, de regalo, hay que lidiar con el temido efecto rebote, bajadas de tensión, anemia o pérdida de masa muscular y, a lo peor, con la agudización de posibles trastornos como la anorexia y la bulimia e, incluso, con ataques cerebrovasculares o cardíacos.

“Es importante contar con el apoyo y consejo de un dietista-nutricionista”, recalcan desde IMEO, inclusive siendo vegetariano o vegano. Ambos regímenes suponen menos colesterol y grasas saturadas y, por tanto, menor peligro cardiovascular. Pero la falta de proteína animal debe sustituirse por la vegetal (de ahí que el tofu sea el rey); cuidar el déficit de hierro y añadir suplemento de vitamina B12, pues, si se suprimen todas las fuentes de origen animal (huevos, lácteos o miel) aparecerá la anemia y el daño del sistema nervioso.

En el otro extremo de la báscula, la dieta paleo, tan cárnica y potenciadora de proteínas magras y vegetales y de grasas saludables (las mono y poliinsaturadas), tampoco es la panacea. Reduce el colesterol y protege frente a dolencias degenerativas, pero sólo es apta para deportistas: mantiene la masa muscular, pero camufla el riesgo de afecciones crónicas. Todo régimen varía en función del sexo, hábitos de ejercicio, patologías… “La mejor dieta es no hacer dieta”, concluye Carmen Escalada. “Una alimentación saludable y adoptar la dieta mediterránea”, precisa.

Un te lo dije, en toda regla, del Dr. João Breda de la OMS. En Viena, demandó: “Hay que recuperar la dieta mediterránea”. Y si ésta, además, es sostenible, la reivindicación última de plataformas por la transformación del sistema alimentario, como la Fundación EAT, mejor que mejor. “Productos de proximidad, lo más frescos posible y de temporada”, especifica Carmen Pérez, presidenta de SENC. Ese es el futuro.

Las raciones grandes también tienen culpa de la obesidad

Reino Unido estudia prohibir ofertas de 2×1 y el rellenado gratis de bebidas azucaradas en restaurantes por su impacto en la salud

El País, Nutrir con Ciencia por Beatriz Robles Martinez

Si comiésemos solo para satisfacer la necesidad fisiológica de obtener nutrientes y energía para cubrir nuestros requerimientos, es probable que el tamaño de la ración no tuviera impacto sobre la cantidad de alimento ingerido.

Comeríamos lo necesario y pararíamos cuando no necesitásemos más.
Pero sabemos que hay otros muchos factores que afectan a la percepción del hambre y la saciedad: psicológicos, sociales, endocrinos o incluso, del tipo y composición del alimento. Estos elementos nos alejan de un mecanismo en principio tan intuitivo como comer solo por hambre y parar una vez satisfechas nuestras necesidades.

Nuestro ambiente tiene un papel protagonista en las dificultades que tenemos para interpretar nuestras sensaciones primitivas de hambre.

Vivimos en un ambiente obesogénico que promueve la ingesta de alimentos insanos y no facilita la práctica de actividad física. Pero, además de las estrategias planificadas para alterar las decisiones políticas, o las agresivas campañas publicitarias que colocan a los alimentos insanos como la primera opción, hemos interpretado que “comer bien” y “comer mucho” son sinónimos.

Las empresas han sabido aprovecharlo para utilizar las cantidades como reclamo: encontramos llamativas ofertas de dos por uno, snacks en paquetes de tamaño familiar, 50% más de producto al mismo precio.

Luchando contra el entorno

La British Nutrition Foundation (una entidad en la que participan académicos, educadores, comunicadores y la industria alimentaria, no la organización profesional The Association of UK Dietitians) ha publicado una guía para orientar a la población sobre el tamaño adecuado que deben tener sus raciones de alimentos.

Usando las manos como unidad de medida, adaptan las recomendaciones de ingesta de cada alimento. Una ración de queso serán dos pulgares. Una ración de pasta, lo que nos quepa al juntar las manos como si fueran un cuenco. Visual, sencillo y personalizado (el tamaño de las manos es acorde al tamaño corporal, lo que -entre otros factores- condiciona los requerimientos).

No es el primer manual que traduce las guías alimentarias a porciones caseras y, de hecho, muchas guías clásicas incorporan esta información.

Más allá de la utilidad de estas pautas, lo que deberíamos preguntarnos es: ¿hemos perdido tanto la perspectiva que es necesario que nos digan qué cantidad de alimento es normal?

La triste respuesta es que sí.

Precisamente para devolver a la población la capacidad de interpretar sus necesidades y adaptar su ingesta a ellas (es decir, para devolvernos la autonomía) las guías más actualizadas basadas en la evidencia científica y libres de conflictos de interés han cambiado el formato y emiten mensajes no centrados en el tamaño de la ración. Conceptos como “más, menos, cambie” del documento “Pequeños cambios para comer mejor” o guías completas resumidas en una imagen como el Plato de Harvard, la Canada’s food guide, o el triángulo belga de la alimentación saludable dan información transparente, inequívoca y difícil de tergiversar.

Raciones y cuerpos que aumentan de tamaño

Una expresión gráfica de este contexto la encontramos en el incremento que han experimentado los tamaños de las raciones de comida basura en EEUU desde 1950. Las hamburguesas de hoy son un 223% más grandes, las bebidas azucaradas se sirven en vasos con un volumen 5 veces superior, las chocolatinas han “crecido” más de un 1000%. Y el peso corporal lo ha hecho en paralelo: las mujeres norteamericanas pesan 11 kilos más; los hombres han subido 13 kilos.

No caigamos en la suficiencia de pensar que es un problema inherente al “estilo de vida americano” y que nuestra cultura gastronómica nos protegen de este efecto.

El British Medical Journal acaba de publicar un estudio en el los investigadores se preguntaban precisamente si este fenómeno se daba solo en EEUU y en cadenas de comida rápida. Las conclusiones recogen que “los menús con muy alto contenido calórico se presentan tanto en restaurantes convencionales como en los fast-food y es un fenómeno generalizado que probablemente está tras la obesidad global y ofrece una oportunidad de intervención”.

La evidencia científica

Aunque de forma intuitiva podríamos decir que si nos sirven más comida comemos más, para saber si es un problema a abordar tenemos que analizar los datos científicos.

Una revisión Cochrane de 2015 encontró que consumimos más alimentos y bebidas si se nos ofrecen en raciones más grandes. Este mecanismo también afecta al comportamiento alimentario y el peso de los niños.

Por otro lado, reducir el tamaño de las raciones tiene un impacto en el mismo sentido en el peso corporal. Una investigación publicada en American Journal of Clinical Nutrition ha encontrado que, al servir porciones más pequeñas, cambia a la baja la percepción sobre lo que constituye una “ración normal” y posteriormente, cuando se ofrece comida libremente, se reduce la cantidad ingerida. Es decir, ajustamos de nuevo nuestro criterio a nuestras necesidades.

Es importante recordar que la cantidad de comida que nos servimos los adultos condiciona también las raciones que consideramos adecuadas para los niños. Por lo tanto, cobra todavía más sentido lo que mi compañero de sección Julio Basulto expresa siempre: hay que respetar el apetito de los niños. No podemos forzarles a comer lo que nosotros consideramos “normal” porque, como hemos visto, probablemente no lo sea.

Enfrentar el problema

Las cifras llevan alertándonos años: casi el 40% de la población adulta española presenta sobrepeso y más del 20% sufre obesidad. Si seguimos por este camino, la previsión es que en el año 2030 el 55% de las mujeres y el 80% de los hombres de nuestro país tenga exceso de peso. Si estuviésemos hablando de otra patología, estaríamos desesperados por prevenirla.

Reducir el tamaño de las raciones no va a cambiar esta tendencia. Pero, como ya apuntaba Marion Nestle en el año 2002, incorporarlo como una estrategia más dentro de los planes de acción contra la obesidad, educar a los niños y reeducar a los adultos, sí son herramientas útiles.

Reino Unido está estudiando, entre otras medidas, prohibir las ofertas 2×1, los alimentos insanos junto a las cajas de los supermercados, las bebidas azucaradas rellenadas sin coste en los restaurantes y la venta de “bebidas energéticas” a menores de 16 años.

¿Radical? No. Lo radical es ver cómo se cronifica una enfermedad y no aplicar las medidas que pueden atajar su avance.

 

Que las dulces calorías de San Valentín no te amarguen el día

La sobreingesta de azúcar, grasas e hidratos de carbono tiene un impacto negativo en la salud, recuerdan los expertos del IMEO, y avisan que puede causar un posterior bajón acompañado con mal humor, cansancio, estrés e irritabilidad, entre otros   

El amor entra por el estómago, decían nuestras abuelas y la ciencia lo corrobora. Existen varios estudios que muestran que no sólo ellos, sino también ellas se muestran más receptivas y predispuestas al amor y la felicidad después de una buena experiencia gastronómica. Por esta razón y de cara a San Valentín, con los escaparates colmados de dulces y azúcar en todas sus formas, los expertos del Instituto Médico Europeo de la Obesidad (IMEO) han insistido que se puede potenciar este clima de complicidad e intimidad, evitando la sobreingesta de azúcares, grasas y carbohidratos refinados. “Es comprensible que sea difícil resistir al impulso de comprar o regalar los dulces bocados que nos venden en forma de corazón o como mensaje de afecto y amor, pero debemos saber que una sobredosis de estos comestibles nos podría amargar el día, debido a sus efectos secundarios, tales como el bajón, el mal humor, estrés, irritabilidad o ansiedad”, argumenta Rubén Bravo experto en nutrición y portavoz del Instituto.
“Darse un banquete de dulces en el día de los enamorados, podría resultar contraproducente, ya que lo que inicialmente parece una inyección de energía y placer, debido a la liberación de dopamina que se produce con la ingesta de azúcar y a la bajada de los niveles de estrés por la disminución temporal del cortisol, fácilmente se puede convertir en una sobreestimulación adictiva y cada vez se necesite una mayor cantidad de dulces para obtener el mismo grado de satisfacción”, apunta el experto. Por esta razón desde IMEO recomiendan obrar con moderación y ofrecen algunos consejos prácticos a la hora de sorprender la pareja con explosiones de sabor gastronómicas.

El amor entra por el estómago, pero el exceso en dulce a veces amarga

“Si conocemos cómo funciona nuestro cuerpo a nivel hormonal, le podríamos ayudar también en cuanto a los asuntos del amor se refiere”, apunta la nutricionista clínica Carmen Escalada. Para desatar los efectos positivos de la endorfina y la serotonina, sustancias que nos permiten sentirnos contentos, relajados y descansar, necesitamos que estén en cantidad adecuada y sintetizarlas. La manera de hacerlo es a través de un aminoácido esencial denominado triptófano que nuestro cuerpo no puede generar por sí mismo, pero puede adquirir a través del consumo de ciertos alimentos como la carne, el pescado, los huevos, los lácteos y las legumbres.

Una vez asegurado un aporte de triptófano adecuado, tenemos que ser capaces de absorberlo y, para ello, necesitamos ingerir carbohidratos, explica la nutricionista. En este momento tenemos dos opciones: tomar carbohidratos de lenta absorción como las verduras, las legumbres o los frutos secos o, lo más habitual, de asimilación rápida como dulces, pasta, galletas, pan…

Habiendo, por tanto, estas dos vías, ¿por qué cuando nos sentimos decaídos, tristes o frustrados tendemos a optar por la segunda vía? La respuesta es sencilla: la rapidez de acción. Es decir, tomando dulces notaremos sensación de placer, de bienestar y de aumento de energía en mucho menos tiempo debido a que el proceso de digestión de estos nutrientes es más rápido. El problema es que a pesar de que este atajo nos va a proporcionar un momento puntual de bienestar en poco tiempo, debemos tener cuidado ya que también tiene consecuencias nocivas para nuestra salud tanto física como emocional.

En primer lugar, cuando ingerimos una dosis elevada de azúcar obligamos a nuestro páncreas a secretar grandes cantidades de insulina, la hormona encargada de mantener constantes los niveles de azúcar en sangre. Esto no sólo provoca un sobreesfuerzo en nuestro páncreas, sino que además acelera el ritmo cardiaco. Al poco tiempo de que esto ocurra, debido a la gran liberación que ha habido de insulina, los niveles de azúcar vuelven a caer drásticamente haciendo que nuestros niveles de serotonina vuelvan a descender, haciendo que aparezcan de nuevo las emociones que queríamos evitar (decaimiento, tristeza, frustración), junto a una necesidad irrefrenable de consumir más azúcar.

Los alimentos ricos en azúcares sencillos –entre ellos, cajas de bombones, dulces o galletas en forma de corazón o pastelitos con figuritas de cupido, que son entre los más buscados para el día de San Valentín–, tienen también elevadas cantidades de grasas que les otorgan un sabor extremadamente potente y agradable. Esta sensación hace que se liberen grandes cantidades de dopamina y se estimula en exceso nuestro sistema de recompensa, un conjunto de estructuras localizado en el cerebro que servía a nuestros antepasados para motivarlos a sobrevivir. Recurrir a menudo a esta sobreestimulación a modo de recompensa hace que nuestro cuerpo cada vez necesite más cantidad de estos alimentos para producir la misma cantidad de placer, pudiendo llegar a ser adictivo. En caso contrario, si dejamos de proporcionárselo, podríamos sentir irritación, tristeza o incluso una especie de síndrome de abstinencia.

Cuántas calorías nos aportan los dulces típicos de San Valentín

Azúcar, azúcar y más azúcar es lo que suele componer, junto con las harinas refinadas y las grasas menos saludables toda esta gama de bombones, galletas, magdalenas, tartas, piruletas y dulces que colman los escaparates en el día de San Valentín. “Un bombón, por muy pequeño que sea, ya nos puede aportar 70 kcal; una piruleta, 80kcal; una magdalena, 150 kcal; un donut, 220 kcal; unas galletas cubiertas de chocolate, 260 kcal; 8 onzas de chocolate con leche, 280 kcal; un trozo de tarta, cerca de 400kcal; y así, suma y sigue”, detalla la experta en nutrición deportiva Mireia Elías.

Pero, como siempre, fijarnos tan sólo en el aporte calórico es quedarse muy corto porque no sólo importan las calorías, sino de dónde provienen. Y es que precisamente este tipo de productos trae básicamente cantidades de azúcar, grasas “no saludables” y harinas refinadas, es decir, calorías vacías que no nos aportan ningún beneficio.

Por ello, con el objetivo de modificar su valor nutricional convirtiéndolo en uno más saludable y sin dejar de celebrar esta fiesta tan popular Elías aconseja:
–  Mejor dulces caseros que industriales;
– Endulzar con frutas, dátiles, orejones, canela o chocolate negro con 70-80% de cacao mínimo y un contenido bajo en azúcar (5-8g de azúcar por cada 100g);
– En bizcochos caseros, usar harinas 100% integrales.
– En confituras y mermeladas, utilizar semillas molidas como espesante en lugar de más azúcar;
– Para las tartas, sustituir la base de galleta por frutos secos triturados, como avellanas y dátiles;
– Recurrir a plátano batido con huevos y avena para elaborar tortitas caseras;
– Como cobertura en tartas se puede utilizar fruta batida, como el mango o fresas, arándanos y moras para darle un color rojizo para el día de San Valentín.
“De esta forma no sólo conseguimos reducir considerablemente las calorías, sino, además, estas provendrían de mejores nutrientes convirtiendo nuestro postre en saciante, saludable y sabroso”, concluye la nutricionista del IMEO.

Opciones saludables para sorprender la pareja en el día de los enamorados 

Para todos aquellos que quieren disfrutar de un San Valentín cuidando la línea, la experta en dietética del Instituto Médico Europeo de la Obesidad (IMEO) Cecilia Lorca propone centrarnos en la preparación de una cena saludable y sabrosa para compartir en pareja con dos opciones de platos apetecibles y un delicioso postre.

Tartar de salmón y aguacate

Ingredientes: salmón, tomate, aguacate, cebolleta, salsa de soja, zumo limón, aceite de oliva virgen y sal.

Elaboración: Limpiamos bien el salmón y lo cortamos en taquitos pequeños. Picamos el tomate y el aguacate en taquitos de un tamaño similar a los de salmón. A continuación, picamos también la cebolleta en trocitos muy pequeños. Mezclamos en un bol todos los ingredientes con el zumo de limón, la sal, un chorrito de aceite de oliva virgen y una cucharada de salsa de soja. Por último, lo dejamos reposar en la nevera 30 minutos, escurrimos bien y emplatamos con la ayuda de un aro o un recipiente redondo.

Pizza casera con base de coliflor

Ingredientes: una coliflor, un pequeño paquete de queso rallado bajo en grasa, un huevo, una pizca de sal y especias al gusto.

Elaboración: Lavamos la coliflor y la trituramos hasta que quede una textura similar a los granos de arroz. La cocinamos al vapor, la escurrimos bien y la dejamos enfriar. La batimos cortada en un bol con el huevo, el queso y las especias. Damos forma a la masa a nuestro gusto sobre papel de hornear. Precalentar el horno a 200º y la introducimos durante 8 minutos por cada lado. Añadimos los toppings que queramos (2-3) por ejemplo, tomate frito sin azúcar añadido, cebolla, pimiento, calabacín, aceitunas, orégano, atún, carne picada, queso etc. Terminamos de cocinarla en el horno y ¡listo!

Crepes de avena

Ingredientes: Para la masa: 2 huevos, leche, 3 cucharadas de harina de avena integral, canela y edulcorante al gusto. Para el relleno: frutos rojos, almendras molidas o chocolate 90%.

Elaboración: Batimos uno de los huevos entero y la clara del otro con los demás ingredientes. Una vez lista la mezcla, preparamos las crepes en una sartén antiadherente y como topping podemos añadir unos frutos rojos, almendras molidas o el chocolate negro derretido.

Bombones de chocolate

Si queremos tener un detalle con nuestra pareja y regalar bombones, una opción más saludable sería escoger aquellos que tengan un alto porcentaje de cacao (>70%), aunque también podemos hacerlos caseros con esta receta sencilla:

Cortamos un plátano en rodajas de un 1 cm de grosor aprox. Derretimos chocolate con 90% de pureza y un chorrito de leche al baño maría y añadimos posteriormente canela molida y unas gotitas de vainilla. Rociamos los trocitos de plátano con el chocolate fundido y añadimos como topping frutos secos triturados. Finalmente, los guardamos en el congelador y los sacamos unos minutos antes de tomarlos.

Grasas ‘trans’: no más de 2gr/día en una dieta de 2.000 kcal

La industria alimentaria utiliza estas grasas, innecesarias para el ser humano, para conseguir una consistencia más sólida, manejable y barata y con un sabor más adictivo.

Correo Farmacéutico, por Joanna Guillén Valera

patatas fritas

Bollería industrial, alimentos fritos, mantequillas, comida rápida, snacks, sopas en polvo, salsas industriales… Son sólo algunos ejemplos de productos alimenticios que incluyen en su composición grasas trans, un tipo de grasa “caracterizada por tener, al menos, un doble enlace en su posición trans”, informa Carmen Escalada, nutricionista del Instituto Médico Europeo de la Obesidad (IMEO).

Este tipo de grasas se pueden encontrar en productos cárnicos y en leche de rumiantes (como la leche de vaca), sin embargo, su origen habitual es un procedimiento industrial, “por el que someten diferentes aceites vegetales a altas presiones y temperaturas que permiten la adición de hidrógenos a su estructura química”, describe la experta. Gracias a este proceso, la industria alimentaria “consigue una grasa sólida, mucho más manejable y barata, de mayor vida útil y sabor más adictivo”.

Todas estas características favorecen que sean utilizadas por la industria para “aumentar la vida útil del alimento, para potenciar su sabor, para mejorar su textura, evitar que se pongan rancios, hacerlos más resistentes a la oxidación y, por tanto, abaratar costes de producción”, destaca Estefanía Ramo, nutricionista del IMEO.

Riesgos para la salud

Los riesgos para la salud de este tipo de grasas son innumerables. Los efectos nocivos, junto al hecho de que son grasas totalmente innecesarias, hizo que la Organización Mundial para la Salud limitara su ingesta al “1 por ciento del aporte energético total, lo que supondría consumir unos 2-2,5 gramos al día en una dieta de unas 2.000 kcal”, sostiene Sonia Peinado, nutricionista del IMEO, una cantidad mínima, teniendo en cuenta que entre las grasas trans también se encuentran los lácteos y las carnes.

Sobre los efectos para la salud de su consumo, Escalada señala que “se ha visto, en numerosos estudios realizados desde los años 90, que el consumo de este tipo de grasas aumenta el riesgo de padecer enfermedades cardio y cerebrovasculares, como la hipertensión, el infarto de miocardio o el ictus”. Esto, según la nutricionista, “se debe a que, al absorberse, sustituyen a las moléculas que forman las paredes de los vasos sanguíneos haciendo que éstas queden rígidas e impidiendo que las moléculas de colesterol se adhieran a ellas”. El resultado de esto es “una elevación en sangre de los niveles de colesterol total y LDL”.

Además, no hay que olvidar que, al tratarse de una grasa, su aporte energético es elevado (9 kcal/gr), “por lo que su consumo abusivo está ligado a mayores niveles de sobrepeso y obesidad”, advierte Escalada. Estos efectos son los que están demostrados pero, según ella, hay otros que señalan “su relación con la diabetes tipo 2 y algún tipo de cáncer”.

Etiquetado

Como se ha mencionado antes, los alimentos que suelen contener altos porcentajes de este tipo de grasas son, fundamentalmente, los altamente procesados. Para saberlo y evitarlos, es importante fijarse en el etiquetado de los productos, ya que “cualquiera que se comercialice en el mercado europeo debe seguir una serie de normas, como el su-brayado de aquellas sustancias que se consideren alérgenos o de las cantidades de macronutrientes (proteínas, grasas y azúcares).

“Aunque su porcentaje por 100 gr de alimento se puede encontrar en la tabla de composición nutricional, algunas veces, el fabricante sólo lo enumera en la lista de ingredientes bajo los términos ácidos grasos trans, grasas hidrogenadas o parcialmente hidrogenadas, aceites hidrogenados o parcialmente hidrogenados”, apunta Peinado. Esto, por el momento, es lo que puede ayudar al consumidor a elegir, a la espera del logotipo nutricional Nutri-Score“más intuitivo y en colores”, que comunicó Sanidad para este año.

Los sustitutos sin grasas trans

Para limitar el consumo de grasas trans, existen sustitutos más sanos que pueden añadirse a la dieta. Frente a los fritos, Estefanía Ramos, nutricionista del IMEO, aconseja cocinar con aceite de oliva y sustituir la bollería industrial por productos caseros elaborados con este aceite. Ademas, en lugar de patatas fritas de bolsa, aconseja escoger su versión deshidratada o cocida, y de los snacks, elegir frutos secos naturales o tostados. Las sopas de sobre deberán sustituirse por las caseras con verduras.